Vollubilis II: La firma -XXI-

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La mañana en Fez transcurrió plácida. Una vez cruzado el umbral los negocios se hacen sin el menor esfuerzo, y en esos climas en los que las partes están ganando sin exponer, y lo hacen de manera jugosa, todos son sonrisas amables.

El periodo de firmas fue muy corto y revestido de protocolo. A su final y sin abandonar el palacete, una infusión muy aromatizada con hojaldres de miel y leche de camella nos entretuvo a todos, incluidos personales de seguridad y administrativos, y unas danzarinas que irrumpieron en el salón con el peculiar grito de las mujeres bereberes, comenzaron a danzar manejando con maestría velos y vientres, mientras cuatro hombres con instrumentos autóctonos hacían la música.

Aitor no cabía en sí de satisfacción. Se podía adivinar la llegada a sus oficinas lujosas exhibiendo los contratos como el descubridor que vuelve cargado de oro.

Dispusieron en el salón contiguo un catering formidable, y en un par de horas comida, trato y despedida quedaron resueltas.

Hasta la mañana siguiente Fatine y yo dormimos muy poco, y no bajamos ni a cenar siquiera. El tiempo corría en contra y ella bien que lo sabía. Pidió pasteles y té en la habitación y del resto se encargaron con esmero sus hermosos dones, su elegancia y un instinto animal con el que consiguió maravillarme.

Ya por la mañana tomamos la autopista hacia Meknes hasta desviarnos por el camino de Mulay Idris. A la izquierda y a unos 3 km se mostraba imponente la gran Volubilis. El aire cálido al bajarnos del X4 me llevó hasta algunos años atrás en el pasado, y Fatine lo acabó de apuntalar.

—Justo ahí mismo, a la sombra del Arco de Caracala te vi por primera vez. Tus compañeros y algunos turistas de los que iban con mi grupo te rodeaban mientras contabas que hubo un tiempo en el que en Marruecos se hablaba en latín, pero de eso hacía ya mucho. Así fuiste congregando gente a tu alrededor, y yo, satisfecha porque estabas haciendo mi trabajo, y mucho mejor que yo. Nos enseñaste mosaicos y restos, el acueductus, las estatuas, los restos de casas y tabernas, en fin, todo un erudito. Uno de tus compañeros te habló de la tesis para el doctorado y así supe de ti, sin que ni siquiera todavía te hubieras fijado en mí.

—Vaya con el guardaespaldas —intervino Aitor—. Cada vez estoy más convencido que de alguna manera el éxito presente y futuro de todo esto tiene que ver contigo.

—A estas alturas de mi vida ya hay pocas cosas que me puedan ruborizar —vinieron entonces a mi cabeza algunas escenas de la noche anterior con Fatine—, pero por este camino lo acabaréis consiguiendo.

La mañana fue una maravilla para el conocimiento y la contemplación. Aitor escuchaba curioso todas las explicaciones que hice sobre la ciudad amurallada de Marco Aurelio, mientras un rictus de tristeza tomaba al asalto el semblante de Fatine, a la espera de que muy pronto se decretara nuestra partida.

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