Una habitación con vistas y dentro… una tentación (Cap. 12)

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Resumen del capítulo anterior: Después del primer beso, ninguno de los dos quiere despedirse y Mariángeles acaba invitando a Rodrigo a subir a su apartamento.

He de reconocer que en el baño, con Rodrigo esperándome en mi habitación mientras yo le daba el cambiazo a mi ropa interior para colocarme el modelo más sexy disponible, me asaltaron las dudas. ¿Realmente estaba dispuesta a meterme en la cama con él? Dios santo, ¡si hacía tan sólo unas horas estaba convencida de que lo mejor era mantenerlo fuera de mi vida! Desde luego lo que no podía era decirle ahora que se marchara, eso sería propio de una niñata inmadura, si habíamos llegado hasta aquí, al menos habría que ver cómo se desarrollaba la noche sin dar nada por sentado. En medio de estos titubeos, paseé la mirada por el baño: qué desastre, casi muero de la vergüenza.  ¡Aquello no era un baño digno de dos señoritas, aquello parecía el escenario de una catástrofe natural! Inconscientemente, comencé a poner un poco de orden, a guardar el arsenal de maquillaje que teníamos esparcido por la repisa y sobre el lavabo, a colgar las toallas en sus percheros en vez de tenerlas tiradas de cualquier forma sobre el bidé, a poner bien colocaditos los más de diez pares de zapatos que parecían haber sido arrojados desde lejos por un huracán… hasta que me di cuenta de que él ya lo había visto todo. Mierda, lo único positivo era que ya nos conocía en estado natural. Empeorar esto sería difícil. Inmersión total en el universo Mariángeles y compañía. Si aún le quedaban ganas de saber más del desastre que era como ama de casa, este príncipe tenía muchas posibilidades de ser ascendido a rey.

Abrí la puerta de mi habitación, cruzando los dedos para no encontrármelo desnudo sobre mi cama, porque una cosa estaba clara: aunque todas las pistas indicaran que aquella noche iba a haber sexo, me gustaría que él respetara las reglas del juego y siguiera cortejándome como un buen príncipe haría con la damisela de turno en apuros, o sea, con la moi. Y no me defraudó. Rodrigo estaba vestidito de arriba a abajo, apoyado en el pretil de la ventana, disfrutando de las mejores vistas que un barrio obrero como el mío le podía ofrecer. Coloqué el sujetador feo y desteñido por tantos lavados que me acababa de quitar a hurtadillas en el picaporte de la puerta por fuera –ése era el código para que Vero supiera que había visita masculina en casa– y cerré. La suerte estaba echada.

Al sentir la puerta se giró y me pidió que me acercara.

—¿Te gusta el paisaje? —bromeé—. Ahora entiendes por qué no soy fácilmente impresionable, con estas vistas cada noche, tu truco del mirador sobre el mar ha estado a punto de fallarte hoy.

Se echó a reír.

—Ven aquí —me colocó justo delante de él, rodeándome con sus brazos y obligándome a mirar afuera.

—¿Qué quieres que mire? Sólo veo edificios llenos de gente que mañana tiene que ir a currar.

—¿Sabes qué veo yo? —me dijo, dándome un ligero beso en la mejilla—. Una ciudad que nunca duerme, llena de vida, que acoge a todo el que llega deseando labrarse un futuro. En Barcelona cabemos todos. No importa de dónde vengamos, hay una oportunidad para cada uno.

Se hizo el silencio mientras yo miraba el edificio de enfrente con otros ojos, por primera vez.

—Echaré de menos esta ciudad, aunque todavía tengo que enseñarte muchos rincones que estoy seguro que no conoces, a pesar de que llevas aquí más años que yo.

Me separé de su abrazo y me serví un vaso de agua. Me quité los zapatos y me senté sobre la cama. Me sentía muy tensa, no sabía cómo abordar la situación. Él pareció leerme el pensamiento y se sentó en el sillón orejero que tenía a los pies. Me peguntó cuánto hacía que vivía en ese piso, si siempre  lo había compartido con Verónica, si mi casero era buen hombre, y un sinfín de preguntas que sabía que hacía para eliminar la tensión. Entonces, lo vi claro. Mi príncipe no iba a dar un paso hasta que yo no estuviera segura, y fue precisamente esa clarividencia, la que me hizo cambiar de actitud. Tenía un hombre hermoso dentro de mi habitación, y no sólo eso, sino respetuoso y educado. De repente, la noche que teníamos por delante se me antojaba corta y los minutos me parecían segundos. Lo miré fijamente mientras me imaginaba cómo sería tener esos labios carnosos recorriendo mi cuerpo, hasta que él dejó de hablar.  El Príncipe Encantador también era listo y había detectado que ya estaba preparada para la fase dos.

Me sostuvo unos segundos más la mirada, sin pronunciar ni una palabra, hasta que tuve que sonreírle. Esperaba mi permiso y esa sonrisa quería decir: permiso concedido.

De la naturalidad con la que empezó a besarme y de cómo los besos nos llevaron a lo demás, no puedo dar detalles. No es que no quiera, es que aún hoy no lo pongo en pie. Sí recuerdo que me sentí muy cómoda con él, y que tuve ganas de practicar las posturas del kamasutra una por una. Tampoco recuerdo cuántas veces lo hicimos, supongo que lo que da una noche de sí, porque nos quedamos dormidos un poco antes del amanecer.

Y antes de que pudiéramos cogerle cariño a la almohada, el despertador vino a recordarnos que no vivíamos en el Reino de Muy Muy Lejano, y que había que ponerse en marcha para ir a trabajar.

¿Cómo será amanecer junto a Príncipe Encantador? ¿Seguirá conservando su encanto después de haber logrado el tan ansiado rato de sexo que parece obsesionar a todos los hombres? ¿Tendrá remordimientos Mariángeles por haberlo dejado meterse en su cama tan pronto? Todo esto y más, la siguiente semana.

 

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Concebido y desarrollado en exclusiva para la revista digital Asuntos de Mujeres. Duodécimo capítulo publicado el 12 de septiembre de 2017. Una habitación con vistas y una tentación

 

 

 

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