Tus versiones de ti -XII-

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Que no nos comportamos igual en cada uno de los roles que tenemos que desempeñar en la vida, es una evidencia. Cada cual tiene diferentes versiones de sí mismo, que sólo superpuestas, nos darán una visión general de quiénes somos. Por ejemplo, no actuamos igual en el trabajo que en casa. Hasta aquí, todo normal. La cuestión aparece cuando una de esas versiones choca frontalmente con otra. ¿Nos sentimos más identificados o más cómodos con alguna de ellas? ¿Cuál nos define más: el padre, el marido, el cuñado, el vecino, el jefe, el yerno, el amigo? ¿El amante?

Aquella tarde me reservaba una sorpresa un tanto especial. Dos visitas inesperadas de las dos personas que menos deseaba ver juntas, por el momento. Mi amiga Mariluz había venido al centro con sus hijas, buscando atuendo para las tres mujeres de su casa, con motivo de una boda a la que estaban invitadas y que se celebraría en un par de fines de semana. Cuando una de mis amigas pasaba cerca del hotel, les tenía bien inculcado que la visita para el café era de rigor. Así que me alegré de invitarlas a merendar en la cafetería de la azotea, porque sabía que las niñas estarían entretenidas con las vistas y nos dejarían a nosotras hablar sin interrupciones. Mariluz se quejaba de no haber encontrado nada que mereciera la pena y me narraba con detalle los modelos encontrados en las tiendas en las que ya había estado, todos con alguna pega. Aprovechó para quejarse de la facilidad que en ese sentido tenían los hombres —otra ventaja más, añadió—, que con cualquier traje de chaqueta salían del paso, y me contó que la novia, una prima de su marido, le había pedido hacía tan solo tres días que se encargara del buffet de postres. Me pareció que era la carga de aquella responsabilidad la que la tenía con los nervios de punta. En tres o cuatro ocasiones reprendió a las niñas sin motivo, y hasta le dio una larga calada a mi cigarro, que no esperaba. No quiso entretenerse demasiado, aún quería visitar un par de tiendas más, y las acompañé hasta la calle para despedirlas. Estábamos ya en las últimas frases, ésas que se repiten veinte veces antes de la despedida final y en las que vienes a decir otra vez lo que ya has repetido previamente, cuando doblando la esquina apareció mi señor Eme. Se me iluminó tanto la cara que Mariluz se giró para ver qué estaba pasando y enseguida lo entendió, aunque su cara expresaba todo lo contrario a la mía.

—Bueno, yo me voy ya.

—No, ¿cómo te vas a ir? Espera que te lo presento.

Se le torció el gesto y sé que aguantó el tirón sólo porque yo se lo pedí. Sabía que a Mariluz esta historia la incomodaba sobremanera y que Eme no contaba para nada con su beneplácito.

—Buenas tardes —dijo él al llegar a nuestra altura.

—Hola —le dirigí yo en un tono meloso, mientras le acariciaba el brazo—. Mira, esta es mi amiga Mariluz, alguna vez te he hablado de ella.

—Ah, encantado —noté a Eme algo tenso, él sabía la opinión que a Mariluz le merecía nuestra historia y en ese instante me arrepentí de haberle contado tantas cosas.

Mariluz le tendió la mano, lo que en un ambiente fuera de lo profesional resultaba algo inapropiado y enseguida llamó a las niñas, que andaban correteando por la recepción. Se despidió de mí con un beso y a Eme le dirigió un gélido “hasta otra” que congeló el espacio que se levantaba como un muro entre ellos. Cuando se alejaron, Eme me preguntó si podíamos tomar algo rápido juntos, un café o una cerveza. Hice ademán de entrar a por mi bolso, pero me retuvo diciendo que no me haría falta.

—Mi tabaco.

—Tampoco te hace falta.

Echamos a caminar calle arriba, agarrada yo a su brazo, sintiéndome muy feliz, a pesar de la tensa escena vivida con mi amiga la pastelera. Nos acomodamos muy juntos en la barra de un bar cercano, yo sentada en un taburete alto y él de pie a mi lado. Rescató una de las preguntas que solíamos hacernos por teléfono cada mañana:

—¿Cómo vas?

Para nosotros, esa pregunta no quería decir qué tal estábamos, sino cómo avanzábamos en nuestros sentimientos hacia el otro. Si era yo la que preguntaba, él solía responder “de lujo”. Si era él, yo respondía “en las nubes” o cualquier otra cosa que le dispersara al otro las dudas de que aquello pudiera desvanecerse. Así que le respondí:

—Ahora mismo, en cohete hacia la luna —noté que le gustó la respuesta—, ¿y tú?

—De lujo —pero lógicamente, añadió—: tu amiga parecía que hubiera visto al diablo.

Sonreí; me gustaba que le preocupara.

—Pobre, no la juzgues. Todo esto es difícil de asimilar para ella y, sobre todo, teme por mí.

—¿De qué tiene miedo?

—¿De qué va a ser? De que salga perdiendo.

Me miró fijamente y soltó otra de sus frases para el recuerdo:

—Yo no estoy jugando, ¿por qué ibas a perder?

Mantenía su cara muy próxima a la mía, pero como no podía besarle en público, me quité el tacón e introduje con disimulo el pie cubierto con mis finas medias por debajo de la pernera de su pantalón. Me encantaba ponerlo nervioso. Le respondí:

—Te he echado mucho de menos.

—Ya te lo advertí, amor. Voy a volverte loca —me respondió él en su tono habitual.

Yo le seguí la corriente, y le respondí con la más seductora de mis miradas:

—Ya veremos. Tú no has conocido a una mujer como yo en tu vida, pequeño. Y te advierto que suelo perder pronto el interés. De hecho, es probable que me canse de ti mañana.

Él soltó una carcajada y me habló alargando cada palabra, pegando su nariz a la mía:

—Va a llegar un momento, en el que no exista nada más en tu mente que respirar —me besó— y yo.

Me reí, temiendo que llegara a ser verdad, y alegrándome de que la posibilidad de que pudiera ser visto en actitud comprometida conmigo le importara un poco menos, lo suficientemente menos, como para correr el riesgo. Estaba claro que Mariluz no podía dejar de ver a Eme como un hombre casado, pero para mí, sin duda alguna, sólo era un hombre que estaba demostrando que sentía por mí cosas que parecía haber olvidado hacía tiempo. ¿Sería suficiente con tener esa única versión?

2 Comentarios

  1. Celia Pavón says:

    He tardado pero ya me he puesto al día. Espectacular Raquel. Intrigadisima. Enhorabuena y a seguir escribiendo que queremos saber qué pasa entre S y M. Besos.

    1. R T says:

      Qué bien, Celia.
      Creo que la historia nos va a enganchar. Y a medida que se vayan conociendo más, será más divertido, porque podremos pararnos más a reflexionar. De momento, me veo obligada a generar acción para situar a los personajes. Luego podremos pararnos más. Gracias por tu comentario.
      Besos mil

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