Tomando la iniciativa -XIII-

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Hacía ya más de un mes que había empezado nuestro extraño affaire y la verdad era que si me hubieran pedido que lo catalogara no hubiera sabido qué adjetivo asignarle. ¿Era mi pareja? No.  Era mi amigo? Tampoco eso. Desde luego, lo que no podía era considerarlo mi amante, habiendo intercambiado tan sólo tres besos. Yo suponía que él no tenía urgencia por tener relaciones conmigo porque contaba con el alivio que le proporcionaba su matrimonio, pero no estaba dispuesta a permitir que la imagen de él teniendo sexo con su mujer se instalara en mi cabeza, así que decidí destensar un poco la cuerda. ¿Había llegado el momento de estampar un sello a la relación y aceptar que teníamos una aventura en toda regla?

Aquella tarde, me tocaba visitar de nuevo a la clienta que tenía su oficina en el mismo edificio que él, donde nos encontramos por primera vez, y aunque era la ocasión perfecta, me asaltaron mis inseparables dudas: ¿debía sorprenderle? Porque cuando los hombres hacen gestos audaces, por lo general, se considera romántico. Pero cuando las mujeres lo hacen, a menudo se considera que están desesperadas o psicóticas. Sin embargo, me arriesgué a no ponerle en preaviso y sólo cuando hube despachado con mi clienta, aún en la planta cuarta, lo llamé, con el temor de que la respuesta fuera “hoy no estoy ahí”. Por suerte, fue “sube a mi oficina, sexto A”. Suspiré nerviosa y aproveché la diferencia de dos plantas para retocarme el maquillaje. En el pasillo, me crucé con una chica joven y guapa, supuse que una de sus empleadas, que acababa ya su jornada laboral. Eme me esperaba apoyado en la puerta entreabierta y cuando hubo cerrado, me dio un abrazo y un largo beso en los labios que aplastaron mi incertidumbre compulsiva. Cuánta fragilidad la mía.

La oficina era amplia y diáfana, elegantemente decorada en tonos blancos, y desierta a esa hora de la tarde. Me llevó a su despacho y me ofreció el asiento que había frente a su mesa. Preparó sendos cafés en la Nespresso que tenía en la balda inferior de una estantería, un voluto para mí y un ristretto para él. Se sentó sobre el escritorio, cerca de mi sillón, y aunque no me gustaba la posición de superioridad que había escogido, fui capaz de relajarme y charlar.  Cuando se repuso de la sorpresa inicial de mi visita, que parecía haberle agradado, y mucho, intercambiamos algunas trivialidades de lo que había ocurrido en nuestras vidas, incluyendo por su parte algunas anécdotas familiares que volvieron a abrir mi herida de la desubicación. ¿Qué hacía yo allí? En aquel momento, con la noche abriéndose ya paso en el cielo sevillano, me sentí fuerte para demandar mi espacio y le interrumpí diciéndole:

—Necesito decirte algo.

—Te escucho.

—No sé a dónde me está llevando esto, ni siquiera sé lo que quiero de ti, pero dime que entre las mil y una posibilidades que tenemos frente a nosotros, está también la de que tú y yo acabemos juntos.

Me miró muy serio y tardó un segundo en responder.

—Claro que sí. Nada está escrito. No doy nada por sentado, ni descarto nada de antemano. Me dejo llevar. Y tú deberías hacer lo mismo. ¿Por qué insistes en pensar tanto?

—Porque necesito aclarar mis ideas.

—Porque necesitas etiquetar esto.

Lo miré perpleja. Sí, podía ser. Necesitaba una etiqueta.

—Salomé —continuó él—, mi padre decía que era mejor ser amado que amar. Y es una de las pocas cosas que dijo con las que no estoy de acuerdo. Porque el que no ama, se pierde también el dolor de sufrir. Y hasta de sufrir de amor hay que aprender a disfrutar. ¿No te sientes feliz cada mañana al pensar en mí?

Me desarmaba con su filosofía de bolsillo. Qué fácil lo veía todo. ¿Por qué no podía yo vivirlo con la misma naturalidad? Me acarició la mejilla, diciéndome otra vez, “te tengo que enseñar a descansar esa cabeza”. Y ahí me decidí. Me levanté y me coloqué entre sus piernas, muy cerca, pasándole los brazos alrededor del cuello y clavándole mis pechos en su torso, con toda la intención del mundo.

—Nena, no hagas eso que no soy de piedra —me dijo muy bajito mientras sus manos bajaban por mi espalda, más allá del límite de la cintura.

Me encomendé a Diana cazadora, más a mi amiga que a la diosa griega, y aposté todas las cartas a un mismo número. Sin dejar de mirarlo, me desabotoné la camisa, me quité los tacones, dejé que la falda cayera por su propio peso cuando me bajé la cremallera y enrollé las medias rápidamente hacia la punta de mis pies para quitarlas con un certero movimiento de talones. Allí me quedé delante de un atónito y paralizado señor Eme, que paseaba sus ojos por mi cuerpo en ropa interior, sin pronunciar palabra. Por supuesto, aquello no era fruto de la improvisación. Por la mañana, con la idea de esta visita rondando por mi cabeza, había escogido un modelo de Etam  de encaje rojo de infarto. Di de nuevo dos pasos hacia él y volví a besarlo. El tacto de mi boca en la suya fue el estopín que encendió la mecha. De un manotazo tiró al suelo los papeles que amontonaba en su mesa y me tumbó sobre ella, apretándose contra mi cuerpo como si fuéramos a fundirnos en uno. Sin cerrar los ojos, mientras enredaba mis dedos en su pelo, me dispuse a que estampara un Contabilizado sobre mi cuerpo, que me dijera que aquello empezaba a existir de verdad.

 

 

2 Comentarios

  1. María José García castillo says:

    Ufff me encanta , qué verdad es que a veces hay que hacer lo que se piensa y coger al toro por los cuernos!!

    1. Raquel Tello says:

      Pues sí, a veces nos enredamos en nuestras propias dudas y no salimos de ahí.
      Hace falta actuar, y menos pensar!!

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