Tócala, Charlton

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Bueno, Charlton, tampoco es para tanto. Ya sé que ella te susurró aquella frase al oído: la que decía que el piano, cuanto más se toca, mejor suena. Y que te lo dijo con ese tono que sale después de agitar en una coctelera dos partes de cinismo, una de frivolidad y tres de confianza. Me consta que, desde entonces, no dejas de darle vueltas al asunto. Es normal. A mí me pasa lo mismo cuando Vinny me sirve un margarita y se le va la mano con el tequila. ¿Qué quieres que te diga? Pocas cosas encierran más veracidad por metro cuadrado que esa que salió de sus labios. De hecho, solo se me ocurren tres que la podrían superar: la teoría de la relatividad, las lágrimas de alegría y que la paella no admite chorizo; se pongan los ingleses como se pongan.

No quiero que pienses que ahora voy a empezar a animarte con cuatro muestras de condescendencia gratuita. No te hacen falta. Sabes que eres bueno en lo tuyo. Todos opinan lo mismo. Incluso estoy seguro de que intuyes que ella aún aprecia tu habilidad al piano. Pero, por mucho que nadie interprete esa melodía como lo haces tú, uno no se puede quedar amarrado en una dársena con tan poca profundidad. Y es que tu problema siempre fue el repertorio, Charlton. Te repites, amigo. Te rayas como un loro aquejado de hernia de hiato. No me extraña que Eleanor lleve tiempo mirando hacia otro lado de la orquesta. Sí, no te hagas el sorprendido. Sabes de sobra que el viento y la percusión siempre tiraron mucho del elástico de la ropa interior femenina.

Así son las cosas, Charlton. Es inútil resistirse. Hazme caso: tú solo tócala. Sigue tocando tu melodía todas las veces que te apetezca. Ya es tarde para cambiar de instrumento. Puede que incluso para ampliar el repertorio. Así que disfruta mientras interpretas esa pieza y esperas el día en el que, hastiado de ti mismo, desafines sin remedio y provoques que alguna corista pierda el paso. Quizás, cuando llegue ese día, te levantarás con brusquedad y te dirigirás al camerino a lamentarte después de que los murmullos del público se te hayan hecho insoportables. Te quedarás allí un rato. Puede que demasiado tiempo. Lo justo para que, cuando regreses, ya sea demasiado tarde. Porque tu sillón ya lo ocupará otro. Un tipo más joven que tú. Ni más alto ni más bajo. Ni más listo ni más tonto. Ni más guapo ni más feo. Solo otro tipo. Uno de dedos ágiles y mente rápida, que no solo será capaz de versionar tu melodía, sino que duplicará tu repertorio y manejará con soltura tres o cuatro instrumentos diferentes; sin mencionar que el muy hijo de puta seguro que también canta.

¿Qué quieres que te diga, Charlton? Que no es para tanto, de verdad. Que aún te quedan esas manos, el piano y tu forma de entender las cosas. Así que tú a lo tuyo. Toca tu melodía, Charlton. Tú solo sigue tocando cada vez que tengas ocasión. Hazlo como tú sabes: a tu manera. Créeme, un día aparecerá alguien que sabrá apreciarlo. Y puede que ocurra antes de lo que esperas. Cualquier día de estos, después de que todos se hayan marchado al final del ensayo, y tú, como siempre, te hayas quedado frente al piano para deslizar tus dedos sobre las teclas y arrancarles de nuevo esa melodía en la que ya nadie parece estar interesado. Quizás suceda una de esas tardes lluviosas en las que el tramoyista prefiere no comer en casa y que, por eso, ha mantenido encendidas las luces a la desconocida que ocupa una de las butacas del fondo de la sala. Al finalizar la última nota, te verás sorprendido por un sencillo aplauso que retumba en la soledad del local. Entonces, extrañado por su presencia, te acercarás a la barra con un gesto confuso y le pedirás al camarero que te sirva un trago. Sabes que Vinny es de esos que no necesita preguntas. Así que, mientras te llena la copa, te dirá que esa mujer es la misma que, durante todos estos años, no dejó de regalarte flores mientras tú mirabas para otro lado. La misma que, aún así, sin que nadie sepa muy bien por qué, nunca dejó de soñar con el día en el que pudiera escucharte tocar para ella sola.

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