¿Te alegras de haberme conocido? -XXIV-

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Pensamos que el amor es un sentimiento sublime que sólo se alcanza cuando, después de conocer a una persona a lo largo de los años, valoras lo que tiene que ofrecerte, bueno y malo, y lo aceptas. Y sin embargo, cuando más enamoradas nos sentimos es cuando apenas conocemos a esa persona de verdad. ¿Hablamos pues de sentimientos diferentes? ¿Qué es más amor, entonces? ¿El que se profesa una pareja de ancianitos que han compartido toda su vida o la irresistible sensación de necesitar a otra persona tanto como el aire que respiramos?

Salimos pitando de aquel improvisado nido de amor, negociando un poquito más con el reloj que, implacable, nos fue acercando a las seis de la tarde. Pero la realidad ya se colaba en nuestro refugio en forma de vibración de móvil. Alguien llamaba a Eme. Nos vestimos con urgencia, me arreglé el pelo y me retoqué el maquillaje mientras él atendía la llamada. Decidí que iría directamente a mi reunión, si tenía que pasar antes por el hotel, sería seguro que no llegaría a tiempo. El archivo con la presentación lo había subido a mi Dropbox, por lo que lo podía recuperar desde el Ipad que siempre llevaba en el bolso.

Nos despedimos en la puerta, con un beso rápido en los labios y un “te quiero, amor” que apenas pudieron articular nuestros labios, dilatados por la sonrisa de oreja a oreja que ambos lucíamos.

Llegué puntual al banco. Quedaba ya poco personal trabajando y salió a recibirme un tipo bajito de formas redondeadas y con unas gafas de pasta con la montura de color morado.

—Salomé, imagino.

Le alargué mi mano, un poco decepcionada por las expectativas que me había forjado de un amigo de mi Diana.

—¿Víctor?—pregunté.

—Oh, no —sonrió el gordito, acomodándose las gafas en la nariz—, está aún en una reunión, me ha pedido que la acompañe a su despacho, enseguida la atenderá. Sígame, por favor.

Le seguí por aquella enorme estancia recubierta de mármol, con el sonido de mis tacones reverberando en todas las paredes y haciendo que los pocos hombres que aún andaban con la nariz metida en sus ordenadores levantaran la cabeza y se volvieran a mirarnos. El pequeño hombre abrió una puerta a mi derecha.

—Por favor, espere aquí. Víctor no tardará.

Le dí las gracias y me senté, con mi bolso sobre las rodillas. Repasé la decoración del despacho y del escritorio, mientras las imágenes de lo vivido hacía tan sólo unos minutos se paseaban por mi recuerdo: Eme tumbado de costado, recortado contra la luz de la calle y jugueteando con mi pezón, me había preguntado: “¿Te alegras de haberme conocido?”. Yo le había quitado el cigarro de su boca y sólo le había respondido: “¿Qué pregunta es ésa?”, pero ahora me entraron ganas de contestarle apropiadamente.

Como mi cita se demoraba un poco, saqué la tablet de mi bolso y empecé un email:

“Que me alegro ya lo debes saber, pero te voy a contar por qué me alegro:

– Porque me haces despertarme con una sonrisa en la cara.

– Porque me llenas el estómago de mariposas con tu “buenos días, princesa”.

– Porque me haces reír, y al final, después de todo lo demás, te quedas con quien te hace reír.

– Porque me acaricias la pierna a escondidas cuando no puedes tocarme, para que yo sepa que estás ahí.

– Porque te muestras tal cual eres.

– Porque no te buscaba, y ahora no quiero imaginarme mi vida sin ti.

– Porque me muero cuando suspiras junto a mi boca.

– Porque a pesar de que tenemos mil y una razones para no seguir alimentando esta historia, sólo con respirarte me basta para apostar en contra.

– Porque me atraes, porque te atraigo, y eso… será amor.”

En ese momento se abrió la puerta del despacho y un hombre alto y delgado, con una atractiva melena plateada al estilo Richard Gere, hizo su entrada. Por su tono  de voz lo reconocí como el hombre que había hablado conmigo por teléfono aquella mañana. Me levanté y le tendí la mano, mientras él me dedicaba un repaso nada disimulado de la cabeza a los pies. Él sí era un digno amigo de Diana. Me contó algunos detalles de relevancia sobre lo que planeaban hacer, un programa de conducción deportiva a bordo de deportivos de alta gama para quince personas por día, durante dos semanas, a finales de abril. El programa incluía cena y visita por la ciudad, y curso de coaching y liderazgo 2.0 a cargo del banco.  Todo lo que me había contado Diana encajaba, excepto, como me suponía, el estado de la reserva del hotel, que estaba mucho más avanzado de lo que yo creía, con el Barceló. Mi única baza, y así la utilicé, era desaconsejar un hotel tan grande para un grupo tan pequeño. Destaqué la ubicación céntrica de mi hotel frente a la del Barceló, en las afueras de la ciudad, y aproveché para mostrarle la presentación que había preparado en la tablet. Víctor me escuchó atento y al final, opinó:

—Bien, Salomé, la situación es la siguiente. Yo estoy jugando el papel de anfitrión en este evento, porque se va a celebrar en mi ciudad, pero no tomo las decisiones. El viernes a primera hora viene la responsable, una compañera de Madrid, para cerrar algunos temas, entre otros el alojamiento.

—Os invito a desayunar —le interrumpí—. No podéis cerrar nada sin haber visto antes mi hotel y escuchar lo que podemos ofreceros.

Víctor se reclinó en su asiento y me miró fijamente. Yo utilicé mi mejor sonrisa, y finalmente escuché lo que quería.

—De acuerdo. Te pasaremos a ver a las nueve.

Me acompañó a la puerta y yo emprendí el camino a mi coche con la sensación de poder llevarme el gato al agua. Saqué mi móvil para comprobar mis mensajes y allí tenía uno de mi chico:

“¿Cómo ha ido, princesa? ¿Será necesaria mi llamada?”

Me hizo reír, sabía que lo hacía para sacarme de mis casillas, pero yo aún nadaba en mi mar de amor y no tenía energía negativa con la que contraatacar, así que le respondí.

“Check your email, baby”. Y le envié el texto que había escrito mientras esperaba a Richard Gere.

Llegué al parking y me monté en el coche. Miré el reloj. Las siete y media. Aún quedaba un rato para que exmarido me devolviera a los niños y yo estaba demasiado acelerada para meterme en casa a esperar. Marque el número de Diana y tras comentar por encima la reunión que acababa de mantener me dijo:

—Estoy en el Di-Vino. Pásate antes de ir a casa y me cuentas en detalle.

¿Cabía un mejor plan que un vinito con mi amiga de la juventud para rematar aquella tarde?

2 Comentarios

  1. Laura Frost says:

    Ay… qué cosas… Qué se lleve el gato al agua, jolín.
    Oye… cómo es Diana, le tengo perdido el norte a ese personaje…

    1. Raquel Tello says:

      Ains, lo que le queda que sufrir, amiga. Los amores trascendentales son así, llevan acarreado el dolor.
      Diana es una femme fatale, que se quiere ella misma por encima de todas las cosas: cero compromiso, cero complicaciones, mi vida, mi trabajo, mis ligues, pero nada que le complique la existencia.
      Vamos, lo que todas querríamos para nosotras!!!

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