Yo te aconsejo, tú me aconsejas-XXXI-

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Algo que los hombres no han entendido nunca es la necesidad que sentimos las mujeres de contarnos las cosas. Hasta el punto de que si algo no ha pasado aún el filtro de la puesta en común, es como si no fuera del todo real. Si tus amigas no están al tanto de algo, será que no es lo suficientemente importante, ¿no es así?. Los hombres en cambio son mucho más reservados. No necesitan compartir. ¿O no lo hacen por miedo a ser traicionados? ¿Existe entre ellos ese vínculo que les dice que sólo sus amigos los entenderán a la perfección? ¿Nos exponemos nosotras demasiado al revelar cosas tan íntimas?

Conduciendo de vuelta a casa sentía un torbellino de emociones contrapuestas: la seguridad con la que había acudido a aquel almuerzo con el banquero se había ido desplomando a medida que el tema de conversación se fue desplazando del trabajo a asuntos personales. Me di cuenta de que no me sentía cómoda en una relación fuera de lo estrictamente profesional con aquel hombre encantador. Pero, ¿por qué?

Aproveché la parada en un semáforo para ponerle un whatsapp a Diana, un escueto “Logré el contrato” que ella supo interpretar a la perfección. “Me acerco a tu casa cuando salga”. Qué reconfortante era tener amigas con las que hicieran falta tan pocas palabras.

Mis niños me esperaban en casa, Ignacio con los deberes hechos y el pequeño Miguel jugando a ser un cachorrito de perro. ¡Qué dos soles! Despedí a la niñera y me dispuse a preparar algo de cena mientras los mandaba al baño. El porterillo sonó justo cuando salían con sus pijamitas limpios y recibieron a la tita Diana en el descansillo. Desde la cocina oía a mi amiga recibir sus abrazos y escuchar sus historias atropelladas. Entraron en casa y Diana se acercó a darme un beso. Vestía un elegante pantalón estampado y una camisa blanca estratégicamente desabotonada hasta donde permitían las normas del buen gusto.

Se sentó en uno de los taburetes mientras yo terminaba de preparar la cena y enseguida nos pusimos al día de los asuntos laborales. Sus ojos felinos me escrutaban por encima del humo del caldo que le preparaba a los niños, aunque yo intentaba evitarlos. Pasé a contarle la comida con Víctor, ante lo cual enarcó sus cejas en señal de sorpresa y aprobación y en ese punto, paré de remover la sopa.

—¿Cuál es el problema? —me preguntó.

—Ninguno. Víctor es encantador, es guapísimo, inteligente, sabe escuchar, ¡y le gusta la literatura!

—¿Pero? —me observaba fijamente Diana.

—No sé, Diana, empecé a sentirme incómoda.

—¿Por qué?

—No te puedo decir. De repente, me pregunté, ¿qué hago yo aquí con este hombre?¿Se va a pensar lo que no es?  Yo qué sé.

Diana hizo una pausa y me respondió.

—Te has sentido culpable porque sentías que estabas engañando a Eme, ¿a qué sí?

Me quedé con la boca abierta. No lo había visto de aquella forma, pero bien podía ser así. Diana no necesitó mi respuesta.

—Querida, sigues viviendo tu vida desde la monogamia que nos impone la sociedad. A ver, que yo sepa, es el señor Eme el que está casado, no tú, y sin embargo, él es capaz de desvincular su matrimonio de la historia que está viviendo contigo. ¿Por qué no aprendes tú también y te permites un poco de sexo sin compromiso con mi amigo Richard Gere, sin que eso afecte a lo que estás teniendo con Eme?

La sola idea que me proponía Diana me repugnó. ¡Ni muerta! Yo era incapaz de algo así. Le tiré el paño de cocina que tenía más a mano y ella lo recibió riendo.

—¿A ti te gusta Víctor, a que sí?

Me tapé los oídos, no quería seguir escuchando, y le respondí tajante:

—Yo siento que tengo una relación con Eme, querida, aunque él esté casado. No es un lío, no es una aventura, no es un polvo. Es algo sólido, al margen de las circunstancias personales en las que nos hemos conocido.

—Al margen de que él esté casado, quieres decir.

—Ya basta. Ojalá fuera como tú, Diana, pero si estoy enamorada, no hay hueco para otras historias.

Diana bajó la mirada.

—Es cuestión de entrenamiento, no creas. Si no vas a conseguir nada, o nada más, al menos, de la persona de la que estás enamorada, debes trabajar por tu bien en otras direcciones. No es bueno reservarse para el futuro.

Supe de inmediato que estaba hablando de su poli. Medí mis palabras antes de responderle, no quería cometer otro error, pero necesitaba preguntarle:

—¿Cómo es posible que haya un hombre que sea capaz de resistirse a ti?

Esbozó media sonrisa por encima de su copa de vino y me contó:

—Somos como hermanos, Salo. Nos conocemos desde hace tantos años que ni me acuerdo, cuando aún era demasiado pronto para que nos viéramos de otra forma que no fuera la amistad. Yo creo que se siente atraído por mí, desde luego, pero no quiere meterse en terreno pantanoso. Podría acabar con todo lo que hemos construido.

De repente, me entró mucha curiosidad:

—¿Cómo es?

A Diana le brillaron los ojos.

—Es… —se quedó meditando un poco—, tendrías que conocerlo. Volverá pronto a Sevilla, podríamos organizar un encuentro para presentártelo.

Me sentí halagada de que mi amiga me demostrara esa confianza. Estaba impaciente por ponerle cara.

—¿Crees que lo vuestro funcionaría?

Me miró muy seria antes de asegurarme:

—Esa clase de certeza se tiene sólo una vez en la vida.

Los niños irrumpieron en la cocina preguntando por la cena. Diana enseguida se recompuso y pidió que la ayudaran a poner la mesa mientras yo empezaba a apartar. Sus palabras se me habían clavado a fuego en el corazón. ¿Tenía yo también esa certeza?

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