¿el tamaño importa? -XIV-

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Otro de los cambios que me había traído la soltería, y en el que hasta aquel momento no había reparado, era el de afrontar el “momento desnudez” con una nueva pareja sexual. Después de más de quince años con el mismo hombre, los hábitos sexuales se habían normalizado hasta volverse tan cotidianos como cepillarse los dientes o cortarse las uñas. Cuando una vuelve a estar sola, no se da cuenta del cambio, porque el único cuerpo que sigue viendo, el suyo, es un viejo conocido. Pero, ¿cómo afrontamos la aparición de un nuevo jugador? ¿Alguna es capaz de decirme que no está nerviosa cuando debe mostrar su anatomía a un desconocido? Y aún más, cuando estamos a punto de escrutar el calibre del tótem que se oculta en la entrepierna de nuestra nueva adquisición, ¿no cerramos todas los ojos deseando que su soldadito sea un digno adversario en la batalla?

No sé de donde saqué las fuerzas para quedarme en ropa interior aquella tarde delante de Eme. Supongo que el deseo que ardía en sus ojos me animó bastante. Ya había probado su boca, pero el lenguaje de nuestros cuerpos apenas había pasado de un saludo cordial. Él tenía experiencia, era algo que se notaba desde el primer gesto. Pero tenía la duda de cómo sería su estilo: si dominante o cariñoso. Pronto comprobé que sería bastante cañero, para mi regocijo. Había convivido con un oso amoroso durante años, un poco de sexo animal era bien recibido, thank you very much.

Mantuvo mi ropa interior en su sitio, besándome por todas partes mientras yo, que seguía tumbada sobre la mesa de su despacho, miraba el falso techo sin querer permitir que la vergüenza hiciera aparición. Se apartó sin dejar de mirarme y se aflojó la corbata. Yo aproveché para incorporarme y sentarme cerca del filo de la mesa, ayudándole a desabotonarse la camisa mientras nos besábamos como si el holocausto zombie estuviera llamando a la puerta. Y llegó el temido momento, el momento que podía ser glorioso o que podía tirar por el retrete todas nuestras expectativas. Eme hizo amago de bajarse la cremallera y hacer aparecer su miembro por ahí, pero le negué autoritaria con la cabeza y le desabroché el cinturón, bajándole los calzoncillos hasta las rodillas… y bajé la vista.

Allí estaba, ufano y presumido, el que iba a convertirse en mi nuevo amigo: un ejemplar de proporciones perfectas y mejor rigidez, esperando en el porche a ser invitado a pasar al interior de la casa. Alargué la mano e hice las presentaciones, para acompañarlo luego en aquella su primera visita a mi domicilio, con toda la hospitalidad de la que fui capaz.

Y así, el señor Eme y yo, iniciamos un recorrido impetuoso y asalvajado por todos los muebles de su oficina: de la mesa al sillón, de pie contra la estantería, de espaldas mirando hacia la ventana… marcando territorio como si de un documental del National Geographic se tratara. Una hora más tarde, cuando nos dimos por satisfechos, me senté junto a él en el poyete que quedaba delante del ventanal y con mi sujetador aún a medio desabrochar, el pelo enmarañado y mi cuello enrojecido, nos fumamos un cigarrillo a medias, sin hablar.

Ni siquiera me había preocupado de que hubiera podido entrar alguien, pensé que él controlaba ese detalle, aunque más tarde comprobé que su grado de locura era semejante al mío. Nos vestimos con una sonrisa en la cara, intercalando besos cariñosos entre prenda y prenda, y dedicándonos bromas sobre lo bien que habíamos ocultado nuestros instintos animales hasta ese momento. Y todo habría sido perfecto si no hubiera tenido que salir sola de aquella oficina, dejando al hombre al que deseaba recogiendo el desastre de nuestra pasión desatada. Pero mis hijos me esperaban en casa y a él lo esperaba la otra firmante del contrato vital que mantenía.

Me monté en mi coche, oliéndome las manos en cada semáforo, evocando el olor de su sexo y acariciándome los labios, feliz. No quería pensar en nada más, excepto en que hoy había sido mío. Y su cuerpo me había hablado con una contundencia aplastante.

—Me vuelves loco —me había susurrado antes de dejarme salir por la puerta.

—Yo también te lo advertí, amor —le respondí, deliciosamente soberbia—. Ahora no te quejes.

Si en aquel momento mi coche hubiera despegado, me habría parecido la cosa más normal del mundo. ¿No era maravilloso volver a sentirse así?

 

 

 

2 Comentarios

  1. lolita says:

    Me encanta en el jardín que se está metiendo Salomé a ver cómo sale si victoriosa o dolida

    1. Raquel Tello says:

      Lolita, el que no juega con fuego se muere frío. Yo no digo más…

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