(t3) Y en tu fiesta me planté -XIII-

Posted on

Los trapos sucios se lavan en casa, ¿no es cierto? Seguro que todas hemos vivido situaciones ridículas e incómodas alguna vez, pero cuando eso nos toca, lo mejor es que no haya testigos. Y de tener que haberlos, los menos posibles. Pero, ¿no es verdad que el universo entero parece saber que intentamos ocultar algo y aprovecha cualquier resquicio para colarse en nuestras vergüenzas? Y que cuando eso ocurre, ¿nos sentimos doblemente incómodas y fastidiadas?

Me sobrepuse de la reacción de tener a Eme en mi casa sin haberlo invitado e intenté que los niños no notaran en absoluto mi contrariedad: ni los míos ni la suya, por supuesto. Ahora lo que tocaba era salir del paso de la mejor forma y llevar la situación con normalidad, pero no podía evitar sentirme molesta con Eme por su egoísmo. No había tenido en consideración que estábamos involucrando a los niños en nuestra relación extraña y desde luego, no se había ni siquiera cuestionado que lo nuestro podía acabar en un estrepitoso fracaso o incluso que finalmente pudiéramos encontrar la manera de ser felices juntos. Creo sinceramente que aquella tarde había actuado por un impulso y a mí me dolía sobremanera que hubiera decidido unilateralmente involucrar en nuestras miserias a mis dos pequeños, que bastante tenían ya con la inminente llegada de su hermanito.

Todo esto debió ponerme un rictus serio y distante en la cara, porque Eme no tardó en apartarme de los pequeños, que revoloteaban en torno a las galletas y preguntarme:

—Eh, ¿estás bien, princesa?

—Sí, claro —le mentí—, ¿por qué no iba a estarlo?

Pero aquel hombre me había conocido demasiado a fondo, había bebido todo lo que yo era y no me iba a resultar fácil engañarlo.

—No estamos haciendo nada malo, Salomé. Nada que no pudieras contarle a todo el mundo. No pienso comprometerte ni comprometerme delante de los niños. 

Me habló con dulzura y eso hizo que pudiera relajarme un poco. Lo mejor sería que intentara disfrutar de la tarde. Le pedí a Eme que llevara al salón las galletas mientras yo me dedicaba a preparar una jarra de cola cao calentito para todos. Escuché el timbre del porterillo y a Ignacio yendo a responder, pero como no vinieron a darme recado, supuse que habría sido una equivocación.

Al momento, por encima de la molesta vibración de la batidora, escuché a los niños saludar:

—Hola, tita Diana. 

Joder. Saqué la batidora del vaso y la desenchufé. La dejé dentro del fregadero y mientras hacía todo eso y me limpiaba las manos para salir fuera, oí las presentaciones entre Diana y el señor Eme. Antes de que pudiera salir de la cocina, mi amiga ya estaba cruzando la puerta y, por supuesto, cerrándola detrás de ella:

—He acercado a Emi a su casa, y me pareció que te habías quedado intranquila por ella. 

Dijo a modo de explicación. Yo asentí, callada, como una adolescente que ha sido sorprendida por sus padres y está esperando la riña, sumisa. A Diana le costó unos segundos, ella no era de juzgar, pero supongo que todas tenemos un límite y aquella escena de «Los problemas crecen» en mi propio salón era como para dejar en shock hasta a mi amiga la cazadora.  Señaló con el dedo a la puerta detrás de ella.

—¿Qué diablos está pasando ahí? —estaba absolutamente desconcertada.

—Se ha presentado sin avisar —alegué yo, sabiendo de antemano que era una flaquísima defensa.

Ella arqueó las cejas y dijo un «oh» que me sonó a sarcasmo.

—Está bien —agarró el picaporte de la puerta y cruzó el salón lanzando besos a los niños—, ya hablaremos en otro momento.

Me quedé petrificada. Sabía que a Diana no le había gustado ni una pizca, quizás, tan poco como a mí. Eme siguió exagerando la confianza que nos unía y ni corto ni perezoso se ofreció a acompañarla a la puerta.

—¿Ya te vas? —insistió—, espera que te acompaño. 

Diana lo miró de arriba abajo, desafiante.

—Conozco muy bien el camino, gracias. 

Aún así, Eme la acompañó. Me volví a la cocina, queriendo que la tierra me tragara, sintiéndome culpable por ningún motivo más que haber aceptado la visita de aquel hombre y su hija. Escuché los pasos de Eme dirigiéndose a la cocina y cerrar la puerta que quedaba a mi espalda.

—Lo siento, no sé si he hecho bien en venir a verte —sonaba sincero. 

Y triste. También sonaba triste. Y yo desde luego tenía una debilidad con nombre propio justo a dos metros de mí. Me giré y quise excusarme.

—No te preocupes, Diana no esperaba encontrarte aquí, es todo. 

—No estoy seguro. Me ha dicho algo que me ha hecho pensar. Quizás será mejor que Fabiola y yo nos marchemos. 

Le sujeté por el brazo y le retuve.

—No, por favor, seamos adultos. Me gustaría poder merendar contigo y con tu hija sin tener que pensar demasiado más allá. 

—Tu amiga me ha advertido. 

Me miraba fijamente. Me hizo gracia, y me sentí querida por Di.

—¿Qué te ha dicho? —quise saber.

—Me ha dicho: «oye tú, no sé a qué demonios estás jugando. Mi amiga puede aparentar ser fuerte pero no lo es. Si vuelves a hacerle daño, no te lo perdonaré en la vida».

Sonreí. Eme también.

Amenazar a alguien con no perdonarle en la vida era dar por hecho que iba a estar en su vida siempre.

 

 

0 Comentarios

Deja un comentario

Tu dirección de email no será publicada.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.