(t3) Una declinación polémica -XIV-

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A veces, una se queda con la sensación de que no está reaccionando como los demás esperan; de que, de una u otra forma, está decepcionando a la galería. Y claro, eso hace que surjan dudas sobre las decisiones que una toma o las actitudes que muestra, y empieza la señorita Duda a sembrar su veneno en nuestra conciencia: ¿seré yo la que está equivocada? ¿Será que veo las cosas de una forma demasiado parcial? ¿Hasta qué punto ser siempre agradable deja de ser normal y dónde está el límite para que lo cordial siga siendo sólo cordial y no raye en lo absurdo?

A las nueve de la mañana me despertó el whatsapp. Las notificaciones de nuevos mensajes hacían vibrar el aparato sobre mi mesita de noche, y por la cadencia de los mismos, pensé que algo importante debía haber pasado. Alargué la mano, volviendo al mundo de los vivos después de haber tardado en coger el sueño la noche anterior con la borrachera de galletas de chocolate y dulzura familiar tamaño XXL. Cuando pude ver a qué se debía tanto alboroto, casi me caigo rodando de la cama: exmarido me había metido en un grupo junto con su familia y sus amigos más cercanos para anunciarnos la llegada al mundo de Pedro Jr. Unas treinta fotos de la carita del recién llegado y su feliz mamá y unos cincuenta mensajes de felicitaciones por el feliz alumbramiento. ¿Pero este hombre había perdido del todo la cabeza? Aún estaba intentando entender las razones que llevan a un exmarido a incluirte en un grupo semejante, cuando sonó mi teléfono. Era él.

Le di mi enhorabuena, pidiendo que la hiciera extensible también a la flamante mamá, pero estaba claro que uno no llama sólo para que le den la enhorabuena.

—¿Qué necesitas, Pedro?

—Me gustaría que me trajeras a los niños, para que conocieran a su hermano.

No pensaba pasar por eso, ni en un millón de años.

—Oye, escucha, no tengo nada en contra de vuestra familia, pero me gustaría permanecer al margen. Si quieres que los niños lo conozcan, y me consta que ellos están deseando hacerlo, aprovecha la visita de algún familiar para venir por ellos y acercarlos tú mismo. Me parece lo más sensato.

—¿Por qué tienes que hacerlo todo tan complicado, Salomé? —fue su respuesta, en forma de pregunta.

Me quedé de piedra.

—¿Complicado? ¿Tú ves normal que vaya de visita a ver al hijo que has tenido con otra? Entiéndeme, Pedro, no es que te guarde rencor, no es que tenga celos, ni que me resulte doloroso.

—Entonces, ¿qué es? —insistió—, ¿es tan raro que quiera que los niños vengan a conocer a su hermano?

Resoplé. Siempre me hacía lo mismo en las discusiones. Darle la vuelta a la tortilla, de forma que yo pareciera la mala de la película y él, la pobre víctima de mi maldad supina.

—No, hijo. Lo raro es que me pidas que sea yo la que los lleve. Haz tu vida, Pedro. Cuenta conmigo para lo que concierna a nuestros hijos, pero no pienses ni por un momento que somos amigos. No lo somos. Somos los padres de nuestros hijos, nada más. Y es que no quiero que nada más me una a ti. No quiero cafés juntos, ni cenas en casa, ni meriendas en el bar. Quiero que me dejes al margen de tu vida, por favor.

Se hizo el silencio. Igual había sido demasiado dura, pero con exmarido o le hablabas claro como el agua, o no había manera de hacerse entender.

—Está bien, mandaré a mi madre a que pase a recogerlos a lo largo de la mañana.

Típico de exmarido: apoyarse en el resto del universo antes que intentar solucionarlo por sí mismo. Dos segundos después de colgar, ya me había salido de ese grupo con la misma delicadeza con la que me habían incluido: ninguna.

Colgué el teléfono con la sensación de que no había sido comprendida, pero con la tremenda ilusión de tener un par de horas inesperadas para mí. Lo primero que pasó por mi cabeza fue llamar a algunas de mis amigas, ver quién estaba disponible para una cerveza a mediodía, pero luego lo pensé mejor, y decidí que me dedicaría ese ratito exclusivamente a mí.

Cuando mi exsuegra llamó al porterillo, los niños se echaron a correr escaleras abajo, nerviosos porque sería la primera vez que iban a tener a un bebé tan cerquita de ellos, y porque éste, en cierto modo, les hacía ser protagonistas. Le puse un mensaje a exmarido diciendo que iba a salir y que me avisara antes de traérmelos de vuelta y media hora después de que los niños se hubieran marchado, salí de mi casa sin rumbo fijo y con los zapatos planos, con la firme intención de disfrutar de un paseo y de unas pocas horas de soledad.

Crucé el barrio hasta llegar al río y bajé por el callejón de la Inquisición hasta el mismo borde del agua. Caminé durante unos minutos, sólo deteniendo mi mirada en las ventanas de las casas, en el brillo del agua, en la gente que charlaba animadamente en las terrazas de los bares… Sin saber cómo, había cruzado la calle y me dirigía a uno de mis santuarios: el jardín del CAAC. Sentarme a la sombra de uno de sus árboles, seguro que me haría bien. Mientras llegaba, decidí llamar a Emi. Me haría compañía y así podría preguntarle cómo se encontraba.

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