(t3) Un coche sin luces -XV-

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Que te atiendan muy bien en el Restaurante Sobretablas es lo esperado; son gente enamorada del oficio y muy profesionales. Que todo esté muy rico tampoco debe sorprender, Camila  y Robert vienen de Celler de Can Roca, y allí se hacen las cosas de modo que los comensales suelen impresionarse agradablemente, pero que Robert nos ofreciera vino por gentileza de la casa para maridar con los diferentes platos, ya es un lujo fuera de lo normal. Mientras le entregaba la tarjeta al pagar la cuenta le aclaré:

—Si querías ganarnos para siempre como clientes, con lo del vino ya nos tienes para varias generaciones.

Dejé una propina bastante amplia y salimos con esa sensación de ¿y ahora qué? generada por esos momentos de vacío provisional tras una velada espléndida. Malak era la única que parecía no tener ni cuerpo ni ganas de mucha jarana, de modo que viendo su cara de razonablemente cansada de cuerpo y de ánimo, les propuse ir a casa, previo paso por la de Diana para recoger la ropa de las hermanas marroquíes, y que se vinieran a mi dúplex hasta que quisieran, por preservar la intimidad de Diana. De camino a los Bermejales, ya con las maletas cargadas y todo sonó mi móvil a través de la conexión bluetooth.

—Sevillano.

—¿Qué pasa Aitor?

—Oye chico, que ya me he acostumbrado al cambio de nombre, y no me suena mal. ¿Cómo estás?

—Rodeado de bonitas mujeres. ¿Y tú?

—Pues más repuesto. Las cosas siguen y los holandeses quieren venir a Bilbao a cerrar el trato. Lo de la invitación con gastronomía incluida les ha encantado.

—Ya sabes tú que se cazan más moscas con miel —argumenté.

—El caso es que me gustaría mucho que estuvieras aquí para cubrir la visita. A efectos de seguridad me refiero.

—Aunque también sepa de clupea pilchardus, para hablar de sardinas ya estás tú.

—Eres un cachondo, pero más confianza me inspiras. ¿Vendrás entonces?

—Claro que sí. Pásame las fechas y la descripción de la visita: días, lugares y demás, y me organizo.

—Mañana te lo mandan todo al correo. Muchas gracias.

—Buenas noches.

Diana afiló el rostro y me miró interrogante. Sin duda algo estaba gestando en su cabeza, y no tardaría ni un segundo en iniciar la jugada.

—Me encantaría ir a Bilbao contigo. Prometo pasar desapercibida.

Sonreí moviendo la cabeza a modo de negación.

—Tú no puedes pasar desapercibida Diana, ni tu físico, ni tu cabeza, ni tu corazón te lo permiten. A las pruebas me remito. Te acepto el envite no obstante. No sé cuándo Aitor nos va a querer por allí, pero si os apetece, mañana salimos sin prisa pero sin pausa camino de Málaga, para llevar a Malak. Podemos quedarnos allí hasta que nos llamen de Bilbao. ¿Qué os parece? Vacaciones tranquilas, playa, restaurante… ¿Suena bien verdad?

—Yo me puedo ir en el autobús –intervino Malak muy bajito— por mí no tenéis que molestaros. Bastantes complicaciones habéis tenido ya por mí.

Todos respiramos un instante meditando la respuesta para que no fuese demasiado rotunda. Por fin intervino Fatine.

—Querida mía. Creo que ninguno de los presentes consideramos que nos hayas complicado nada de nada. Es más, apostaría a que todos creemos a ciencia cierta que has sido una víctima en todo el asunto.

—Y te diría más —apostillé yo— estamos encantados de darte el mismo trato que a cualquiera nos hubiera gustado recibir en una situación similar.

—Por mi parte es una gran idea el ir juntos a Málaga —remató Diana—. Acabo de terminar un evento y puedo disponer de un par de semanas sin problemas. Creo que me lo he ganado y, acompañar a Malak es en efecto, lo que a cualquiera de nosotras nos hubiera apetecido en una situación similar.

Las tres convencidas de mi propuesta comenzaron a cuchichear sobre el tiempo en la costa en estos días hasta que por fin llegamos a casa.

Acomodé a Malak y a Fatine en la habitación de invitados, mostrando el resto del dúplex y poniendo cada espacio a su disposición. Frente al cuarto que ocuparon tenían un baño completo, y tras proveerlas de toallas, y una vez seguros Diana y yo de que nada podía faltarles a ambas, nos dispusimos a volver a casa de Di, para poner fin a la velada. De camino, la cazadora continuó con la puesta en marcha de un plan que, empezaba a no dejarme duda alguna.

—¿Te gusta la italiana?

La pregunta así, tan a bocajarro, sonó como el disparo de una recortada sobre el estómago.

—Brunella ha trabajado conmigo en otro tiempo —contesté—. ¿No estás celosa verdad?

—Para nada cariño, lo que estoy es dispuesta a cerrar contigo las cosas de manera que tengas claro que soy la única que te conviene.

Esta segunda andanada sonó como el silbido de un lanzacohetes antes del impacto, y luego, ¡booom!, la realidad por los aires proponiendo un futuro tan nuevo como incierto.

—Vaya Diana, eso es hablar sin rodeos.

Lo que vino después tampoco fue menor. Tras una sonora carcajada deslizó su mano hasta la cremallera de mi pantalón. Con una habilidad presa de la urgencia que provoca el deseo, hizo correr el cursor hasta abajo. Luego desabrocho mi cinturón y por último soltó el botón del  vaquero. Sin duda aquello era la antesala de lo que estaba por ocurrir cuando subiéramos hasta su piso. No le puse pegas al placer que se avecinaba.

De pronto un impacto brutal y el ronroneo del motor que se apagó de repente. Otro vehículo nos impactó tan violentamente, que el X4 giró sobre sí mismo hasta acabar contra unos cubos de basura. Mi primer instinto fue Diana que no respondía a mis zarandeos. El siguiente fue el  vehículo que nos había impactado. Entre la gente que aparecía de todos lados alguien dijo. “El otro coche venía sin luces. Ya no está. Marcha atrás se ha dado a la fuga”.

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