(T3) Tres manos, dos anillos -VI-

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Estoy intentando pensar en alguna encrucijada de la vida que se solucione sola, sin que una ponga remedio o actúe en algún u otro sentido. Puede ser que la haya, pero a mí no se me ocurre. Y si esto aplica para la generalidad de nuestras cosas cotidianas, en el amor, me temo, la aseveración es mucho más contundente.  ¿Vivimos más cómodos sin tomar decisiones, a pesar de que decidir pueda llevarnos al éxito?   ¿No es un poco infantil dejar que siga girando la ruleta sin apostar a rojo o negro, o es una forma de seguir presente en el juego sin correr riesgos? ¿Y hasta cuándo es lícito vivir sin elegir? ¿Hasta que la ruleta pare y la bola deje de girar? En el amor, no valen las dudas eternas y lo único que está claro es que si uno no elige, otro elegirá por ti.

Los argumentos que me había dado Eme eran más de lo mismo: estoy atrapado en un matrimonio infeliz, todo lo hago por mi hija pero a quien quiero realmente es a ti. No es que no valorara lo que me estaba diciendo, sabía que sus razones eran sinceras. Pero al contrario de lo que pasó dos años atrás, me sentía incapaz de empatizar con él. Y eso a pesar de que mi cuerpo se sentía atraído por aquel hombre de una forma animal, a pesar de que lo miraba esperar mi respuesta a su alegato, reclinado en su silla con esa gestualidad tan refinada y tan suya, que sólo me apetecía hundir mi cabeza en su cuello y dejarme querer. Los minutos pasaban y decidí pronunciarme:

—Max —desde que había vuelto no me sentía capaz de llamarlo de ninguna otra manera—, con el riesgo de que no me entiendas o de que pueda molestarte lo que voy a decirte, necesito ser sincera contigo.

Hice una pausa para tomar aliento, lo que iba a decirle era delicado y quería encontrar las palabras apropiadas para expresarme con precisión. Él esperaba atento y diría que hasta un poco sorprendido.

—Respeto tu decisión, por supuesto. Pero no intentes hacerme ver que es la única opción posible.

Eme protestó y tuvo la intención de interrumpirme, pero le pedí con un gesto de mi mano que me dejara acabar.

—Como te digo es tu decisión y no se me ocurriría forzarte a tomar ninguna otra. Pero tus preocupaciones no son distintas de las de muchas parejas. Si me dices que tu matrimonio no funciona, para mí la única salida es el divorcio. Si me dices que no te divorcias por tu hija, te digo que es un error. Tu hija se está criando en una familia donde no hay cariño, caricias, risas ni besos. Va a crecer creyendo que ese patrón es el normal. Yo no creo que eso sea actuar en su beneficio. Pero insistes es que no puedes divorciarte por ella.

Eme se revolvió incómodo. Estaba claro que no esperaba esto.

—Dejémonos ya de eufemismos —continué— y a partir de ahora, a eso que tú llamas «cambiar de vida» o «poner fin a esta situación», llamémoslo divorcio. No serías el único divorciado de España que tiene hijos, por si no te has dado cuenta. Y apuesto mi mano derecha a que ningún hijo de un matrimonio sano que simplemente ha dejado de quererse quiera que sus padres se divorcien. No me puedes dar ese argumento cuando yo misma soy madre divorciada, tengo amigas divorciadas y vueltas a casar y un exmarido que ha vuelto a casarse y va a volver a ser padre.

Eme abrió mucho los ojos y recordé que él no sabía nada de este asunto. Aproveché el golpe de efecto para coger un cigarrillo del paquete de tabaco que Eme tenía sobre la mesa y lo encendí.

—Así que lo siento, no es que dude de que tu vida sea complicada, seguro que lo es, pero no es más complicada que la mía. Tú no quieres más a tu hija de lo que yo quiero a los míos y tu situación no es más extrema de lo que puede ser la de cualquiera. Sólo que es la tuya.

—Salomé —me interrumpió Eme—, yo no he querido decir eso.

—Por favor, déjame acabar. Me has pedido que decida qué quiero hacer y estoy argumentando mi decisión.

Eme se encendió otro cigarrillo.

—Cuando uno no es feliz en su vida, lo valiente y lo consecuente es cambiarla. Y si lo que no funciona es el matrimonio, la única salida es el divorcio. Lo que nosotros vivimos hace dos años no es sostenible como forma de vida. Puede ser hasta normal en un periodo de transición, puede ser que haga falta para que uno se dé cuenta de que su vida como la concebía hasta entonces, está acabada. Pero no se puede vivir así continuamente. No es justo. Ni para ti ni para mí, ni para tu mujer. Eres un cobarde.

Eme levantó la mirada que tenía agachada desde que había hablado de injusticia.

—No lo digo como un insulto —le aclaré—, pero es como se llama a lo que quieres hacer. Quieres ser feliz en pequeñas dosis, manteniendo contentos a todos. Puede que a tu mujer le baste tener un marido a medias, pero a mí desde luego ya no me satisface tener un amante a medias.

Eme volvió a bajar la mirada. Sabía a lo que conducía mi discurso y no le gustaba.

—Sólo te doy la razón en algo que has dicho. Sé que no voy a querer a nadie como te he querido a ti. Y lo sé porque en este año he tenido una relación que podía haber sido maravillosa, si no hubieras existido tú antes.

Ahora sí que había sorprendido a Eme.

—¿Has tenido otra relación? —me lo preguntó casi enfadado y sólo pude echarme a reír.

—¿Quieres decirme que tú  no te has acostado con tu mujer en este año?

Mi cinismo lo tenía descolocado. Se pasó la mano por el pelo, estaba muy incómodo. Había llegado el momento de terminar la charla y sentenciar.

—Si quieres seguir viéndome tendrá que ser como una amiga. En tus circunstancias, no puedo darte más —me miraba sin dar crédito, estaba claro que no contaba con que me hubiera vuelto tan dura—. Piensa qué quieres hacer, ¿de acuerdo? No lo decidas ahora.

Me incliné hacia él y le di un beso breve en los labios antes de levantarme y dejarlo allí petrificado. En el fondo, yo tampoco quería aceptar que aquélla pudiera ser la última vez que lo veía. Marcharme antes de tener de su respuesta era seguir manteniendo una puerta abierta para nosotros.

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