(t3) Tomando decisiones -IV-

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En la vida, hay tantas cosas que tenemos que aprender a base de equivocarnos… Quizás sea la única forma de aprendizaje posible: ensayo-error. La tenacidad se convierte así en una cualidad positiva, intentarlo hasta que lo consigas. Probablemente todo el mundo alabe tu tesón en cualquier empresa que te propongas. En cualquiera, excepto en el amor. Segundas partes nunca fueron buenas, dice la sabiduría popular, y todo esfuerzo que pongamos en esa dirección va a ser condenado al fracaso desde el mismo momento de su inicio. ¿Cuánto hay de pesimismo en esa actitud y cuánto de orgullo? ¿Podría ser que volver a intentar que una relación funcione estuviera mal visto porque a la que vuelve a exponer su corazón se le presuponga poca autoestima? ¿Estamos esperando un nuevo fracaso para decir “ya te lo avisé”? ¿Por qué no podemos ser optimistas, en lo que a segundas oportunidades se refiere?

Me planté delante de Eme aún sin haber decidido si mostrarme enfadada o deliberadamente indolente. Supongo que me leyó el desconcierto nervioso en la cara, porque se apresuró a saludarme cariñosamente, pero sin exponerse demasiado:

—Hola, princesa. ¿Cómo vas?

Me encogí de hombros por toda respuesta y nos quedamos mirando un buen rato, tratando de adivinar las intenciones del otro, o quizás esperando que las vibraciones de nuestros cuerpos nos aclararan si estábamos en son de paz o si se avecinaba tormenta. Al final, pregunté:

—¿A qué has venido?

Eme soltó una risa burlona, me pareció, sacando un cigarrillo de su paquete de tabaco y ofreciéndome a mí uno, que no acepté.

—¿A qué crees que he venido, Salomé? Pues a verte. Ya te dije que no puedo dejar de pensar en ti.

Me derretían sus palabras. Por dios, había deseado tanto escucharlas, había soñado tanto con volver a tenerlo frente a mí diciendo que me quería, que mi corazón era incapaz de mantener la guardia alerta.

—Ya te dije la otra noche que eso no era suficiente —le dije muy seria, manteniendo los brazos cruzados delante del pecho.

Eme se encendió el cigarro despacio, expulsando el humo de su calada prácticamente al responderme:

—¿Por qué te empeñas en darle tantas vueltas a las cosas? ¿Por qué no puedes dejarte llevar y ya está?

Su pregunta me pareció un poco infantil o un poco ingenua, sin tener que ser necesariamente sinónimos lo uno de lo otro.

—Pues porque las cosas no funcionan así. Yo no funciono así —remarqué—. Necesito una estabilidad, saber con qué puedo contar, tener una relación que no tenga que mantener a escondidas, ni robándole tiempo al trabajo para poder verte media hora a la semana. No es tan difícil de entender, joder.

—Ahora sería diferente. Tengo más tiempo para pasar contigo.

—Ya, mientras tu mujer siga en Nueva York. Y eso, ¿cuánto va a durar? —Eme me sostenía la mirada—, ¿qué va a pasar luego? ¿Otra vez esperas que te vea coger un avión y que me quede esperándote?

—Yo no he dicho eso. No lo tengo todo calculado. Sólo sé que he vuelto y que no quiero dejar de verte. Te necesito.

Tenía que intentar mantenerme fuerte para seguir rechazándole. Miré hacia la cafetería, desde donde mis amigas seguían nuestra conversación sin ninguna intención de disimular que nos miraban atentas.

—No somos niños, Max. No podemos actuar por impulsos.

—Creía que de eso era de lo que se trataba nuestro amor. De dejarnos llevar por los sentimientos sin pensar en nada más —me reprochó.

Me quedé callada. Verdaderamente, lo nuestro había sido único. Nos habíamos amado de una forma tan apasionada que no me extrañaba que hubiésemos acabado con toda la locura disponible para nosotros. Eme alargó la mano hacia mí y me tomó por el cinturón de mi pantalón vaquero, atrayéndome hacia él. Di dos pasos cautos, pero sin oponer resistencia.

—Vámonos —me susurró cuando me tuvo lo bastante cerca.

—¿A dónde?

—Adonde sea. Un rato, tú y yo.

—No puedo. Recojo a los niños en apenas veinte minutos.

—Pídele a tus amigas que se encarguen —me pidió Eme.

—No eres santo de su devoción, ¿lo sabías? No creo que quieran hacerme el favor para que yo esté contigo.

Eme acercó su boca a la mía, pasando sus labios entreabiertos por la comisura de los míos. Noté su aliento caliente y mi cuerpo reaccionó.

—Vamos, princesa, escapémonos —insistió.

No pude resistirme.

—Dame dos minutos —le dije, volviendo a la cafetería a enfrentarme con mis tres amigas.

Aquella mesa parecía un funeral. No las había visto con el semblante tan serio desde hacía mucho.

—¿Te vas con él? —me soltó Mariluz a bocajarro, mientras yo recogía mi abrigo y el bolso.

—¿Podéis encargaros de recoger a mis hijos del inglés y quedaros con ellos una hora o así?

Mariluz bajó la mirada, estaba claro que para eso no podía contar con ella. Diana me miraba desafiante, tampoco la cazadora aprobaba mi decisión, aunque jamás me lo reconocería.

—Ya me encargo yo, Salo —se ofreció Emi—, no te preocupes, no tengas prisa, pueden quedarse a cenar, si lo necesitas.

Mi amiga la loca del Tinder parecía ser la única que tenía el estado de ánimo predispuesto para el amor. Le di un beso en la mejilla al salir y me despedí con algo de vergüenza de las otras dos. No en vano habían invertido mucho tiempo en sacarme del pozo donde el hombre que me esperaba fuera me había dejado hacía un año. Pero una nunca aprende si no es equivocándose, y yo era de la opinión de que era mejor jugar y equivocarse que quedarse eternamente con la duda.

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