(T3) Smith & Wesson -III-

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Aquella extraña sensación del olor al perfume de Brunella me mantuvo inquieto toda la noche. Di demasiadas vueltas en la cama, acaso buscando su cuerpo de vestal romana que nos había abandonado con la última gota de champagne, y tal vez atravesado por un mal presentimiento respecto del día siguiente. Ese sexto sentido que se desarrolla en este oficio frente a los peligros encendió mi luz de alerta mucho antes de que amaneciera.

A las 6 am. le mandé a Brunella un WhatsApp. “¿Puedes venir a las 7,30 a desayunar conmigo? Te espero en el comedor del hotel. ¡Ah!, necesito un favor. ¿Podrías traerme una pistola?” Su respuesta fue un escueto “Ok”.

Creo que todas las mujeres son capaces de aparecer rozagantes, aunque hayan dormido apenas 5 horas, si la ocasión lo requiere. Aquella chica dura, segura de sí misma y de poderosa belleza, entró en el comedor apenas ocupado por una docena de personas, como si estuviera pasando un modelo de Gianni Versace. Rumbo a la mesa en la que yo esperaba, pasó junto a un camarero, y le pidió algo que enseguida comprendí cuando éste nos trajo una jarra de zumo de naranja con dos vasos.

—Buongiorno.

—Hola compañera. ¿Cómo has dormido?

—Sabes que mal. La cosa no terminó de la manera prevista. ¿Y tú?

—Mal también. Tengo un extraño presentimiento. Me vine sin la pistola, en la seguridad de que Italia es un sitio mucho menos peligroso que la última vez que la compartí contigo, y sin embargo, créeme que me siento esta mañana un poco desnudo sin ella.

Se bebió uno de los vasos que nos había servido el camarero, y mientras  lo rellenaba de nuevo me preguntó sin levantar los ojos del vaso.

—¿Tienes algún indicio, algo que justifique una sospecha?

—La verdad es que no —respondí lánguidamente.

—¿Entonces?

Ahora sí me miraba muy fijamente. Clavaba sus ojos verdes en los míos como queriendo escudriñar en su interior.

—Entonces no lo sé Brunella.

Pensé que se acordaba de Aitor en calzoncillos, porque prorrumpió en carcajadas.

—¿No te estarás haciendo viejo verdad? No lo aparentas.

—No vas a conseguir picarme monada. Podría demostrarte que sigo como en mis mejores tiempos.

—¿Cuándo? —preguntó guiñando un ojo.

—Touché. Casi has conseguido darme jaque mate. He quedado con Aitor a las 8, y no suele ser impuntual. Preferiría que no te viese aquí. No quiero ni que se asuste, ni que se sienta incómodo. ¿Has traído eso?

Brunella descolgó su bandolera del respaldo de la silla y la puso sobre la mesa. De su interior sacó una bolsa de plástico que contenía algo y me lo alargó.

—Es un Revólver Smith & Wesson M&P Bodyguard del 38. Tienes 6 balas en el tambor. Espero que no necesites ninguna.

—Gracias compañera. De todo corazón.

—No me las des. Te pienso cobrar cada uno de los 168 milímetros que mide.

Intuí cómo se pensaba resarcir del préstamo y seguí su juego.

—Te devolveré tus 168 milímetros, y alguno más en concepto de intereses.

Me resultó divertido ver a la imponente policía, a la bella Brunella ruborizarse levemente y levantarse con precipitación.

—Ya ajustaremos cuentas —me dijo a modo de despedida.

Salió del salón con el mismo paso firme con el que había entrado minutos antes, aunque yo sabía que ahora no se marchaba ni mucho menos tan fría como cuando llegó.

Al poco entró Aitor en el salón. Se sentó en la misma silla que había ocupado Brunella y apretó los labios con cara de fastidio.

—Buenos días sevillano. ¿Te tomas los vasos de zumo de dos en dos?

La pregunta me pilló completamente desprevenido. Antes que titubear preferí responder con otra pregunta.

—Tienes cara de no haber dormido bien tú tampoco.

—Es que nos han cambiado el lugar de la cita. Me acaban de llamar para decirme que nos veríamos aquí mismo, en Roma. Un coche pasará a por nosotros en media hora.

Me eché hacia atrás sobre la silla, y puse mi mano derecha sobre el asiento de la silla de al lado en la que descansaba el revólver envuelto en la bolsa. Su tacto de metal frío a través del plástico me aclaró las cosas.

—No vas a ir a ningún sitio. Estoy aquí contigo para protegerte y, estas cosas no se hacen así. Nadie cambia una cita de esta manera te lo aseguro.

Aitor palideció. Vi el miedo reflejado en sus pupilas, el mismo miedo que la noche anterior mientras escuchaba el relato de Brunella pero agigantado.

—¿Qué sugieres?

—Voy a llamar a Brunella y te vas a ir con ella. Con nadie vas a estar más seguro que a su lado. Cuando venga el coche yo lo estaré esperando. Diré que te has indispuesto y que aplazamos la reunión hasta la tarde si te has mejorado. Así ganaremos unas horas y tendremos tiempo de buscar la mejor solución.

—¿Qué es lo que pretendes evitar?

—No lo sé. Tal vez que te secuestren.

Yo sabía que Brunella no podía andar muy lejos. En menos de diez minutos entraba de nuevo en el comedor y se sentaba en la cuarta silla. Se sirvió de nuevo un vaso de zumo de naranja y lo hizo desaparecer de un trago. Aitor la miró y pareció comprender la propiedad del vaso vacío a su llegada.

—Luego me pasas la matrícula del coche. Vamos a saber enseguida de qué va todo esto. Quizás siga teniendo que aprender mucho de ti comisario.

No me molesté en aclarar mi condición de policía en excedencia. Ahora no tocaban esas cosas. Salieron del salón.

A las 8,29 esperaba tras la puerta principal del hotel viendo sin ser visto. Un minuto después paraba en el exterior un Mercedes Clase C Sedan azul diplomático y con las lunas tintadas. Del lado del acompañante se bajó un tipo robusto y embutido en un traje de un azul muy similar al del coche. Entró en el hall del hotel buscando a Aitor. Apenas cruzó el umbral de la puerta intercepté su rumbo. Eran ellos.

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