(t3) ¿Se puede ser optimista a los 40? -I-

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Nos pasamos media vida intentando alcanzar aquello que creemos que nos hará felices. Primero queremos unos estudios o una profesión, luego una pareja, una familia, un hogar. Pero cuando en mitad de nuestra vida hemos conseguido todo eso y podemos por fin relajarnos para disfrutar de lo que con tantos años de esfuerzo y dedicación hemos logrado, a veces, una tuerce el gesto. Levanta la cabeza, mira hacia atrás, mira también hacia el futuro y, probablemente sólo después de muchas noches de insomnio, madure la idea de que no es eso lo que quiere. La vida es demasiado breve como para no ser plenamente feliz cada día y las personas evolucionamos por caminos diferentes a lo largo de los años. Es comprensible que la pareja que elegimos veinte años atrás deje de hacernos felices hoy. Cada vez son más las valientes que se atreven a decidir poner punto y final. Sin más motivos que no estar satisfechas. No se necesita más para acabar una relación. Cuando uno de los dos deja de querer, lo más sano, lo más honesto, es terminar.  Y tratar de recuperar la felicidad. Pero, cuando se ha fracasado demasiadas veces, ¿se puede seguir siendo optimista? ¿Cómo seguir adelante cuando el amor no lo puede todo? ¿Hay que abandonar la esperanza cuando la realidad te estalla en las narices?

Miraba a Eme respirar profundamente en mi cama, fumándome un cigarrillo en el balcón del dormitorio. Eran las cinco de la mañana y habíamos pasado las seis últimas horas calmándonos la sed que un año de separación nos había provocado.  Apoyada sobre la barandilla, envuelta sólo por mi rebeca de lana, sabía que debería estar rebosante de felicidad. El hombre al que amaba había vuelto de Nueva York y había venido a buscarme. Pero no era así. Me asaltaban todas las preguntas que no había necesitado en el instante de volver a vernos. ¿Y ahora qué? ¿Significaba su vuelta que había dejado a su mujer? ¿Era simplemente una visita temporal? ¿De cuánto tiempo estábamos hablando? Ahora se me había pasado la borrachera de amor y la resaca me traía muchísima incertidumbre. Y me dolía volver a estar así.

Había sido capaz de sobrevivir a mi divorcio, me había enamorado de un hombre casado del que no había podido conseguir su total entrega y había invertido el último año intentando superar el hecho de que se marchara a Estados Unidos junto a su mujer y a su hija. Y ahora lo tenía de nuevo en mis sábanas y lo que era peor, en mi vida. Miré el cigarrillo que tenía entre los dedos. Se había consumido con el frío de la madrugada. Encendí otro. Mientras miraba el humo desvanecerse y perderse en la noche, me sentí absurda. Me fastidiaba haber necesitado su abrazo y sus caricias y sus besos de una forma tan salvaje que me hubiera hecho bajar todas las defensas. Me había entregado incondicionalmente, había capitulado sin siquiera saber a qué me exponía ni cuáles eran las condiciones de su regreso. Me giré sobre mí misma en el balcón y miré hacia la calle. Joder, ¿cuándo iba a aprender a ser menos sentimental? Ni siquiera dudé por un segundo en lanzarme a sus brazos. ¿Qué clase de mujer madura y responsable actúa de esa forma después de un abandono como el que él protagonizó? Me sentí fácil y ridícula. O quizás sólo estaba demasiado enamorada y lo había echado tan dolorosamente de menos que cuando lo vi en mi portal me abandonó el orgullo. No lo sabría nunca.

—¿Qué estás haciendo ahí? —escuché a Eme a mi espalda, y me giré sonriéndole—. Vuelve a la cama, vas a congelarte.

Entré en la habitación sin cerrar el balcón y me senté a su lado. Eme me quitó el cigarrillo de la mano y le dio una calada. Dios, me encantaba su forma de fumar. Me lo devolvió, y metió su mano dentro de mi rebeca, acariciando mi vientre desnudo y mis pezones, erectos por el frío.

—Necesito hacerte algunas preguntas —le dije, lentamente, sopesando cada una de mis palabras.

Eme se acomodó sobre los almohadones, y esbozó lo que a mí me pareció una sonrisa.

—Ya estás dándole vueltas a esa cabecita, ¿no es eso?

Su tono paternalista me molestó.

—Entenderás que no puedes aparecer aquí un año después de haberte ido y no dar ningún tipo de explicación —le reproché.

—Ya te las di en su momento, Salomé.

—De por qué te ibas,  no de por qué vuelves.

Él suspiró. Entonces lo vi claro. Nada había cambiado.

—Qué idiota he sido, he vuelto a creerme que me habías elegido a mí.

—Salomé por favor, no empieces. He vuelto y necesitaba verte.

—¿Dónde está tu mujer? —no pensaba rendirme, necesitaba respuestas.

Eme suspiró de nuevo, pero entendió que tenía que responder.

—En Nueva York. Sigue allí.

—¿Y tu hija?

—Se ha venido conmigo. Está ahora con mis padres. La recojo mañana.

—¿Por qué has vuelto?

—Hay asuntos de trabajo que me requieren.

—¿Cuánto tiempo vas a quedarte?

—Es difícil precisar.

—¿Cuánto tiempo, Max? —era la primera vez que llamaba a Eme por su nombre.

—Semanas, quizás un par de meses. Todo depende de cómo vaya el trabajo.

Me levanté de la cama. Por primera vez en la historia de mi relación con Eme tuve claro que no era eso lo que quería. No después del último año, no después de todo lo que había sufrido por él.

—No puedo volver a lo mismo —le expliqué con serenidad, vistiéndome con mi pijama de algodón holgado—. Supongo que lo entiendes.

Eme se levantó de la cama y comenzó a vestirse. Lo entendía perfectamente.

Me apoyé en el quicio de la puerta de mi habitación, esperando que terminara de abrocharse las zapatillas. Ni siquiera podía creerme lo calmada que me encontraba. Cuando pasó por mi lado, hacia la puerta del piso, me dio un ligero beso en los labios y me susurró, acariciándome la mejilla:

—Si crees que sólo he venido para acostarme contigo estás muy equivocada, pero entiendo que necesites tu tiempo. Descansa. Te llamaré.

Y con esa leve promesa salió de mi piso por segunda vez.

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