(t3) ¿Se puede ser amiga de tu ex? -X-

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Ex parejas y amistad. Queremos verlo todo tan normal que no ponemos límites. Queremos ir de modernas y asegurar que no nos va a afectar, pero la realidad es que ni somos tan despreocupadas, ni tan libertinas, y acabamos estrellándonos contra la pared, o agotando la reserva de kleenex de nuestra despensa y las de tila y tabaco de casa de nuestra amiga. En un mundo donde puedes salir con alguien sin tener sexo, follar sin salir con él o seguir siendo amiga de tu expareja después de dejar el sexo, ¿qué define una relación? ¿Se han relajado tanto las normas del juego o hemos abierto demasiado la mano? ¿Es un síntoma de modernidad que todas las relaciones sean válidas? ¿Ha dejado ya de haber un límite para lo admisible desde el único punto de vista del sentido común?

Carraspeé un poco para llamar la atención de mis dos amigas: Diana la despampanante y Emi la «Reina de Corazones». Ambas interrumpieron la conversación para mirarme.

—Bueno chicas, yo os dejo —dije pegándole un bocado al trozo de mi palmera de chocolate que no pensaba dejar en la mesa.

—¿Te vas? —preguntó Diana.

Yo evadí su mirada, pero si pensaba que iba a escaparme sin dar explicaciones lo llevaba claro. Asentí mientras masticaba.

—Pero si este fin de semana no tienes a los niños, ¿no? —preguntó Emi.

Me sentía como una mentirosa a punto de ser pillada, así que me andé sin rodeos y afronté lo que sabía que no iba a gustarles.

—He quedado con Eme para ir al cine —respondí, metiéndome otro trozo de palmera en la boca.

Se hizo el silencio.

Diana se balanceó sobre su silla hacia atrás para poder alcanzar la puerta con la mirada y enarcó las cejas. Yo miré con ella. El coche de Eme esperaba fuera.

—¿Has quedado con él? —insistió Emilia más inocentemente—. Pero si ayer me dijiste que no ibas a volver a lo mismo, que no estabas dispuesta, que él no iba a dejar a su mujer.

—Ya lo sé, Emi. Y sigue siendo así. Sólo vamos al cine.

—¿Qué sois? —preguntó Diana con mucho más veneno—, ¿amigos o algo así?

—Bueno —me justifiqué—, siempre hemos disfrutado estando juntos, así que ahora sin presiones, puede que hasta nos divirtamos.

Acabé con el último trozo de palmera haciéndome la desinteresada. Diana me miraba abriendo mucho los ojos.

—Te estás planteando acostarte con él.

—¡No! —me defendí.

—¡Has dudado! —dijo Emi con un dedo acusador apuntándome.

—¡Joder, estaba tragando! —me excusé—. Casi me atraganto.

Terminé de masticar y me colgué el bolso.

—No os preocupéis chicas, de verdad, estaré bien. Y vosotras mantenedme al tanto de lo que acordéis. No me dejéis al margen de esto, por favor.

Les di besos y salí afuera. Sin poder evitarlo, me hacía feliz volver a ver a Eme. Crucé la calle de dos saltos, arropándome dentro de mi abrigo, y me subí a su coche. Cuando cerré la puerta y lo miré, me di cuenta de que no sabía cómo saludarle. ¿Le daba dos besos? Me parecía ridículo. ¿Nada? Tampoco era lo apropiado para una relación como la nuestra. Eme me miraba sin decir nada, imagino que esperando que yo moviera ficha, pero como seguía tratando de encontrar el saludo que más conviniera a nuestra nueva relación, él tomó la iniciativa, dándome un sólo beso en la mejilla. Y bueno, no estaba mal. Un beso fraternal, de amistad, de cariño, que dejaba bien claro los nuevos límites entre nosotros. Sí, no había estado mal. Le sonreí abiertamente y le di entonces las buenas tardes.

—¿Quieres que cenemos antes? —me preguntó.

—Acabo de merendar —le respondí.

Él se echó a reír.

—¿En serio meriendas?

—Claro que meriendo. ¿Acaso tú no? —le respondí bajando la ventanilla y encendiéndome un cigarro.

—¿La merienda no es para los chiquillos? —preguntó mientras me quitaba el cigarro de las manos, le daba una calada y me lo devolvía con la boquilla húmeda.

Uff. Ser sólo amiga de Eme no iba a ser nada fácil.

—Si estás jugando a seducirme y a ponerme a prueba de lo que soy capaz de aguantar a tu lado, déjame decirte que pierdes el tiempo —atajé sin rodeos.

Él se hizo el ofendido.

—Por favor, Salomé. Pensaba que había confianza entre nosotros como para compartir un cigarrillo. No estés a la defensiva. Prometo que me portaré bien —dijo con un poco de sorna, levantando su mano derecha.

Miré hacia delante y le di otra calada al cigarro.

—No sé qué me da más miedo.

El semáforo se puso rojo y Eme me miró directamente a los ojos.

—Vamos, confía en mí. Prometo que voy a respetar tu decisión.

Y en aquel momento, volví a sentir una punzada de dolor. Porque no era lo que yo quería. Yo no quería que me respetara, quería que me cogiera en sus brazos y me abrazara fuerte, que me dijera que nunca iba a separarse de mí, que me hiciera el amor como habíamos hecho tantas veces, loca y apasionadamente. Pero sólo pude decir:

—De acuerdo. Confío en ti. Seamos amigos.

El semáforo se puso verde y volvimos a ponernos en marcha. Transcurrieron unos segundos sin cruzar palabra, pero luego Eme se puso a hablarme de la película que íbamos a ver, de su director, que era el mismo que rodó aquélla no se qué otra, y decidí disfrutar de la tarde. Cuando llegamos a la cola de las taquillas, yo casi me había convencido de que lograría acostumbrarme a mirarlo como un inocente amigo. Entonces, Eme se colocó muy cerca de mí y me dijo al oído.

—Ser tu amigo también me permite decirte que estás preciosa, y que si me dejaras, te metería ahora mismo la mano por debajo del vestido hasta que me pidieras a gritos que me colocara entre tus piernas.

Me eché a reír y le golpeé con mi bolso de mano en el brazo.

—No lo estropees —le advertí, con una sonrisa.

Él se llevó ambas manos al pecho y bajó la cabeza, fingiendo que imploraba mi perdón. Ambos sabíamos que me había alegrado la noche.

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