(t3) palabras, palabras, palabras -VIII-

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En lo referente a las decisiones trascendentales, supongo que en la vida hay dos tipos de personas: las que dudan y las que no. Así de simple. Las que optan por una de las posibles alternativas con relativa rapidez y las que necesitamos darle vueltas y más vueltas hasta marearnos con todas las posibilidades que se abren. Y aún iría más allá: las que no se toman ni un segundo en mirar atrás, una vez que han decidido, y las que nos pasamos los siguientes tres meses medio taciturnas, afectadas por la duda de si habremos hecho lo correcto. A la hora de tomar decisiones, ¿habéis tenido alguna vez la sensación de que sois unas mojigatas? ¿Es normal a nuestra edad seguir siendo tan inseguras? ¿No deberíamos haber adquirido ya una cierta experiencia resolutoria de conflictos? Algo así como un savoir faire que nos permitiera seguir adelante sin tanta tribulación de por medio. La que es compulsiva con las dudas, ¿tiene alguna esperanza de curarse con el tiempo?

Emi lo tenía claro.

—No voy a tener otro hijo, Salomé —me dijo bajando  mucho la voz—, pero no tengo ni idea de cómo se hace eso. Abortar me puede salir por un pico. Tengo unos ahorros, pero no puedo cogerlos sin que Paco se dé cuenta. A no ser que le haga partícipe de la historia.

En este momento, me clavó la mirada, que hasta entonces había vagabundeado por los muebles de la cocina. Más que pensar en voz alta, mi amiga me hacía partícipe de todo lo que se le había pasado por la cabeza desde que conoció la noticia. Yo no podía ir tan rápido.

—Dame un minuto, Emi. Por favor, no puedo pensar con claridad.

Me senté en una de las sillas de la cocina y me encendí otro cigarrillo.

—¿Desde cuándo lo sabes? —quise saber.

—Hará un par de semanas —contestó ella.

¡Un par de semanas! Quince días sabiendo que estaba embarazada y sin decirnos ni pío. Automáticamente frené en seco ese pensamiento e intenté pensar como lo haría mi amiga Diana: sin juzgar. Pero es que no dejaba de sorprenderme la pasmosa frialdad con la que me hablaba de su problema, como la que tiene que cortarse el pelo o sacarse una muela. Quizás había tenido tiempo en estos quince días de hacerse a la idea. Pero para mí, una decisión de este calibre requería al menos una tragedia del nivel de Hamlet. Me bullía la cabeza con mil preguntas: ¿estaba segura de que no quería tenerlo? ¿de que no quería averiguar quién era el padre? ¿de que podría plantearse en este punto un cambio de vida? ¿de cómo lo iba a hacer? ¿dónde había que ir? ¿cuál era el procedimiento? ¿de cuánto tiempo disponía? ¿en qué consistía? ¡Madre mía! Yo estaba completamente abrumada y ella me miraba sin la más mínima expresión de angustia.

—Déjame que piense un poco, no vayas a tomar ninguna decisión precipitada, ni sola, por favor —le pedí a mi amiga.

—No voy a tener este niño, Salomé —se reafirmó—. Eso está más que decidido desde el principio.

—Por favor, ¿podemos organizarnos mañana para un café y lo hablamos tranquilamente? —insistí, a riesgo de parecer una activista antiabortista.

Mientras esperaba a mis hijos, le di un abrazo a Emi, que ella recibió encantada. A mí seguía quedándome la impresión de que me había afectado más la noticia que a ella. ¿Dónde había quedado esa Emi que vivía las historias de amor a través de sus amigas, incapaz de tomar decisiones? ¿Dónde estaba su resignación ante su matrimonio infeliz? No es que me pareciera mal que hubiera empezado a tomar las riendas de su vida, desde luego que no, pero es que me sorprendía darme cuenta de repente de lo mucho que había cambiado mi amiga en el último año. Los cambios tan bruscos nunca son permanentes,  ni obedecen a una maduración prolongada sobre situaciones con las que no estás a gusto, ni se corresponden con lo que somos en realidad. Eso era lo que me preocupaba.

Cuando bajé de casa de Emi, el taxi seguía a la espera. Mis hijos aplaudieron la ocurrencia, normalmente no cogíamos un taxi para volver de casa de Emi, y yo pasé los tres minutos que duró el viaje sin pronunciar palabra en el asiento de atrás. Pagué cuarenta y cinco euros por una carrera que no debía haberme costado más de seis, dándole las gracias al conductor por tan larga espera.

Cuando llegué a casa, los niños ya habían cenado y a mí la noticia del embarazo incógnito me había quitado el apetito. Miguel me pidió que le preparara una bolsa de agua caliente para la cama, hacía dos días que las había sacado del armario por primera vez en todo el invierno y ahora no quería pasar una noche sin ese rico calorcito en los pies. Así que los mandé a que se pusieran los pijamas y a que me esperaran dentro de la cama. Preparé el agua para las dos bolsas y los arropé, con el regusto de sentirme buena madre por un momento.

Me volví a la cocina a prepararme una infusión y a fumarme otro cigarro, a ver si me apaciguaba un poco los nervios. Sonó mi whatsapp. Era Eme.

«Te invito al cine mañana».

Otro que parecía tener las ideas claras. Era como si a mi alrededor, el mundo entero supiera perfectamente lo que quería hacer con su vida menos yo.

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