(t3) Países Bajos -XIX-

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Al abrirse las puertas del ascensor mi sorpresa fue mayúscula. La persona que menos podía imaginar, estaba en mi rellano esperando que llegase la cabina para marcharse. Era Nuria.

—Hola Nuria, ¿qué haces aquí?

Se echó en mis brazos entre sollozos fingidos.

—Estoy muy agobiada. Mi marido tendría que haber vuelto de su último viaje a Holanda hace una semana. Su teléfono está apagado. Los amigos con los que allí se relaciona, no saben nada de él tampoco. Ni un correo. Ni un WhatsApp. Ni una llamada. Nada. Él no es así. Es verdad que nuestro matrimonio no pasa por los mejores momentos pero, él siempre es muy considerado con estas cosas. Estoy desesperada.

—Pasa Nuria. Hablemos dentro.

—¡Vas a contar mi historia en lo que escribes? Te sigo sin perderme ni un solo capítulo. Llevas unos mesecitos…

Abrí la puerta y pasamos al salón. Invité a mi amiga de la Motilla a sentarse y le propuse una copa que aceptó. Mientras preparaba dos gin tonic, Malak bajó desde el cuarto de invitados. Sin duda me escuchó llegar.

—Estaba muy preocupada y no me podía dormir. ¿Cómo estás? ¿Y Diana?

Parecía no haber reparado en Nuria, aunque ella sin duda sí lo había hecho en ella, aunque no sabía bien si se trataba de Fatine o de Malak. Aclaré las cosas al dirigirme a ella por su nombre.

—Malak, cariño, estamos bien. Diana se ha llevado la peor parte. Tiene un golpe bastante fuerte en la cabeza, aunque se ha quedado hospitalizada sobre todo por precaución. En cuanto a mí, ya sabes. “Bicho malo nunca muere”.

Se acercó hasta mí y me abrazó. Fue entonces cuando reparó en que había alguien más.

—Buenas noches, por cierto. Disculpas por no haber dicho nada. Con el susto no me había dado ni cuenta.

—Buenas noches señorita. Ya sé quién eres. Lo sé todo de ti, y de Fatine, y de Diana.

Malak puso cara de extrañeza.

—¿Cómo es eso posible?

Nuria me interpeló con la mirada, y comprendió que tal vez no era buena idea poner sobre la mesa mis relatos del último tiempo. Enseguida mientras le daba un sorbo a la copa inventó un argumento.

—Por este hombre —dijo apuntándome con descaro con el dedo— pasan los caminos de mucha gente. Es buen amigo, y hablo con él a menudo. Me ha contado al menos por encima lo de Marruecos y, vaya si hay intensidad en cada cosa que le ha ido ocurriendo. De ti conozco lo del secuestro. Menuda situación.

—¿Nada más? —la pregunta de Malak estaba revestida de cierta angustia.

—Y nada menos. Lo tuyo es para escribir una novela.

—Ni te lo imaginas. ¿Y tú quién eres?

No imaginaba que Nuria entraría en el juego de esa forma, y que le soltaría a bocajarro un escueto —Soy Nuria.

—¿También le amas?

Aquella pregunta descolocó a la de La Motilla del todo.

—No exactamente. ¿Es que todas sus amigas tienen que enamorarse de él?

La conversación empezaba a incomodarme un poco, por lo que no tuve más remedio que intervenir.

—Nuria y yo somos amigos. En realidad lo soy de su marido desde antes de conocerla y, precisamente de él ha venido a hablarme.

Malak se relajó un poco y aceptó una tónica sin alcohol que le ofrecí.

Nos sentamos los tres y Nuria comenzó su relato, a sabiendas de que podía hablar sin tapujos del holandés errante.

—Pues verás, o mejor dicho, veréis. Como todos los meses, mi marido viajó hasta Holanda –miró a los ojos a Malak y aclaró—: Él es holandés. Se dedica a la exportación de aceite de oliva virgen extra, y de jamón de Huelva hasta los Países Bajos. Nos va muy bien, al margen de que no nos falta en casa el mejor aceite ni los ibéricos más exquisitos. Hace quince días se marchó para Ámsterdam como cada mes. Hablamos un par de veces durante la semana. Todo iba bien. Siempre las cosas allí van bien. Los holandeses tienen dinero y gusto por las cosas de calidad. Hace una semana que tendría que haber vuelto y no lo ha hecho.

Nuria paró un poco su relato para dar un sorbo de su copa. Desde luego que no estaba enamorada, pero la incertidumbre de quedarse sin la fuente de ingresos que le permitía una vida displicente, así, de buenas a primeras, le debía producir su natural dosis de angustia. Aproveché para ir atando cabos.

—¿Has comprobado las cuentas bancarias?

—En aquéllas en las que tengo acceso por supuesto. No ha habido ni un solo movimiento extraordinario, salvo los que yo he hecho desde aquí. Sé que él tenía alguna cuenta de uso privado pero, a esas cuentas no tengo acceso.

Me sorprendió la utilización del pretérito para referirse a las cuentas privativas. ¿Tenía?

—¿Qué te hace pensar que tenía cuentas que ya no tiene?

Nuria se quedó perpleja ante la pregunta.

—Es verdad. No debería hablar así. Es de mal augurio.

Sonó la melodía de mi móvil que estaba sobre la mesa auxiliar, y al iluminarse la pantalla apareció la foto de Fatine con su nombre. Nuria no dejó de mirar la pantalla mientras yo lo cogía para contestar, y no pudo evitar exclamar. —¡Qué guapa! Yo no esperaba la llamada a esas horas, o sí, no lo sé. El caso es que no me pareció muy natural y esperando lo peor pregunté.

—Hola Fatine. ¡Ocurre algo?

 

Imagen de Thomas C Rosenthal en Pixabay

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