(t3) Muy cerca de Lilliput -XII-

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La mayoría de las madres divorciadas disfruta de una faceta de su personalidad que las que siguen casadas y con hijos no pueden. Lo siento, es así de crudo, pero alguna ventaja tenía que tener divorciarse. Volvemos a recuperar el tiempo para nosotras. Eso que dentro del matrimonio es imposible de tener hasta que los hijos crecen, vuelve de repente a pertenecernos en el mismo momento de firmar el convenio. Tome usted, un fracaso matrimonial y algo de tiempo para dedicarse de nuevo, muchas gracias. Y yo me pregunto, ¿nos acostumbramos demasiado deprisa a ese tiempo que nos arrebató el primer hijo con su llegada al mundo? ¿No hacemos demasiado a menudo que la balanza descienda peligrosamente de nuestro lado, sin darnos cuenta de que al hacerlo, les arrebatamos parte de su tiempo a nuestros hijos? ¿Es posible que en ese momento, sea  la propia vida la que de un plumazo, nos haga ver que necesitan algo más de nuestra atención?

Cuando llegué al portal del edificio donde vivían exmarido y Maripossa aparqué en doble fila y me bajé apresurada. Mis hijos, obedientes, me esperaban detrás de la puerta de cristal, sentados en el descansillo con sus mochilas en los pies, aguardando mi llegada. Por primera vez en mucho tiempo, me dio un poco de lástima su situación. Que tuvieran que estar viviendo las miserias de sus padres, sus ritmos vertiginosos, y con sus vidas a cuestas dentro de una bolsa de lona.

Llamé con los nudillos a la puerta y se pusieron de pie de un salto. Ignacio pulsó el interruptor para abrir la puerta y los recibí con la más dulce de mis sonrisas. Sentí la fuerte necesidad de cuidar muchísimo de ellos. De camino al coche, les pregunté qué les apetecía hacer el resto de la tarde. Inspirada por el bizcocho de Diana, les sugerí que nos dedicáramos a hacer galletas de chocolate, que era lo que mejor se me daba dentro de la repostería. Por supuesto, el plan les pareció fabuloso.

Entramos en casa dejando las mochilas a un lado y metiéndonos directamente en faena. Mientras amasábamos, Miguel me preguntó:

—Mami, ¿cuánto tardará en nacer el hermanito?

La pregunta me pilló por sorpresa. Estaba claro que necesitaban hablar del tema.

—Pues no se sabe con exactitud. Nunca es igual. Pero digamos que pueden pasar muchas horas.

—Pero, ¿nacerá antes de irnos a dormir hoy? —insistió Miguel.

Ignacio, que siempre reprendía a su hermano cuando intuía que el tema podía incomodarme, permanecía callado y expectante.

—Pues, no lo sé con seguridad, pero es muy probable que si no ha nacido antes de que os vayáis a dormir, lo haga durante la noche.

—¿Por qué tarda tanto? —intervino Ignacio—. Papá ha salido corriendo como si fuera a nacer por el camino.

Ups. Reproches a la vista. La verdad es que para ser el tercer parto de Pedro, no le hubiera venido mal un poco de templanza. Ya tendría que saber que lo habitual no es que se te caigan en cinco minutos.

—Bueno —intenté echarle una mano—, el nacimiento de un bebé es algo muy complicado tanto para la madre como para el bebé. Lo mejor es que ambos estén en un hospital cuanto antes, para que así los médicos ayuden a que todo salga bien.

Ignacio me sonrió.

—Supongo que papá se habrá puesto un poco nervioso, también. ¿Estáis nerviosos vosotros?

Coloqué una lámina de papel de hornear en la bandeja del horno y fuimos colocando la masa de galletas juntos.

—Yo no —dijo Miguel—. Tengo ganas de ver qué carita tendrá. Maripossa dice que me va a dejar cogerlo.

—Yo un poco —reconoció Ignacio—. Ahora papá tendrá que estar más pendiente del bebé y de Maripossa y seguro que tendrá menos tiempo para nosotros.

Vaya, Ignacio ya era mayor para anticiparse a ciertas cosas. Anoté mentalmente hablar con exmarido del asunto.

—Bueno, en eso podéis echarle una mano vosotros. En realidad, un bebé duerme la mayor parte del tiempo. Miguel y tú podéis ayudar en el resto de tareas, como el baño o cambiarle el pañal.

Ignacio hizo un mohín de asco.

—No pienso hacer eso.

Nos echamos a reír. En ese momento volvió a sonar la campanita de whatsapp que le tenía asignada a Eme. Me había olvidado por completo de su propuesta. Terminamos de completar la tanda de galletas y metí la bandeja en el horno. Los niños pidieron permiso para ir a ver la tele mientras se hacían.

Hola princesa. 

¿No te apetece mi plan?

Le respondí explicándole la situación brevemente para que entendiera que esta noche me quedaba con los niños. Me respondió con un escueto «ok, entendido». Supuse que se había molestado, aunque nunca lo expresaría, él era bastante deficiente en esto de las emociones. Me hice un café mientras terminaban de hornearse las galletas y me senté en la cocina, absorta en mis pensamientos. De repente, un mensaje en el grupo de las chicas, de Mariluz.

Qué tal, chicas? Cómo lleváis la tarde?

Glup. ¿Alguien le había contado a nuestra sor ángela particular todo lo que estaba pasando? Decidí no pronunciarme sobre el asunto y simplemente hice mención al bebé que sí nacería, el de Pedro y Maripossa. Mariluz se mostró ilusionada. Le encantaban los bebés, aunque aquél fuera de mi exmarido y su novia, un bebé era capaz de ablandarla y pasar todo lo demás por alto.  Aproveché para preguntarle por cómo llevaba lo suyo con Josema y me alegré de saber que finalmente había accedido a que volviera a casa. Sabía que aún le tomaría algún tiempo recuperar la normalidad, pero estaba segura de sólo sería eso, cuestión de tiempo.

Sonó el timbre de la puerta. Qué raro. No esperaba a nadie. Pasé por delante de mis hijos, que me preguntaron cuánto quedaba para comernos las galletas. Abrí la puerta mirando mi reloj, y me quedé de piedra: el señor Eme y una niña de unos diez años.

—Muy buenas —dijo él exagerando el tono de confianza entre nosotros—. Como el plan era de niños, espero que no te importe que haya traído a Fabiola.

La niña me dedicó una tímida sonrisa y reaccioné, presentándome e invitándoles a pasar. Mis hijos levantaron la cabeza despistados ante la inesperada visita. Los presenté como unos amigos y anuncié «hora de sacar las galletas» para romper el hielo. Nacho y Miguel se levantaron de un salto y se dirigieron a la cocina. Mi peque se autoproclamó anfitrión, tenía un don natural para las relaciones sociales, preguntándole a Fabiola si le gustaban las galletas de chocolate y conduciéndola a la cocina. Aproveché el momento para recriminarle a Eme cómo se le ocurría presentarse sin avisar, ¡y mucho más con su hija! Eme me tomó por la barbilla y me dijo muy cerca:

—Porque eso es lo que hacen los amigos, y eso es lo que somos nosotros ahora, ¿no? Amigos.

Creo que ningún árbitro del mundo habría catalogado aquella jugada como juego limpio.

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