(t3) Me quiero más a mí que a ti -II-

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Idealizar. ¿No os pasado alguna vez que después de desear algo con todas vuestras fuerzas, cuando al final lo conseguís, resulta que la satisfacción no es tanta? Aplíquese esta regla a un nuevo modelito que habéis visto en la tienda, un dulce prohibitivo en la confitería de la esquina, un nuevo par de zapatos… Bueno no, dejemos fuera de esto a los zapatos. Y cambiémoslo por un amor recuperado. Cuando una se ha pasado tanto tiempo añorando de manera enfermiza el amor perdido, cuando ha invertido tantas lágrimas en olvidar y, de repente, un buen día, como si del premio gordo de la lotería se tratara, esa persona regresa, ¿no os habéis sentido algo decepcionadas? ¿Como si el dolor que causó con su ausencia hubiera superado a su propia existencia? ¿Puede ser que lo hubiéramos idealizado durante el tiempo que dejó de estar, como a un muerto, del que sólo se recuerda lo bueno? ¿O será que aunque creemos que lo seguimos queriendo, no nos hemos dado cuenta de que por el camino, ya hemos pasado página?

Algunas horas después de la salida de Eme sin pena ni gloria de mi piso, me despertó el telefonillo. Miré el reloj. Eran las ocho y media de la mañana de un domingo, ¿quién podía ser? Me levanté, me puse mi rebeca sobre el pijama y con el pelo revuelto me dirigí dando tumbos a la entrada.

—¿Quién es? —mi voz sonaba ronca y pastosa.

—¡Mamá! ¡Mamá! ¡Ábrenos! —tuve que separarme el auricular de la oreja.

Me eché a reír. Si estaban tan temprano en casa, eso quería decir que llevaban más de dos horas dando guerra. Pulsé el botón para abrir y esperé a que subieran apoyada en la puerta. El ascensor  se abrió y de él emergieron dos pequeños terremotos con ropa deportiva y zapatos nuevos. Mi amiga Diana les seguía con cara de pocos amigos, con un precioso modelito dominguero y un maquillaje perfecto. Los niños me abrazaron al entrar y se perdieron en el salón en busca de sus tablets. Diana me dio un abrazo largo y me susurró sin fuerzas:

—Eres mi heroína. No he podido aguantar ni un día completo. ¿No se supone que los niños se despiertan tarde?

—Tienen cogido el horario del cole. ¿Se han portado bien?

—Ah, querida, estupendamente —soltó su abrigo sobre una de las sillas del comedor—, son niños. Sólo que no estoy acostumbrada. ¿Me invitas a un expreso doble? Creo que me lo he ganado.

Nos metimos en la cocina e hice café. Durante un par de minutos no cruzamos palabra. Cuando le puse su taza por delante le pregunté:

—¿Por qué le has comprado ropa a los niños? No tenías que gastarte el dinero. Los podrías haber traído en pijama. Dime cuánto te has gastado que te pago ahora mismo.

Diana dio un sorbo largo, agarrando la taza con las dos manos, e ignorando lo que acababa de decirle me preguntó:

—¿Vas a contarme cómo te ha ido con Eme?

La pregunta me pilló por sorpresa. Abrí la boca y volví a cerrarla, decidiendo en una fracción de segundo que prefería evitar decir la verdad. Ya bastante avergonzada me sentía de mi fragilidad emocional.  Como si pudiera leerme la mente, Diana negó con la cabeza.

—A mí no puedes engañarme, Salo. Suéltalo ya.

Y entonces suspiré resignada y le confesé a mi amiga medio bruja todo lo que había pasado con pelos y señales: nuestro reencuentro apasionado y mi montaña rusa sentimental.

—¿Y cómo te sientes ahora? —quiso saber Diana.

—Pues extraña. Me he pasado el último año intentando convencerme de que tenía que olvidarme de Eme. Me he esforzado tanto en recuperar mi vida, Di, que por más que sienta un nudo en el estómago cuando lo veo, creo que me quiero más a mí que a él.

Lo dije sin mucho convencimiento, como la científica que apenas intuye el resultado de un experimento y esboza su primera hipótesis con más miedo y prudencia que convencimiento.

Diana seguía bebiendo su café, sin pronunciar palabra, hasta que tuve que reclamarle:

—Dime algo, amiga, carajo.

—¿Qué quieres que te diga? Que no va a ser fácil. Eme va a insistir. No pienso aconsejarte sobre lo que debes o no debes hacer. Sólo te alabo el gusto de anteponer tu integridad al corazón, no ya como mujer, sino como persona.

Suspiré hondo. Diana me conocía. Sabía que reforzarme diciendo que había hecho muy bien en reclamar mi terreno no tenía sentido, cuando las probabilidades de que acabara de nuevo en sus brazos eran tan altas.

—¿Qué tienes pensado hacer cuando vuelva a contactar contigo?

—No lo he pensado.

—Pues dale una vuelta, querida —me dijo poniéndose en pie y dirigiéndose a la salida—. Las mayores tonterías se cometen por no tener contempladas todas las posibilidades.

La acompañé a la puerta. La tita Di se colocó el abrigo reclamando besos de mis hijos. Ya en el rellano, le pregunté:

—¿Se puede saber dónde vas tan guapísima un domingo a estas horas?

—Aún no lo he decidido.

—¿Vas a llamar a tu poli?

—Mi poli está en Italia —dijo con algo de desdén—, pero mi agenda es larga.

Me tiró un beso antes de meterse en el ascensor. Anoté mentalmente dedicar una tarde no muy lejana a hacer que mi amiga me explicara cómo iba su relación.

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