(t3) Las tres en línea -VIII-

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Pasadas las 8 de la mañana una ambulancia nos dejaba en casa de Brunella en La Via del Fabbri Navali. Fatine cogida de mi cintura andaba con cierto aturdimiento con los últimos calmantes que le habían administrado antes de abandonar el INI. Entramos dando voces de saludo para saber si éramos los primeros en llegar, y en efecto, la casa estaba desierta a esa hora. Cuando Fatine comprendió a medias la situación acertó a preguntarme.

—¿Por qué nunca me has dicho que tenías una casa en Roma?

—Porque no la tengo. Esta casa es de una amiga. ¿A quién piensas que saludaba al entrar?

—No lo sé. ¿No era una broma tuya? Muy buena amiga tiene que ser para que te deje las llaves de su casa.

Ya había vivido con Diana algún episodio de posesión similar. Cuando los celos son absurdos y carentes de razones objetivas molestan especialmente, y si algo he aprendido es que nadie pertenece a nadie, aunque tampoco se puede prever su aparición, Llegan, y disparan a quemarropa al corazón del que los siente, y al cerebro del que los sufre.

—Es policía como lo era yo. Hemos compartido alguna misión en otro tiempo y nos hemos encontrado por casualidad en Roma. Yo he venido con Aitor y…

—¿Aitor? ¿Dónde está Aitor?

—Ayer se volvió para Bilbao. Es una larga historia que te contaré en otro momento.

Fatine se había sentado en el sofá de cuadros gigantes. Yo le pregunté solícito.

—¿Quieres echarte un poco? Supongo que Brunella tendrá café en la cocina. ¿Quieres uno?

—Se llama Brunella. Bonito nombre. Creo que me gustaría darme una ducha primero. Necesito sentirme limpia. ¿Me acompañas al baño?

—De acuerdo, déjame al menos que busque en la cocina y vaya poniendo una cafetera.

Al poco volví al salón con dos cafés Nespresso sobre una bandeja, con la una foto impresa sobre su plástico de la Fonatana di Trevi.

—Te duchas rápido y volvemos antes de que se enfríen, ¿te parece bien?

Desde su pequeño aturdimiento Fatine asintió con la cabeza. Ambos nos dirigimos  al aseo de la planta baja. Me pidió ayuda para desnudarse y entró en el plato de ducha.

—No me cierres la mampara; prefiero que estés pendiente de mí por si me mareo.

Tenía erosiones en los codos y un hematoma sobre la parte derecha de la cadera que se desplazaba hacia el glúteo, sin duda, fruto de la caída. No se quitó el vendaje de la cabeza siguiendo las indicaciones clínicas, y con todo, su cuerpo libre de ropa resultaba tan espléndido como siempre.

A mi espalda se abrió la puerta de la calle, y ocurrió justo lo que más incómodos podía hacernos sentir a los tres: Brunella entró canturreando y se quedó callada de pronto ante el cuadro que se desplegaba frente a sus ojos.

—Buen día —acertó a decir entre displicente y sorprendida estirando cada sílaba—. Es verdad que debe ser muy buena amiga… visto lo visto.

En pocos minutos era la segunda vez que me sentía objeto de posesión con la sutileza de las que no dicen nada y los dicen todo. Decidí cortar por lo sano un poco molesto.

—Hola Brunella, ¿qué tal tu noche? Si te refieres a que no es la primera vez que veo desnuda a Fatine, aciertas de pleno. A decir verdad he visto desnudas en mi vida a bastantes mujeres, y supongo que todas ellas habrán visto a lo largo de la suya desnudos a bastantes hombres.

Fatine medió con inteligencia.

—Cuando voy a España, solemos ir a la playa de Bolonia; es un sitio en el que todo el mundo se baña desnudo. Es un experto en Historia Antigua y allí, hay unas ruinas que me encantan y que conoce y explica perfectamente. ¿Las Ruinas de Baelo Claudio verdad?

Las palabras de Fatine neutralizaron toda la efervescente de la impresión de Brunella, y ésta volvió al momento con una toalla de baño y un pijama que ofreció amablemente. Se acababa de producir entre Fatine y ella, una alianza del mismo tipo de la que se estableció en su momento con Diana. Superado el punto de competición, había comprobado que el carácter de la mujer marroquí es capaz de hacer tribu de género con una facilidad pasmosa. Daba igual que la otra parte fuera española o italiana, ambas latinas de carácter posesivo, y yo, en la montaña rusa de la sorpresa una vez más.

Por fin los tres nos sentamos en el salón. Brunella trajo una taza más de café para ella y mientras daba muy lentamente vueltas al azúcar del fondo, comenzó con las preguntas rutinarias para completar el atestado al que sin duda, ya había tenido acceso durante la madrugada.

Fatine fue repitiendo los mismos datos que ya me había dado a mí. Cuando todo fue contado, y Brunella se disponía a llevar la bandeja con los servicios a la cocina sonó el tono de videollamada de mi móvil. La foto de Diana sonriente ocupaba toda la pantalla de mi teléfono. No se me ocurrió mejor manera de acceder a la llamada, que pidiendo a Brunella que se sentase a un lado y teniendo a Fatine del otro. De perdidos al río. Ya tenía a las tres en línea.

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