(t3) La pelota en mi tejado -V-

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Tanto en una ruptura sentimental como en una reconciliación, hay dos posturas: la activa o la pasiva. En el primer caso, el de la ruptura, o eres la que deja, o eres la dejada.  Y en el segundo, eres la que pide la segunda oportunidad o eres la que tiene que concederla. Si bien en el caso de la ruptura está bastante claro que la peor parte se la lleva el que es dejado, en el caso de las segundas oportunidades,  me surje la duda. ¿De qué lado preferirías estar? ¿Crees que es más fácil convencer de que se vuelva a empezar? ¿O estar en posición de decidir si dejas a un lado el orgullo y te arriesgas de nuevo a entregar tu corazón?

Apenas me subí al coche me invadió la sensación amarga de estar librando una batalla contra mi propia conciencia. Mi lado sensato me decía que lo que tenía que hacer era mandar a Eme al carajo y salir de allí pitando, cuando aún estaba a tiempo. Pero mi corazón parecía tener tanta necesidad de recibir su afecto, que doblegaba cualquier intento de raciocinio. Eme debió intuir mis tribulaciones, porque se apresuró a decir:

—No quiero que te sientas incómoda —hizo una pausa y luego sacó la llave del contacto—. Bájate, vamos a dar un paseo.

Salió del coche sin esperar mi respuesta. Yo me quedé descolocada, mirándolo mientras rodeaba la parte delantera del BMW y venía hacia el lado del copiloto. Abrió la puerta y me tendió la mano.

—Vamos.

Yo me mostraba aún reticente. ¿Un paseo? ¿Con Eme por mi barrio? Ahora la que no estaba segura era yo de querer arriesgarme a que me vieran mis conocidos con alguien que tenía la certeza de que antes o temprano iba a salir de mi vida.

—Vamos —insistió.

Decidí bajarme, aún un poco estupefacta. Eme me ofreció su brazo y me agarré a él más tranquila. Pasear del brazo de un hombre no necesariamente implicaba una relación a los ojos de los demás. Me sorprendió darme cuenta de que yo tuviera ese tipo de consideraciones, preocupada por el qué dirán y anoté mentalmente dedicarle más tarde un poco de tiempo en casa a reflexionar sobre el motivo de mi comportamiento. Echamos a andar en dirección al río. Eme me pidió que lo llevara a algún sitio donde poder charlar tranquilos y a mí se me ocurrió subir a la terraza del María Trifulca a tomar una cerveza. A esa hora indefinida entre la merienda y la cena aún debía de estar tranquila y poco concurrida y podríamos charlar sin ser vistos por la gente del barrio.

Una vez acomodados en una mesa junto a una de esas setas de calor, con la impresionante vista de la calle Betis a nuestra derecha y el Paseo Colón enfrente, Eme empezó a hablar.

—No creas que soy un insensible egoísta que no entiende lo que está pasando, Salomé. Entiendo tus recelos y hasta tu resentimiento —hablaba despacio, mirando al río, sincerándose con él mismo—.  Tampoco pretendo que comprendas los motivos de irme a Nueva York, son mis motivos en cualquier caso, y cada persona tiene tantas piezas que la hacen ser lo que es, que sólo con las que tú conoces no es posible que montes el puzzle para que tenga sentido. Ni siquiera lo tiene para muchos de los que me conocen mejor.

Le pegó un sorbo a su cerveza y me miró. Yo permanecía atenta a sus palabras, como una alumna que escucha al maestro, porque sabía que después de su discurso me tocaría intervenir a mí, y mucho me temía que mi intervención iba a ser la que decidiera el futuro de nuestra relación.

—Sé que lo que te ofrezco no es mucho. Y sé que te mereces mucho más. Te mereces una relación completa, como tú dices, alguien que pueda ofrecerte su vida. Y yo no soy esa persona. Desde que te conocí soy una persona con un compromiso, y no puedo decirte hasta cuándo va a durar ese compromiso. Es más, no puedo prometer que algún día vaya a ser capaz de romperlo. Mi vida no es fácil, aunque a ti te parezca que sí lo es. Y hay demasiado en juego. Me preocupa, como sabes, Fabiola por encima de todas las cosas. Y estoy dispuesto a sacrificarme yo por darle lo mejor a ella. Y si lo mejor para ella es estabilidad familiar, pues se lo daré.

Esbocé una sonrisa. Estaba claro. Eme y su cobardía. Intentando hacerme ver que nunca daría el paso de romper su matrimonio por el bienestar de su hija. Claro, así, ¿quién iba a ser la guapa que podía insistir sobre el tema, cuando haciéndolo parecería que quisieras hacer daño a una niña inocente?

—Pero también sabes que no tengo un matrimonio feliz —continuó—, lo nuestro es un matrimonio de conveniencia, se mantiene por otros motivos. Gloria lo sabe. Tú lo sabes.

Sonreí con tristeza. ¿Se suponía que debía alegrarme?

—Estoy enamorado de ti, Salomé —se inclinó hacia delante en su silla y me tomó de las manos.

Me puse alerta. En breve, Eme habría terminado de soltar su discurso y me tocaría a mí decir lo que pensaba.

—Enamorado como nunca —sentenció, mirándome fijamente a los ojos—, entiendo que necesites más, pero sé que lo que sientes por mí no lo vas a sentir por nadie, aunque te ofrezca todo el tiempo del mundo. Debes valorar si te merece más la pena una cosa o la otra.

Excepto por la última frase, un poco pretenciosa a mi juicio, no había habido argumentos nuevos. Solté mis manos de las suyas, carraspeé un poco y dediqué apenas un minuto a poner en orden mis pensamientos y lo que iba a responderle. Él volvió a reclinarse en su silla, cruzó las piernas y esperó paciente mi reacción. En aquel momento, se encendió el alumbrado público y el puente de Triana quedó bañado de luz a nuestros pies. El momento y el lugar no podían ser más románticos.

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