(T3) La noche más larga -XXI-

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Ambos bajamos del coche, y yo ocupé el espacio del piloto fingiendo mayor dolor del que en realidad sentía que no era poco. Nuria introdujo su cabeza por la ventanilla y estampó sus labios contra los míos, jugueteando con la punta de su legua sobre mis comisuras, en un último esfuerzo desesperado por el imposible que se le escapaba.

—Quiero que sepas que me dejas muy caliente.

—¿Más o menos que preocupada?

La respuesta destinada a cortarle el rollo hizo su efecto.

—No te apures hermosa, tienes juguetes para poner una tienda. Mañana te llamaré. Tengo que hacer algunas consultas primero.

Abrió la puerta de acceso al chalet y se me quedó mirando con cara de “esto no me puede estar pasando a mí”, mientras yo arrancaba rumbo a casa.

Por el camino intenté ordenar un poco ideas y acontecimientos. En un rato tendría entre otras cosas que organizar lo de Bilbao, posiblemente sin Diana, ya que el consejo médico habría de permitirle o no el viaje. Tendría que gestionar lo del coche. En el contrato del renting estaba incluido la sustitución en caso de siniestro o avería, por lo que salvo la gestión de la grúa, y avisar a primera hora para que fueran preparando otro, aquello no suponía la mayor de mis preocupaciones. Sin embargo tener una idea aproximada de las intenciones del Patrol  que nos había impactado, era un asunto para no dejar ni un cabo suelto. Me parecía que los colombianos de Roma, difícilmente podrían ubicarme en Sevilla, y mucho menos conocer mi coche ni mis planes de esta noche que, en realidad, habían surgido de manera no prevista con la cena en el Restaurante Sobretablas, ni la posterior salida a casa de Diana. Quedaban todavía dos opciones razonables, acaso tres, aunque la última era muy remota: Bien gente del Clan de Alí que estuviera al acecho, bien fruto de la casualidad, que habría dado lugar a un siniestro tal vez obra de algún desaprensivo que conducía un coche sin seguro, acaso sin carnet incluso, y la menos probable, dado que si entonces no ocurrió tanto tiempo después era muy raro, gente relacionada con el caso Osset, aquel me llevó a abandonar la policía.

Cuando llegué a casa, cierto rumor de claridad empezaba ya a percibirse en la zona de Sevilla Este. Aunque desvelado, habría sido un error intenta echarme siquiera un rato a descansar, de modo que me preparé uno de esos cafés cargados de los que hacían resucitar a un casi muerto, y con un chorro de leche fresca, me preparé unas galletas para desayunar; es una manera que nunca he abandonado desde la infancia. Luego me duché sin prisa, dejando que el agua corriera por mi espalda y por mi cara largamente, para acabar por vestirme y salir de nuevo rumbo al hospital.

Eran casi las ocho, y el cambio de turno convertía el Virgen del Rocío en un hervidero, un río de gente que entraba y salía por todos los accesos del mismo, que en ocasiones se paraban a dedicarse un instante al saludo, y que en otras ocasiones y desde lo taciturno de la deshora, se cruzaban formando parte de la masa humana, sin mayor gloria que la de haber salvado o ir a salvar en breve alguna vida.

Al entrar en la habitación, Diana y Fatine charlaban amistosamente, y su silencio inmediato y cómplice, me hizo suponer que yo estaba dentro de la conversación incluso antes, mucho antes de mi llegada al complejo hospitalario.

—Buenos días chicas. ¿Cómo estás Di? ¡Qué tal habéis dormido?

Me acerque hasta la cama y besé a Diana con mimo en la frente. Parecía todo una broma del destino, que se empeñaba en repetir escenas con diferentes personajes. Ella me sonrió con alegría en los ojos, y esperando el momento azorado de mi saludo a Fatine.

—Aquí nos tienes charlando, igual que dos amigas de toda la vida. Fatine es una mujer impactante.

—Digamos que ambas lo somos, cada una a su manera.

Tomé la mano de Fatine y besé su dorso de manera ceremoniosa.

—Gracias por quedarte esta noche con ella.

—Nada que agradecer. Ella lo habría hecho por mí, y tú seguro que por las dos en diferentes cuartos incluso, tienes madera de superhéroe.

Los tres reímos frente a la broma, que tenía en este caso mensaje oculto.

Por el pasillo se oía el rumor que precede a la llegada del equipo médico. La puerta se abrió, y aquel doctor al que un rato antes García y yo salvamos de un desagradable encuentro con los brutos padre e hijo, apareció como salido de un probador, sin cara de la guardia de 24 horas que en realidad estaba haciendo.

Con el alta vino la recomendación de reposo durante una par de días, y luego vida normal, de manera que en función de la prisa de Aitor, así podría venirse Diana hasta Bilbao conmigo, o tendría que permanecer en Sevilla hasta mi regreso.

Volvimos a casa los tres, y allí comenzó mi rueda de gestiones.

En la BMW solamente me pidieron que alguien en la comisaría les esperase con instrucciones para la grúa, y que en cuanto yo quisiera, podría pasar a recoger el coche de sustitución. Que lamentaban no disponer en el momento de un X4, pero que a cambio me ofrecían un X6 Full Equip. Ningún problema.

Llamé a la oficina de Aitor, y su secretaria me informó de que los holandeses no habían confirmado todavía la llegada, aunque ésta sería inminente. Aquellos holandeses me recordaron al marido de Nuria, el holandés errante del que no sabíamos el motivo de su desaparición.

Llamé al comisario García con idea de ir por la central a resolver lo del coche, y a hacer alguna pregunta sobre los puentes con Holanda en materia de tráfico de drogas, y su escueta conversación me dejo preocupado.

—Tengo cosas que contarte del Patrol —me dijo—, vente por aquí que tenemos que hablar.

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