(t3) Ironías del destino -XVI-

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Dicen que los accidentes de coche se quedan guardados en el disco duro de la memoria para siempre. Tras el impacto, se suceden unos segundos dramáticos, hasta que todo queda definitivamente en un silencio atronador y, entonces, el drama se presenta servido.

Envistieron el X4 por el lado de Diana y en la parte de atrás. Por suerte la carrocería de BMW es bastante sólida, y además, entre la puerta delantera y la trasera hay una columna de acero que amarra la carrocería. El que el impacto fuese en la parte trasera, libraba a mi acompañante de contusiones propias de la violencia del choque. Todos los airbag saltaron de manera adecuada, aunque no sirvieran para evitar que la cabeza de Diana impactase contra la ventanilla en su zona parietal. Sin duda el impacto fue el que hizo que perdiese el conocimiento por lo que no respondía a mis zarandeos. Quedó caída sobre mí: su cara apoyada sobre mi muslo mirando hacia el globo del airbag del conductor, y un ligero sangrado que bajaba por su mejilla, y que evidenciaba que el impacto estaba liberando la presión del edema.

Alguien abrió su puerta y enseguida pretendió soltar su cinturón para sacarla del vehículo.

—No, por favor. No la muevas —ordené—,  llama a una ambulancia. Hay que proteger su cuello antes de moverla.

Alargué mis manos hasta el asiento de atrás, y a modo de almohada la coloque muy suavemente bajo su cabeza mi americana que doblé y puse,  tapando también mi cintura desabrochada.

Para cuando las luces azules de un patrullero del 092 iluminaban la zona, Diana ya se había quejado un par de veces, y preguntó por lo que había pasado.

Entre la gente que pretendía arremolinarse junto al coche, se abrió paso un médico del SAMU que en un instante evaluó la situación. Ya Diana se había incorporado sobre el respaldo del asiento y permanecía con los ojos cerrados. El médico pidió una camilla rígida y sacaron a la cazadora con el menor movimiento posible, una vez que le colocaron un collarín asegurando su cuello.

—¿Usted cómo está? —me preguntó.

—Creo que no tengo nada —respondí pendiente de ver cómo se llevaban a Diana a la ambulancia. Déjeme que salga y se lo podré asegurar.

—Baje despacio, puede marearse.

Entre el coche y los cubos de basura contra los que impactamos, quedaba el espacio justo para salir. Estiré las piernas sobre el suelo y me abroché el pantalón antes de cerrar la puerta a mi espalda y rodear el coche por la parte de atrás. Eché un vistazo a la zona del impacto de camino a la ambulancia, y me llamó la atención la marca de las defensas del otro coche contra la puerta y la parte de atrás. Ese tipo de defensas solamente las llevan coches muy grandes: básicamente 4 por 4.

Alguien me retuvo por el brazo suavemente, era García, un compañero de la Secreta.

—García, ¿Qué haces por aquí?

—Hola compañero. Me han avisado del siniestro, y de que tal vez no haya sido un accidente normal y corriente. ¿Tú cómo estás?

—Bien. El coche ha absorbido todo el golpe. Han dicho que el otro se ha dado a la fuga, y que iba sin luces.

—Ya le están tomando declaración a un chico que lo ha presenciado todo.

—Parece que la voz que escuché antes era de un chaval en efecto.

Llegamos hasta la ambulancia. García le enseño la placa al policía municipal que custodiaba las puertas traseras y éste se apartó. Por suerte la ambulancia medicalizada contaba con todos los sistemas, que permitían chequear el estado de Diana, ahora con una vía cogida en su brazo derecho.

—¿Cómo está? —pregunté nervioso.

—No parece nada grave. No se preocupe –contestó el médico sin volver la cabeza mientras inyectaba algo en la ampolla del sistema—. Vamos al Virgen del Rocío, allí terminarán las exploraciones.

Diana me miró aturdida.

—No estaba para nosotros hoy –dijo con un hilo de voz—, qué mala suerte.

—Podría haber sido peor cariño. Parece que la venda que se ha quitado Fatine la heredas tú.

Sonreímos con fastidio.

—¿Vienes al hospital conmigo?

—Sí, pero no aquí. Parece que el otro coche se ha dado a la fuga, y tengo afuera a un a secreta con el que charlar un momento. Él me llevará.

García saludó desde la puerta levantando un poco la mano. Besé sus labios con un roce muy leve y abandoné la ambulancia. García me condujo hasta su camuflado. Me senté y eche la cabeza hacia atrás.

—Tranquilo. Dentro de todo no ha pasado gran cosa: chapa y pintura.

—No sé qué decirte. Que el otro coche viniera sin luces no me gusta.

Alguien tocó en su ventanilla y García la bajó para coger el papel que le ofrecía otro compañero más joven. Leyó por encima la declaración del testigo.

—Era un Patrol oscuro y parece que antiguo. Tenía las luces apagadas y tras el golpe se alejó marcha atrás. Llevaba unas defensas delante de las aparatosas. ¿Te andan buscando por algo? Podría ser un ajuste de cuentas… aunque sea pronto para hacer incluso conjeturas.

—No lo sé. Acabo de venir de Roma. Allí he ayudado a una compañera de la polizia italiana a desarticular una banda de colombianos en relación con la mafia palermitana. Ni saben dónde vivo, ni cuál es mi coche, ni que venía a Sevilla. De hecho dije que vivía en Estambul. Ya sabes, todas las precauciones son pocas.

—Bueno, todos los patrulleros a esta hora están buscando el coche. Una grúa del cuerpo viene por el tuyo. Lo van a llevar a Blas Infante de momento. Vamos a tomar fotos de la zona del impacto. Mañana si quieres ya te lo llevas al taller. ¿Quieres que vayamos al hospital? Parece que la mejor medicina de la chica va a ser que tú estés cerca. A ella no le voy a preguntar nada. ¿Iba suelta del brazo derecho en el cinturón?

—No preguntes lo que no debes García. Anda, vamos al Virgen del Rocío, que te lo agradeceré mucho.

Dos hospitales en pocas horas. Dos cabezas golpeadas. Dos mujeres que me amaban. Ironías del destino.

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