(t3) INI 223 -VI-

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Hay ocasiones en las que el destino se torna caprichoso, y por mucho que nosotros pretendamos llegar hasta un lugar, él nos llevará hasta otro distinto, inusitado a veces, retorcido otras, y casi siempre y a tiempo vencido, aquel que en realidad siempre debió haber sido. Mi abuela decía que si algo ocurre, conviene, y el último giro de aquella noche bien podría pasar por su frase.

Brunella me llevó a un par de establecimientos de pizza al taglio. Es una forma muy común de comer casi de manera callejera en Roma: trozos de pizza al horno que mantienen en su punto sobre mesas de piedra caliente, y que se sirven con cerveza o refresco. Es obligación de todo buen policía, conocer los mejores y más baratos en los que salir del paso en cinco minutos y no quedarte con hambre.

Anduvimos calles por las que en mi anterior etapa con ella había paseado en otra actitud. Ahora iba cogida de mi brazo atando cabos de los que entonces quedaron sueltos. Le gustaba tocarme. Apretaba su cuerpo contra el mío, compartiendo calor y sensualidad. Ya me había dado por vencido y dejaba que sus manos me trabajasen como a masa de pizza.

—Te noto un poco tenso. ¿No me tendrás miedo? —preguntó de repente.

Sonreí maliciosamente. Me paré justo delante de ella y tomé su rostro entre mis manos con ternura. Acerqué mis labios a los suyos que me esperaron entreabiertos, muy cálidos. Aquel beso nos supo a pizza, a Roma, a soledad de cuerpo de policía, a deudas del pasado, a deseo, también nos supo a deseo.

Creo que con quince años menos habríamos buscado con el Lancia cualquier lugar discreto y nos habríamos ido al asiento de atrás pero, los años te dan a veces el aplomo necesario para alagar el sexo incluso antes de su comienzo. Brunella puso rumbo a su adosado de Ostia.

Antes de tomar la A.91 sonó su teléfono. Era un compañero que hablaba casi tan rápido como el taxista que nos llevó a Aitor y a mí a aquel restaurante,  el Seiperdue Crudo Gourmet. La conversación torció de manera inequívoca su gesto.

—¿Qué pasa Brunella? Se te ha puesto mala cara. ¿No te gusta cómo beso?

—No seas tonto, sabes de sobra que sí. Ése es el problema.

—¿El que te gusta cómo beso es el problema?

—Ay que no. No me líes.

—¿Entonces?

—Entonces el juez que está tomando declaración a los colombianos de esta mañana… Su abogado ha solicitado un habeas corpus  y el juez un in dubio pro reo, es decir, que me quiere allí corroborando todo el atestado, y no llevo ni un mal salva slip.

Volvimos a reír a grandes carcajadas, igual que la noche en la que Aitor apareció en calzoncillos en la terraza contigua.

—Otra cosa. Hay una chica. Está en Urgencias del Gruppo INI: Instituto Neurotraumatológico Italiano. Al parecer tenía una tarjeta tuya en la cartera. El compañero que me ha llamado ha tramitado el atestado de esta mañana y el de ella, y le ha llamado la atención que tu nombre aparezca en ambos. Está cerca de aquí, en la Via Vittorio Emanuele Orlando. Te llevo hasta allí a ver que descubres y yo me voy a ver al juez. Abre la guantera y coge un juego de llaves de casa. No te voy a tener toda la noche por ahí dando vueltas hasta que yo llegue. Espérame en la cama, tenemos que acabar aquello que empezamos hace años.  

Oía las palabras de Brunella en la lejanía. ¿Quién podría ser la chica? ¿Acaso Diana que hubiera venido a darme una sorpresa? Las mujeres son impredecibles tantas veces… Lo normal es que fuera Fatine. Ella había manifestado su intención de venir a Italia a desconectar y, me horrorizaba pensar que precisamente aquí, hubiera tenido que sufrir una agresión, cuyas consecuencias desconocía. La otra persona que podía tener una tarjeta mía en la cartera era mi ex. La madre de Carlos era la tercera mujer que en algún momento había estado relacionada conmigo, aunque creo que cuando me hice las tarjetas, ya no estábamos juntos. Tal vez mi hijo se la hubiera dado. No lo sabía.

Al llegar frente a la puerta principal del INI, abría la guantera simulando tranquilidad y besé la mejilla de Brunella.

—Luego no vemos ¿Vale?

—Si necesitas algo me llamas. La subdirectora del hospital es amiga.

—Espero que no. Ciao.

—Arrivederci amore mio.

Me dirigí lentamente hacia la entrada hasta comprobar de reojo que su coche había desaparecido, momento en el que emprendí una carrera alocada al interior de las instalaciones sanitarias.

A esas horas quedaba muy poca gente. Un pasillo recto se introducía en el interior de un edificio viejo y ornamentado en su exterior con líneas clásicas de arquitectura romana. Al final, una puerta doble daba acceso a una gran sala en cuyo fondo había un mostrador en el que una administrativa madura y de uniforme azul oscuro, charlaba amistosamente con dos enfermeros.

—Buenas noches señora. Creo que han ingresado aquí a una mujer durante la tarde. Parece que ha sufrido un atraco.

—¿E tu chi sei?

—Soy… su novio. Sono il suo ragazzo.

—Stanza 223.

—Grazie mille.

En la parte derecha de la sala estaban los ascensores, y justo al lado la escalera. No esperé. Emprendí el ascenso a la segunda planta por las escaleras a toda velocidad, subiendo de dos en dos como cuando era niño. Al desembocar en la segunda dos pasillos opuestos, uno a cada lado de la escalera. A la izquierda un cartel indicaba del 201 al 235. Seguí aquella senda de angustia, sin saber con qué cara me iba a encontrar al entrar en la habitación. Habría estado feo preguntar por el nombre de mi novia en la recepción. Al fin llegué frente a la 223. La puerta estaba entornada. Había una luz tenue en su interior, y al abrirla  allí estaba ella: la cabeza vendada y un enorme derrame cogiendo su ojo izquierdo y bajando por debajo del pómulo. Me miró sorprendida y sonrió.

—¿Tú qué haces aquí? Eres mi ángel de la guarda.

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