(t3) Generosidad por milímetros – VII-

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Que si yo era su ángel de la guarda. La pregunta quedó en el aire mientras me acercaba al lateral de la cama.

—Ojala fuera tu ángel de la guarda, seguro que esto no te habría ocurrido.

Fatine levantó ligeramente su mano derecha dispuesta a tomar la mía.

—Yo también habría preferido tenerte cerca. Ni te imaginas el miedo que he pasado. Pensé que no lo contaba, y de hecho, aún no he podido contarlo. Me recogió inconsciente una ambulancia y me trajo hasta aquí. Me han hecho mil pruebas y parece que solamente tengo el golpe de la cabeza, y erosiones varias. Intentaron quitarme el bolso, pero yo lo agarré con tal fuerza que no les fue posible, de hecho, ahí está sobre la mesita. Creo que no falta nada.

No pude evitar acercarme hasta el pómulo que mantenía en mejor estado y besar a la dulce Fatine con toda la ternura de la que fui capaz.

—Ese beso tuyo me ha hecho mucho más bien que cualquier medicina. Cuánto te lo agradezco.

—Los besos se dan sin esperar nada a cambio, ya lo sabes. Es la expresión en forma noble de toda la indignación que siento por dentro. ¿Estás en condiciones de contarme lo que recuerdes?

—Claro. Con los calmantes la cabeza me ha dejado de doler. Pero, ¿querrás vaciar mi bolso sobre la cama? Quiero saber si falta algo.

Me acerqué hasta una mesita baja en la que había dejado su bolso. Era un amplio Louis Vuitton tipo capazo, adamado en pequeños cuadros beiges y marrones de no menos de mil euros. Aparentemente estaba todo salvo una carterita en la que llevaba varios billetes de 50 y 20 euros que acababa de sacar de un cajero con la tarjeta de Gibraltar. En total 300. Ni su pasaporte, ni la cartera con las tarjetas bancarias, lugar entre las que estaba la mía, ni el resto de objetos personales parecían faltar.

—Te diré algo Fatine. Te han atracado raterillos de poca monta.

—¿Cómo lo sabes? Eran un par de chavales de no más de veinte años que me hablaron en italiano.

—Porque un profesional no se deja atrás un Louis Vuitton. Iban buscando efectivo solamente. ¿Dónde fue?

—No sabría decirte el nombre de la calle, pero muy cerca del Coliseo.

Aquello me hizo arder la sangre más si cabe. Habíamos estado tan cerca y yo no pude hacer nada por evitarle el susto.

—¿Sobre qué hora fue?

—Creo que pasadas las nueve. Estaba pensando en un sitio para ir a cenar.

—¿Sabes con qué te dieron?

—No. Uno forcejeaba conmigo y el otro se mantuvo un poco al margen, pero fue él el que me golpeo. Debió de ponerse nervioso, porque llegaba un grupo de chinos con el guía, sin duda buscando algún sitio también para cenar como yo. Se acercó por el lado y me golpeó con algo que no pude ver, pero que me dejó fuera de combate de manera instantánea.

—El tiempo justo para abrir el bolso y coger la pasta antes de que llegase la gente, supongo.

—Probablemente. El guía fue el que avisó a la policía parece ser. No he podido ni darle las gracias.

—No te preocupes, ya se las darás. Voy a buscar una máquina de café. Esta noche promete ser larga.

Salí de la 223 rumbo a los ascensores. Allí había visto antes dos máquinas de vending. Mientras sacaba un café solo llamé a Brunella.

—Dimmi.

—Hola Brunella. Estoy en el INI todavía. La chica que está aquí es una muy buena amiga marroquí. Se llama Fatine, Parece que dos chavales han sido los atracadores. Por fortuna está bien salvo el golpe y erosiones de la caída, ya sabes.

–¿Quieres irte a casa con ella? A mí me quedan varias horas.

—Eres un amor.

—Déjame que hable con mi amiga y ahora te llamo. Ciao.

No hay máquina de café en el planeta capaz de darte un buen producto. He bebido cafés en mil sitios y, en cada lugar,  parecen despachos de comisaría, tomado en un sitio, tomado en todos con igual mal resultado. El amargor de aquel enjuague negro y amargo me pidió una botella de agua que saqué de la máquina de bebidas que había al lado. Mientras caía la botella sonó mi móvil.

—Dime Brunella.

—Al parecer la chica no tiene nada serio. Si quieres, me dice mi amiga que en un rato le llevan los papeles del alta, y una ambulancia pasa por vosotros y os lleva a casa. Tendrá que abonar el cargo del hospital, salvo que tenga algún seguro de viaje, pero no te preocupes por eso, ya lo resolveremos.

—Eres un amor Brunella. La generosidad es de las cualidades que más valoro en la gente.

—Te pienso cobrar hasta el último milímetro, que lo sepas —me dijo sonriendo a través del auricular.

—Y yo te pienso pagar con creces. Luego nos vemos.

Cuando volví a la habitación Fatine se había quedado adormilada. Preferí no despertarla hasta que no llegasen con el alta, de modo que me acomodé en el sillón de acompañantes y me acurruqué un poco, dispuesto a descansar un rato. La Smith & Wesson que no había devuelto por cierto, se me clavaba ligeramente en la cintura del pantalón y bajo mi cazadora. Reconozco que con ella me sentía mucho menos desnudo que antes de que me la trajera al hotel Brunella aquella misma mañana.

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