(t3) Fuera de juego -IX-

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Crees que tienes una opinión bien formada de las cosas y un buen día viene la Señorita Realidad para darte un portazo en las narices. Te declaras una defensora a ultranza de unos derechos, crees que tendrías clara tu postura si te vieras afectada, pero te salpica el caso a través de una de tus mejores amigas y te das cuenta de que no lo tienes tan claro. ¿Es responsabilidad de la madurez? ¿El paso del tiempo nos hace cambiar la perspectiva? ¿Iba a tener que acostumbrarme a que me cambiaran las convicciones después de los cuarenta? ¿ O se trataba simplemente de que me estaba dando cuenta de que no hay verdades absolutas, y de que a través de una misma óptica, hay todo un prisma de color?

Viernes. Cuatro de la tarde. Me había escapado antes del trabajo y un taxi me llevaba hasta mi barrio donde había quedado con Emi para ese café sin prisas que habíamos acordado la noche anterior. Apenas había podido pegar ojo, pero la vigilia me había servido para ordenar un poco mis ideas y llevaba preparada una batería de preguntas que esperaba que no incomodaran demasiado a mi amiga y que no dieran la impresión de que era yo la que necesitaba respuestas.

Me bajé del taxi en la puerta de la cafetería, sin cerrar el bolso que siempre llevaba abarrotado de chismes para todo tipo de emergencias, con el abrigo arrastrando echado en un brazo y el maletín del trabajo en el otro. Debía de tener un aspecto horrible porque en cuanto entré y Emi me vio, empezó a negar con la cabeza y a morderse el labio inferior en una clara señal de desaprobación. Solté el bolso, el maletín y el abrigo en una silla y me desplomé en la otra, después de darle un beso a mi amiga:

—Tienes una pinta horrible, hija —me dijo Emi sin compasión.

—Lo sé, es que no paro de correr. Llegaba tarde y no quería hacerte esperar.

—No te preocupes. Ahora ya estamos las tres.

En ese momento, se abrió la puerta del baño y de él emergió una radiante Diana: peinado perfecto, maquillaje impecable y un sencillo jersey oversize en tonos malva que acompañaba con un pañuelo al cuello en los mismos. Ideal. Junto a mí, parecía su hermana pobre. No sé por qué no me sorprendió verla allí. Miré a Emi y ella me explicó brevemente:

—No podíamos hablar de esto sin ella.

—Absolutamente, amiga.

Diana se sentó a la mesa, me dio un cariñoso beso en la mejilla y preguntó, directa al grano:

—Bueno, vosotras diréis, ¿cuál es la emergencia?

Yo miré a Emi, ella me miró a mí; Diana nos miraba a las dos.

—Vamos a ver —insistió un poco la cazadora, como la madre que sabe que sus hijos han hecho alguna trastada y no se atreven a confesar—, ¿qué está pasando?

Emi agachó la cabeza. Iba a soltar la bomba.

—Estoy embarazada.

Los ojos de Di se abrieron como platos. Desde luego, era evidente que no se esperaba esa noticia. Me miró a mí, como si Emi hubiera perdido el juicio y necesitara mi ratificación para tomarla en serio. Asentí brevemente. Diana suspiró, sacudió un poco la cabeza, y preguntó:

—Evidentemente, no es de Paco.

Sonreí por lo bajini. Nos conocíamos demasiado bien. Emi negó sin abrir la boca. Diana volvió a suspirar. Se tomó cinco segundos de reloj para pensar en silencio. Parecía descolocada por algo, pero en seguida pasó a la acción.

—Bueno, ¿de cuánto tiempo estás? ¿Estamos a tiempo de abortar?

Emi ya estaba asintiendo cuando yo las interrumpí:

—Eh, alto ahí. ¿Ya hemos descartado del todo la posibilidad de que tenga el bebé?

Diana me miró sin dar crédito.

—¿Cómo es posible que estés contemplando esa opción, Salomé? Seamos realistas. Aunque quisiera tener el bebé, Emi ya tiene una vida demasiado apurada, de tiempo y de dinero. Este bebé la condenaría para los próximos veinte años. No se lo puede permitir.

—No voy a tener el bebé, ya intenté explicarle a Salomé ayer que la decisión está tomada —sentenció Emi.

—Muy bien, ¿dónde lo vas a hacer? —quiso saber Diana.

—No tengo ni idea. He estado mirando por internet…

—¡Por favor! —supliqué yo—, ¿podéis escucharme un minuto? Hay otras opciones. Puedes dar el niño en adopción, Emi. Hay familias que se mueren por adoptar.

Diana y Emi me dirigieron una mirada de incredulidad. Diana se reclinó sobre su asiento y dejó que Emi diera su opinión. Aquellas dos ya tenían la suya y estaba claro que no había fisuras.

—A ver, Salo —explicó Emi—. Si fuera producto de un descuido dentro de un matrimonio feliz, me lo plantearía. Pero no es eso. He tenido una relación esporádica y me he quedado embarazada. No puedo tenerlo. Ahora estoy a tiempo. Es tan minúsculo como un alfiler. Por favor,  no me hagas pensar en él como si fuera un bebé de nueve meses. No lo voy a tener. Voy a interrumpir el embarazo y no hay más que hablar.

Se hizo un silencio incómodo y Diana me miró con algo de tristeza. O de estupefacción. No sabría decir. Había algo extraño en la mirada de Diana, como si se callara algo para ella. No sé por qué me sentía derrotada. Yo estoy completamente a favor del aborto, en todos los supuestos, que la mujer decida, siempre. Es su cuerpo y es su vida. Pero a mi edad, un embarazo se me presentaba como un grave problema, pero no como uno insalvable. Me quedé allí sentada, asistiendo a la coordinación de agendas, hoja de ruta e instrucciones, intentando ayudar y participar. Habíamos pedido varias rondas de cafés y sonó el whatsapp de mi teléfono. Era Eme.

“Estoy fuera”

Me había olvidado de la hora que era y de que anoche había aceptado ir al cine con él. Ahora me tocaba explicarles a aquellas dos que me iba a ver una película de buen rollo con el hombre que me partió el corazón.

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