(t3) Fin de fiesta -V-

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Aitor no puso ninguna resistencia a volver a Bilbao en el vuelo de las 13,35 h destino Aeropuerto de Sondica. Se quedó supongo con las ganas de visitar Pompeya, y de cerrar el acuerdo que le esperaba en Nápoles pero, el miedo se le había metido hasta la médula y hacía de ese cuerpachón de vasco bueno, un punto diminuto en medio de la zozobra. Dio las instrucciones precisas para que anulasen desde su central la reunión, y propuso invitar a los holandeses al País Vasco con recorrido gastronómico incluido. Ellos quedaron en contestar.

La operación no dejaba dudas: Íbamos a por ellos.

Brunella dispuso dos camuflados a pocos metros de la puerta del hotel, uno a cada lado. Visionando la copia de las cámaras de seguridad, pudimos comprobar que no habían vuelto por allí, de modo que su nueva visita podría producirse en cualquier momento. Nos sentamos en plan parejita que revisa la Guía Michelin de Roma preparando una visita turística. A ella le gustaba estar tan próxima a mí, que rozaba mis manos deliberadamente mientras pasábamos las páginas, y hacía el teatrillo de elegir monumentos que visitar. Disimuladamente prestó atención a lo que le indicaban por el diminuto sistema de escucha que llevaba en su oído y entre dientes me dijo.

—Atento, el tipo de esta mañana se baja del coche. Acaban de llegar.

Yo me levanté y me acerqué al mostrador de recepción. No quería que llegase hasta el mismo nuestro objetivo, y preguntase antes de tiempo por un huésped al que no habían visto en todo el día. Por fin el tipo llegó a mi lado.

—Y Bien, ¿se puso bueno su patrón? Hemos llamado a la habitación pero nadie contestaba.

—Cómo lo siento amigo. Mi patrón como usted dice, desconectó el teléfono para no ser molestado. Ni se imagina lo malo que es un vientre descompuesto.

El acuerdo con Brunella era que debía provocar al matón para que se pusiera violento, y entonces se le pudiera detener con cargos contra él.

—El vientre que se va a descomponer es el tuyo carajo.

Me acerqué a muy pocos centímetros de su cara y le dije en un tono perceptible sólo para él.

—No te falta razón, y va a ser para cagarme en la que te echó por el coño gilipollas.

La escena estaba servida. Echó mano al interior de su americana para sacar una pistola de pequeño calibre. Cuando su mano portando el arma buscaba espacio para apuntarme con ella, yo ya le había cogido desde el lateral por la muñeca con ambas manos. Gire sobre mis talones 360º pasando la pistola sobre mi cabeza, y haciendo que su mano quedase retorcida sobre su espalda. Antes de que se diese cuenta, ya Brunella le apuntaba con su arma reglamentaria en la cabeza. Le pedí las esposas y se las puse como en mis mejores tiempos en un abrir y cerrar de ojos.

—Te he dicho que estaba en forma. ¿Lo recuerdas?

En el exterior y a una orden de su jefa, uno de los hombres destacados y vestidos de paisano se acercó a la ventanilla del Mercedes y le pidió fuego al conductor. Cuando éste bajó el cristal, se vio encañonado y poco después, y esposado, entraba en un furgón policial que acababa de subir por la calle a toda prisa con despliegue de luces y sirenas.

—Móntate en el Mercedes y sígueme hasta el depósito de vehículos. Hay que hacer el informe para el juez, y necesitaré tu declaración. Ah, y toma estos guantes. No quiero que dejes huellas en el interior. Ya sabes que ojos que no ven…

Todos los aparcamientos en los que se dejan los coches de los malos son parecidos. Amontonados, cubiertos de polvo y mezclados, se encuentran coches destartalados, alguno accidentado y otros como era el caso, caros y flamantes mezclados con ciclomotores robados, y los 4 por 4 de alta gama usados para el narcotráfico.

Entramos en un despacho que apestaba a tabaco negro, y Brunella se sentó frente a un viejo ordenador IBM. También todos los despachos de las comisarías son bastante parecidos: Poca luz de la calle, paredes amarillentas por el humo, suelos de terrazo blanco con chinos oscuros. Visto uno vistos todos.

Enseguida redactó el informe, incluso con mis preguntas y respuestas incorporadas. Lo sacó de la impresora segura de que no cabían errores y me lo dio a leer.

—Vaya, parece que lo he contestado yo.

Fui repasando cada respuesta y en efecto, no se había omitido ningún detalle. Mi excedencia como comisario de policía que daría verosimilitud al resto de mi declaración, mi relación con Aitor del que puso su nombre verdadero, mi cometido con él en materia de seguridad, la detección de los indicios del secuestro por mi parte, y el intento de ataque y posterior neutralización del colombiano por parte de la policía italiana.

—Entre la detención de los atracadores del banco Vaticano y ésta, no van a tener medallas que ponerte —comenté asintiendo con la cabeza.

—Cada uno cobra por su trabajo, ya lo sabes. Nosotros no necesitamos medallas. Hay sin embargo, otro tipo de necesidades a las que no podemos faltar.

Esperé que me soltara a bocajarro cualquier barbaridad mientras firmaba la declaración que había hecho ella en mi nombre.

—¿Qué te parece si nos vamos a cenar? Bien está que no hayamos comido, pero seguir ayunando ya no tiene sentido.

Había un doble lenguaje en sus palabras, no cabía la menor duda.

Aquella noche terminaría en su adosado de Via del Fabbri Navali.

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