(t3) En mis brazos -XVII-

Posted on

Entramos en la mole del  Hospital Virgen del Rocío por el acceso principal de la Avenida de Manuel Siurot. Nunca el articulista del ABC que daba nombre a la avenida, hubiera imaginado que su apellido se pronunciaría tan cargado de angustia, penas o alegrías, como desde que se instaló el hospital más grande de Andalucía en su costado.

García dejó el coche en el interior de las instalaciones, en un lugar destinado para coches oficiales, y ambos nos dirigimos al edificio de traumatología.

Al preguntar por Diana, nos indicaron que esperásemos en un despachito vacío en la zona de administración, hasta que alguien llegase a darnos información.

Aproveché aquellos minutos para llamar a Fatine. Tras varios tonos al fin contestó.

—¿Sí?

—No te asustes pero, hemos tenido un accidente con el coche. Estamos en el Hospital Virgen del Rocío.

Se hizo un silencio tan breve como angustioso. Por fin Fatine preguntó.

—¿Pero estáis bien?

—En principio sí. Yo no tengo nada. Diana tiene un golpe en la cabeza que parece hermano gemelo del tuyo. Le están haciendo pruebas y ahora nos informan.

—Malak estaba ya acostada. Yo me visto y tiro para allá. Dame unos minutos.

En el pasillo a cierta distancia se escucharon voces. En esas ocasiones los policías sabemos que pueden ser preludio de situaciones que habiendo pasado a mayores, entrañan en no pocos casos violencia física. García y yo nos miramos, y sin necesidad de hablar, ambos abandonamos los confidentes en los que estábamos sentados rumbo al origen de la trifulca a toda velocidad.

Al volver la esquina del pasillo, pudimos ver a dos hombres acosando a un médico que se había refugiado en un hueco entre un pilar y la pared. Las manos volando como palomas alborotadas, el dedo acusador frente a la cara del galeno, y exigencias, sin duda fruto de la pérdida de papeles  a la que la merma de salud de los seres queridos te puede llevar, eran todos óleos del mismo lienzo.

García agarró por el brazo al más joven y que parecía ser hijo del que acercaba a milímetros su dedo frente a la frente del aterrado doctor. El joven quiso zafarse y empujó a mi excompañero con violencia, de manera que García trastabilló hacia atrás y cayó de espaldas cuan largo era, aunque inmediatamente se levantó. Con templanza, y sin necesidad de sacar el arma reglamentaria, le puso la placa frente la cara y le gritó con una voz atronadora:

—¡Policía! Tírate al suelo bocabajo.

El chico se quedó paralizado y sin oponer resistencia obedeció.  Para ese momento, yo tenía ya retenido al padre, retorciendo su brazo tras la espalda, y de cara al pilar. Enseguida llegaron dos seguratas y esposaron a los alborotadores. García se retiró un momento aparte con uno de ellos y acordaron los cargos con los que se los llevarían hasta un patrullero que estaba ya en camino. Del empujón del chico no dijo ni media palabra. Aquello podría haberle supuesto el cargo de resistencia a la autoridad, con lo que de poco o nada afortunado suele tener para los jueces.

De entre el revuelo de sanitarios y familiares que se formó con la reducción de los alborotadores, surgió una enfermera que ofreció al médico una botella de agua. Éste bebió un trago nervioso y se dirigió a nosotros.

—Muchas gracias. Me han salvado de una agresión segura. Así no se puede trabajar con garantías de volver a casa entero cada día. Entre los recortes en personal y en seguridad, y que parece que nosotros tenemos la culpa de lo que les ocurre algunas veces a los enfermos, cuando a alguien se le va la olla nos toca salir perdiendo.

García asumió el mando y en tono amistoso le propuso:

—Entre todos tenemos que ayudarnos. Soy el comisario García. Hoy estábamos cerca y la cosa no ha pasado a mayores. Mírelo por el lado de la suerte, mejor que por el de la mala suerte de la posible agresión.

—Hace unos minutos ha ingresado una chica procedente de un 10-42. Se llama Diana —intervine.

—No se preocupen y acompáñenme.  Se la debo.

Entramos por pasillos de los que parecen hechos para un laberinto, y por fin terminamos en una sala en la que diferentes equipos atendían las últimas urgencias llegadas al hospital.

Diana levantó la mano al vernos desde lejos. Era sin duda la menos perjudicada de todos los yacientes. Carreras, sangre, lamentos de dolor y angustia de “la vida en sus manos” convertían a Diana casi en una privilegiada que, acompañada por una enfermera que regulaba su suero, agradeció muy mucho nuestra presencia.

—Creí que no venías.

—Anda tontona, ¿cómo no iba a venir? ¿Qué tal te encuentras?

—Salvo que me duele un poco la cabeza, con ganas de salir de aquí.

El médico había cogido una tablilla que había sobre los pies de la cama y tras examinar todos los papeles nos indicó.

—Todo está bien. Una contusión moderada en la zona parietal. Ahora nos pasarán los resultados de radiología y si todo está conforme, la pasaremos a planta por protocolo hasta mañana. Le han administrado un calmante, y todavía hay algo más que yo puedo hacer.

García y yo miramos al doctor expectantes.

—Voy a decretar que pasen a su amiga a una habitación en la que no haya nadie. Por lo menos descansará tranquila. A veces un mal compañero de cuarto es peor que las propias lesiones que te traen hasta aquí. Ya tienen que salir. Esta zona es restringida y, aunque ustedes no se van a asustar de los cuadros que aquí se ven… ya me entienden. Esperen fuera, y ahora cuando salga con el celador vayan hasta el cuarto todos.

Le agradecí a aquel hombre menudo sus atenciones, y García quedó en llamarme al día siguiente para el papeleo y demás. Cuando se alejaba por el pasillo, se cruzó con una figura llamativa, que no acertaba a imaginar cómo había dado con migo. Era Fatine que se acercaba con paso apresurado hasta mis brazos.

0 Comentarios

Deja un comentario

Tu dirección de email no será publicada.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.