(t3) El puente -XX-

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El segundo que transcurrió desde mi pregunta hasta la respuesta de Fatine se me hizo largo.

—No y sí. No sé qué decirte.

—Con tranquilidad todo lo que tengas que contarme por favor. ¿Ambas estáis bien?

—Estar estamos bien.

—¿Entonces?

—Un tipo ha abierto la puerta hace unos minutos, entrado en el cuarto y mirado por toda la habitación. Pareciera buscar algo, o a alguien. Ha visto que el baño tenía la puerta juntada y la luz apagada, se ha asomado dentro y se ha marchado tal y como llegó. Llevaba una especie de cazadora doblada sobre el brazo derecho que tapaba su mano. Me ha dado toda la impresión de que empuñaba un arma.

El ojo experto de Fatiné se había fijado justamente en el detalle más relevante. Si aquel tipo llevaba en efecto un arma, es evidente que iba buscando a alguien. Ese alguien podría ser yo, pero también podría ser otra persona. Parecía razonable, que al no encontrar en la habitación lo que buscaba, ya no volviera más por allí. De todos modos mi propuesta fue muy concreta.

—Asómate a la puerta, y si no ves a nadie cerca, ve hasta el puesto de enfermeras para que avisen a seguridad. Yo por mi parte voy a hablar con García ahora mismo.

—De acuerdo, no me cuelgues.

Sentí a través del auricular, cómo se abría la puerta y Fatine se deslizaba hasta el puesto de enfermería. Allí expuso lo que acababa de pasar, y alguien con poca gana le aseguró que a esas horas ya nadie podría haber entrado al hospital. Que se quedase tranquila.

—¿Has escuchado? —me preguntó.

—Ve al cuarto. Voy a llamar a García.

Lo siguiente que hice tras colgar el teléfono a Fatine fue contactar García. Sin duda me esperaba.

—¿Qué pasa compañero? Te habrán informado ya de que he mandado a uno de mis chicos.

—Joder García, ¿Has mandado al mudo?

Escuche su risa de fondo a través del teléfono.

—No tenía a nadie, y le he sacado de la cama. Estaba de guardia en casa pero en estado de disponible.

—Pues a las chicas les ha dado un susto curioso. En modales debió suspender en la academia. No ha dicho ni buenas noches.

—Bien sabes que en la academia no se enseñan esas cosas.

—Gracias García. Un abrazo.

Entonces le mandé un WhatsApp a Fatine. “No tenéis nada de qué preocuparos. El tipo era poli. Descansad tranquilas”. Fatine me contestó con el icono de un corazón enorme y rojo que no estaba seguro de merecer por su parte.

Nuria me miró entonces con cara de haber salido a por palomitas en medio de una película, y querer que le pusiera al día de todo lo que se había perdido.

—Hemos tenido un accidente hace un rato. Por eso lo del hospital, lo de Fatine y lo de Diana, que está ingresada hasta mañana.

—¿Con tu coche?

—Sí. Se ha quedado un tanto perjudicado. He vuelto en un taxi.

Entonces me miró con una sonrisa lúbrica y me propuso.

—Si quieres me llevas a casa y te vuelves con el mío. Te acabo de contar lo que necesites de mi esposo, y tú me aclaras lo del accidente. Hay mucho de lo que ponernos al día.

Entendí perfectamente las intenciones de Nuria. Aquella era de las noches en las que a uno no le apetece que le lleven al huerto, de modo que pensé en fingir dolor lumbar al levantarme, con lo que en ir y venir a la Motilla y a esas horas, la cosa no me llevaría más de 40 minutos. No pensaba pararme allí ni un instante. Cuando me levanté del sofá un dolor en el cuello me atenazaba pero de verdad. Sin duda el relajarme de la tensión del accidente  y el gin tonic, habían soltado los músculos de mi espalda. Aquello era sin duda justicia poética y carnal a la vez.

Pedí a Nuria que condujese ella, mientras yo iba haciendo las preguntas de rigor, y con eso evitaba que tuviese las manos libres y se fuera calentado.

—Ofú nene, ya me las prometía tan felices contigo esta noche, pero estás para el arrastre.

—El cerebro está en marcha todavía cariño. Tal vez la cintura no esté para muchos trotes pero, necesito solventar contigo algunas cuestiones, si de verdad queremos saber qué ha pasado con el holandés errante.

Yo sabía que su marido no podía tener una amante porque andaba flojo de gatillo, y el sexo parecía haberle dejado de interesar años atrás por lo que me justificaba su esposa. La teoría del marido que se marcha con otra no había por tanto ni  comenzado a despegar. Que un agente exportador que funciona con comisiones por ventas, hubiera tenido algún problema de pasta, incluso aunque viviera con comodidad como era el caso, tampoco me parecía un camino a explorar al menos, como teoría de arranque. Que la propia Nuria se lo hubiese cargado en realidad tampoco tenía mucho sentido, sobretodo porque a sus cuentas personales ella no tenía acceso, y eran un matrimonio con separación de bienes hasta lo que yo conocía. Sin embargo, Holanda con un puente en Sevilla me daba otra pista que creo era el punto de partida. Llegando al  desvío de la carretera de Cádiz hacia la Motilla impacte a Nuria con una pregunta que no ella esperaba.

—¿Tu marido trafica con drogas?

Vi claramente el gesto de tragar saliva, y un silencio incómodo nos acompañó unos metros.

—No lo sé. Es… posible. ¿Tú crees?

Llegamos hasta su casa y visiblemente nerviosa me preguntó de nuevo.

—¿De verdad piensas que puede tratarse de un tema de drogas?

—Tal vez mañana tengamos alguna respuesta.

 

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