(t3) El perdón y el olvido -III-

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Siempre he pensado que las pasiones nos vinculan con nuestro lado más primitivo. Que son como un cordón atávico que nos une con nuestro pasado cavernícola. Y es que algunos miles de años después, menos de un microsegundo en términos geológicos, seguimos siendo incapaces de racionalizar y de pasar página. Cuando una relación se tuerce por un engaño, ¿se puede olvidar para siempre? ¿Hay que ser un ser superior para dejar a un lado el resentimiento y volver a ser feliz? ¿O es quizás el que perdona alguien más débil, que lo hace porque es incapaz de vivir sin la otra persona? ¿Es necesario olvidar para perdonar? ¿Se puede perdonar algo de verdad si no lo olvidas?

Había quedado con las chicas en la cafetería del barrio, como parte de nuestro reciente acuerdo de fijar los jueves como cita obligada para un café y evitar que las obligaciones del día a día nos distanciaran. Yo había llegado la primera, acababa de dejar a los niños en inglés y no me merecía la pena subir a casa para sólo quince minutos hasta que dieran las seis y media. Pedí un capuccino y empecé a garabatear en una servilleta la lista de la compra que haría después, cuando Mariluz entró en el local acompañada de Emi. Se sentaron a mi mesa, terminando una conversación sobre una próxima exhibición de taekwondo que harían sus hijos. Nos dimos besos y solté el bolígrafo, postergando mi lista para una mejor ocasión.

—¿Cómo estáis, preciosas? —quise saber.

—Vamos tirando —respondió Mariluz, que aún mantenía a su marido viviendo en casa de su suegra desde que lo pilló con aquel asunto de la infidelidad virtual.

—¿Aún decidida a no dejar volver a Josema? —en el fondo me daba pena que un matrimonio que se adoraba se rompiera por algo que no había pasado en la realidad.

A Mariluz le molestó mi comentario.

—Sí, aún decidida a no dejarlo volver —me respondió de muy malos modos—, por muy cruel que te parezca. Al final resultará que a él lo convertiréis en víctima y que yo seré la mala de esta historia.

—No digas eso, hija. Perdona —me excusé—, me entristece que ambos lo estéis pasando mal.

Mi amiga frunció el ceño perdiendo su mirada dentro del té negro que le habían traído y se reblandeció un poco.

—Me estoy pensando dejarlo volver a casa para que las niñas no pregunten. Pero desde luego en mi cama no va a dormir.

—No quiero juzgarte —intervino cautelosa Emi—, pero ¿te planteas perdonarle en un futuro?

Mariluz levantó la mirada hacia nosotras.

—Pues no sé. Me gustaría dar marcha atrás en el tiempo y nunca haber iniciado estos juegos tan peligrosos.

—Eso no garantizaría que tu vida hubiera seguido siendo perfecta —apunté yo—. Había un problema de fondo en vuestra relación. No haberlo hablado no habría hecho que el problema desapareciera.

Mariluz volvió de nuevo la mirada al té, inclinando la cabeza lánguidamente, supuse que sin ganas de seguir con el tema.

—Yo no soy capaz de olvidar —le costaba sacar las palabras fuera de su cuerpo—. Tengo la imagen de mi marido con los pantalones por las rodillas y haciéndose una paja delante de la pantalla del ordenador con una tía abierta de piernas masturbándose para él.

Me mordí el labio inferior. Desde luego, dicho con esa crudeza resultaba una imagen bastante desagradable como para pasarla por alto.

En aquel momento se abrió la puerta y Diana pasó entre las mesas contoneándose para el disfrute de los camareros, que se deshicieron en piropos y halagos hacia ella. Sin embargo, al contrario de lo que era habitual, esta vez, no les agradeció el cumplido con una sonrisa y lanzando besos al aire. Se sentó muy seria en la mesa y se dirigió a mí:

—Te están esperando en la acera de enfrente.

—¿Qué? —pregunté sin saber de qué hablaba, mirando sobre los hombros de mis amigas hacia fuera.

Eme estaba apoyado sobre la puerta del copiloto de su coche, con los brazos cruzados, esperando.

—Joder —acerté a pronunciar, sin poder evitar que se me dibujara una sonrisa en la cara.

Emi y Mariluz se giraron para entender qué ocurría y cuando vieron de lo que se trataba, Emi se tapó la boca, ahogando un grito de sorpresa, y Mariluz mudó su semblante de tristeza a enfado en menos de lo que dura un parpadeo.

—¿Ha vuelto? —me preguntó ésta última, inclinándose sobre la mesa, algo agresiva.

Me sentí culpable de no haberles hablado del asunto y me ruboricé.

—Lo siento. No quise preocuparos —me excusé torpemente.

Diana también se mantenía seria. La única que era incapaz de contener su alegría era Emi.

—¿Qué vas a hacer, Salomé? —preguntó nerviosa, con la sensación errónea de que estaba asistiendo a nuestro primer reencuentro.

Me levanté decidida de mi asiento y me dirigí a la salida. Cuando pasé por el lado de Diana, ésta me sujetó del brazo y me dijo en apenas un susurro:

—Esto no me gusta, Salo.

Me liberé cariñosa de su presión y salí al exterior. El remolino de aire que provoqué al levantarme hizo que la servilleta con la lista de la compra sin acabar cayera al suelo lentamente.

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