(t3) El otro encuentro -I-

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Siendo la opción más evidente, la de mayor probabilidad de las que se me podían dar aquella noche, la de Brunella sin embargo era la que menos podía esperar. Diana por ese orden, o Fatine, me habrían sorprendido mucho menos y sin embargo, allí estaba mi romana de ojos verdes, con un botón más de lo habitual desabrochado en el escote, y una expresión de “estás detenido” que invitaba a no oponer resistencia.

En muchas ocasiones de las que me siento frente al teclado, y voy contando mi ajetreada vida en pequeñas porciones, recuerdo una conversación que tuve cierto día casi al principio de comenzar a escribir, con un tipo en Sevilla Este. Ocurrió en el Fuera Estudiao, cuando fui a por las botellas de vino de naranja para la cena con Diana.

Al tipo que estaba antes que yo, y a mí, nos ofreció el dependiente sendas copas de manzanilla helada cortesía de la casa. Bebí la mía de un trago con sed, y pedí otra dispuesto a pagarla. Mientras le preparaban su compra me sonrió con el descaro de a quién se conoce desde siempre, y me dijo a bocajarro.

—Sigo tus micros por Facebook.

—¡Ah! ¿Y qué te parecen?

—Al principio tuve mis dudas. No estaba seguro de que tu vida pudiera interesarle a nadie. Comenzaste a ser algo más que un entretenimiento para mí de los muchos que te puedes encontrar en las redes. Creo que tu historia tiene juego. Disfrutas de una vida, en la que las oportunidades se van sucediendo. Con las mujeres, la esposa del holandés y esa Diana que bebe los vientos por ti, aunque no te lo diga. En tu profesión ahora liberal, en la que seguro vas a ganar el dinero haciendo lo que en el fondo te gusta. Te conozco desde que eras policía en la comisaría de Los Príncipes. He seguido muy de cerca el caso Osset y creo que hiciste lo correcto pidiendo la excedencia. No te veo volviendo a la policía la verdad sea dicha, ya no necesitas el dinero. Creo que ahora la vida te llevará por otros caminos. Puedo imaginar algunos, intuir que necesitas tener la suerte en el amor, que cuando la madre de tu hijo cortó por lo sano hubieras intentado sin mucha fe tener, todo sea dicho, nuevamente con ella.

La vida es caprichosa —me dijo mientras el dependiente le alargaba sus bolsas por encima del mostrador y le daba las vueltas— y en ocasiones no nos ocurre nada en días, en semanas y hasta en años, pero otras desfilan por delante de nuestros ojos todas las oportunidades en tropel, para que a modo de burla del destino, tengamos que deshojar la margarita de las grandes decisiones. Mi madre solía decir, que el que tiene hambre con pan sueña, y es como si despertásemos en una inmensa panadería, en la que diferentes piezas de pan se nos ofrecen entre fragancias maravillosas. Creo amigo mío, que estás justo entrando en ese momento. Tu historia va sumando público. La gente se interesa por la vida de los demás, cuando ésta es trepidante, cuando hay pasiones, peligros e incluso muerte. Desde el tiempo de los griegos no ha cambiado una pizca. Entonces las tragicomedias llenaban los teatros, hoy en día, las inventan en las televisiones incluso rezumando falsedad. Por eso que alguien cuente su vida como es tu caso, resulta fascinante, porque tu vida es muy interesante, porque con ella las lectoras, los lectores encuentran, encontramos, capítulos que añadir a las nuestras mediante algo tan sano como la lectura. Carpe diem expolicia. Vive ahora que puedes, lo que no has podido vivir antes y no te preocupes, no te será difícil tomar las decisiones importantes, nunca lo ha sido en realidad. Todo caerá por su peso.

—¿Cómo puedes saber todas esas cosas sobre mí? Lo de la excedencia no lo he contado en los relatos. Escribí que pedí la baja…

—Que tengas buen día —se despidió afectuoso— y no dejes de escribir. Por lo menos a mí me encanta leer lo que escribes.

Aquel hombre alto, de complexión fuerte y cercano a los cincuenta, salió del establecimiento dejando como muestra de su existencia el resto de un perfume masculino. Lo último que recuerdo de él fue su cabeza de cabellos rubios con rizos entre los que se dibujaban algunas canas, entrando en un Ford Focus negro que estaba en doble fila en la puerta.

Aquel “carpe diem” se quedó en el aire igual que su perfume, que su sonrisa paternal y su mirada de saber de mí tanto como yo mismo.

Mientras Brunella apagaba el cigarrillo en el cenicero de la mesita de la terraza, recordé aquellas palabras y avancé hacia ella.

De la habitación de Aitor llegaban las notas del hilo musical que sin duda feliz por cómo iban las cosas, acababa de encender. Cuando estuvimos frente a frente, puso sus manos sobre mis hombros y comenzó a bailar lento la música de al lado. Me deje hacer y acompañé sus movimientos armónicos al son de la música, girando sobre el dibujo de nuestra pareja. Ahora era yo el que veía el interior oscuro de la habitación, y ella todo el Mare Nostrum a mi espalda.

—Nagore cariño, ¿tú no has llamado al hotel preguntando por nosotros verdad?

Eran las palabras de Aitor que acababa de salir a la terraza hablando por teléfono con tanta naturalidad, que su cuerpo se dibujó tras las cuadrículas del pavés medianero con la luz de su habitación, hasta hacernos estallar en carcajadas a Brunella y a mí: Aitor estaba en bóxer. Se asomó por la barandilla y enseguida se sumó al festival de las risas.

—Te lo dije sevillano, Nagore no ha llamado aunque creo que ya sabías la respuesta antes que yo. Perdón señorita —dijo mientras huía rumbo al interior como alma que persigue el diablo.

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