(t3) Dos botellas de Dom Pérignon -II-

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En un instante pasamos de ser una pareja transitando los senderos del deseo, a convertirnos en un par de chiquillos muertos de la risa, y con un pavo de aquellos que no se baja fácilmente de lo alto. Nos dolía el estómago, y el mero hecho de recordar a Aitor con su calzoncillo blanco tipo bóxer, tan grande él, tan rotundo y blanco como alba sacerdotal, nos hacía estallar una y otra vez en carcajadas, apenas unos segundos después de alcanzar el silencio. Al fin Brunella se dio por vencida y sugirió.

—Dile que pase y pedimos un par de botellas de champagne a recepción. Ya terminaremos de bailar en otro momento. Mañana madrugo  y a vosotros os espera un viaje hasta Napoli.

—¿Y tú cómo sabes lo del viaje?

—Soy policía, ¿lo recuerdas? Solamente tengo que teclear en mi ordenador tu nombre, y él me dice dónde dormirás mañana. Supongo que irás con Aitor, para eso estás trabajando en su protección.

—Perdone usted señora policía, su escote no es propio del cuerpo, al menos del de policía… —dije poniendo un tonillo socarrón.

—Vai, e vai a trovare il tuo capo. Anda y ve a buscar a tu jefe. Que se vista un poco, prego.

Brunella rompió de nuevo en carcajadas mientras yo salía de la habitación. Poco tiempo después volvimos Aitor y yo, y pasado un instante, un camarero llegaba con una cubitera enorme conteniendo dos botellas de Dom Pérignon Rosé Vintage, acompañado de tres copas de estilizado talle. Sirvió las tres copas con la inclinación perfecta, y esperó una mano amiga que le diese un billete de al menos 20 euros. Esa mano fue la mía.

Brunella propuso un brindis y se puso muy seria.

—Quiero brindar esta noche por el feliz encuentro frente al Coliseo de Roma. Por nuestra amistad y porque ahora que la vida nos propone nuevas oportunidades que en otro tiempo no fueron posibles, sepamos aprovecharlas.

Chocamos nuestras copas y bebimos casi de un trago el contenido de las copas. El Dom Pérignon estaba muy frío y muy bueno, y tal vez, nosotros dos necesitábamos salir del trance entre sus burbujas.

Aitor se sentía fuera de sitio. Se había vestido, desde luego, con una camisa suelta azul celeste y un vaquero que, hacía de él un hombre afable y grandullón. Me miró interrogándome sobre si le daba permiso para marcharse, y mi gesto inequívoco de que había un par de botellas por terminar, acalló su inquietud.

—Tengo que disculparme con vosotros —intervino Brunella—. No he desaparecido por gusto esta mañana. Mientras entraste a la tienda me avisaron por radio de que había habido un atraco allí cerca. Dos desgraciados se han liado a tiros dentro de una sucursal del Banco Vaticano. Parece justicia poética entrar a robarle a la iglesia, aunque herir a dos empleados y a tres clientes ya no lo es tanto.

Aquel comentario incomodó a Aitor. No sé si era de aquellos tan cercanos a la iglesia que no saben encajar un chiste sobre ella, o si en realidad, la idea del atraco y la sensación de que los peligros a veces enturbian la vida cuando ésta parece discurrir con placidez le hacía sentirse vulnerable. El caso es que tensó su espalda y se sirvió otra copa. Brunella advirtió la descortesía de no llenar el resto de las copas y lo hizo ella con gentileza.

—¿Y los atracadores? —preguntó al fin Aitor.

—Estarán prestando declaración supongo. El juez dijo que se vería con ellos por la noche.

Ahora no me quedaba duda de que Aitor se había sentido vulnerable. Entonces pregunté.

—¿Cómo los habéis interceptado?

—Habían pedido un coche para escapar, y yo he entrado para dejarles las llaves del mío. Eran dos pobres aficionados que han disparado sin mucha convicción. Si hubieran querido matar lo habrían hecho, y sin embargo, han disparado a las piernas. Estaban tan asustados como los clientes.

—¿Y?

—Y nada: codazo en la nariz de uno, y pistola en la cabeza del otro. Nada que no hubiésemos hecho cualquiera.

—Vaya señorita, cualquiera lo diría. Empiezo a pensar que son ustedes de una raza especial —comentó Aitor muy sorprendido.

—Tal vez algo de cierto haya en la idea, pero lo fundamental es el entrenamiento, conocer las técnicas y la seguridad en una misma.

Abrí la segunda botella y volví a rellenar las copas.

—Esta vez soy yo el que quiere proponer un brindis. Recuerdo un seguidor de mis relatos en Facebook, que me hizo hace algunos meses una recomendación que quiero hacer extensiva esta noche a los tres. Me dijo “carpe diem” y creo que tenía razón, de modo que brindo porque seamos capaces de aprovechar cada momento, y por Brunella, mujer de una vez.

Chocamos las copas y poco después intentaba dormir sobre mi cama. La habitación olía al perfume de Brunella, o eso me parecía a mí.

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