(t3) Desayunar las claves -XXII-

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Al abandonar el Hospital  Virgen del Rocío, se nos habían planteado varias interrogantes de camino al parking en el que yo dejé el coche de Nuria: ¿Dónde se quedaría Diana hasta recuperarse? A esa pregunta concluimos que lo mejor era en mi dúplex de Los Bermejales. Allí no iba a estar sola ni un momento, e incluso podría ser visitada por sus amistades sin problemas; mi casa era su casa. ¿Qué hacer entonces? Era la siguiente cuestión, y enseguida Diana propuso ir antes hasta su piso a por ropa, y mientras elegía y demás, nos invitaba a un café que yo comenzaba a necesitar. Pasamos por sus cosas al fin, y con el cuerpo algo más entonado por el café regresamos a Los Bermejales.

Una vez de vuelta en casa, y con las gestiones encaminadas para el resto de mi mañana, salí rumbo a la central con cierta prisa, por cierto, queriendo saber de una vez la historia del Patrol.

Aparqué el Citroën Cactus de Nuria en la explanada que hay tras el Metro de Blas Infante y me dirigí a la entrada de la Brigada Provincial de Extranjería y Fronteras de Sevilla, en busca de García. El policía de la entrada, un chico de nueva promoción y con el pelo cortado al dos me saludó de manera muy reglamentaria, y al saber que era antiguo compañero y que venía en busca del Comisario García, tensó los modales con desconfianza sin apartarse de mi camino. Alguien desde lo alto de las escaleras del edificio principal me dio una voz que acabó por derretir al chico de la entrada, al que yo ya había dejado de prestar atención.

—¡Historiador!

—Teniente Evaristo  —respondí yendo a su encuentro—. ¿Cómo estás?

—¿Te falla la vista desde lejos? Tengo estrellas de Capitán —contestó mientras nos abrazábamos.

El encuentro a media escalera, duró el tiempo de felicitarle por el ascenso, y de que me explicara que ahora se dedicaba en exclusiva a defender en los tribunales casos de compañeros, por algo era abogado. Por cierto, iba vestido de calle. Me contó que, aunque García seguía manteniendo despacho en las instalaciones, normalmente paraba en las de Jefatura, en Blas Infante 2, que había allí una causa adscrita a la oficina del DNI que se llamaba Sandra, y que salvo por su mujer, era conocida por toda la policía de Sevilla, y que lo normal es que mi coche estuviese a la espalda, en un reservado que tienen para sus vehículos a la entrada a las instalaciones deportivas de Mar del Plata.

Al salir, el joven de la garita que había presenciado toda la conversación con el Capitán Evaristo, se me cuadró con un respeto que sobrepasaba lo reglamentario.

De camino a Blas Infante 2 sonó de nuevo mi móvil. Era la secretaria de Aitor.

—Buenos días otra vez. Acaba mi compañera de hablar con los señores de Holanda.

—¿Se sabe cuándo vienen?

—El viernes próximo. Llegan en avión por la tarde. ¿Podrá estar aquí para entonces?

—Sin problemas. Allí estaré. No necesito billetes de avión: iré con mi coche para los desplazamientos posteriores. Habitación doble uso doble por favor.

Se hizo un silencio cargado de curiosidad, y al momento ella zanjó.

—Muy bien. Le mando a su correo la reserva como siempre. Agur.

—Adiós señorita. Nos vemos el viernes.

Rodeé las instalaciones de Jefatura en busca de mi coche, y contemplar su aspecto, sólido pero bastante maltrecho a la vista, me evocó inevitablemente el momento del impacto como si de una película se tratase. Salte la cadena que hacía de frontera entre el resto de las zonas de aparcamiento y lo acotado para la policía, y me acerqué a la puerta del conductor. Desde allí llamé a García que me prometió llegar en un momento. Llame también a la BMW y les indiqué el lugar de recogida del coche, y que yo les esperaría allí. Me ofrecieron una espera mínima de 15 minutos, con lo que me quedaban algunos, pocos, antes de la llegada de García para repasar mentalmente la película del impacto. El coche permanecía abierto, de modo que entré en el habitáculo y me senté al volante.

—Qué huevos tienes —escuché decir desde fuera.

Salí del coche y saludé a García que acababa de llegar.

—Es raro que la gente se atreva a entrar en el coche en el que han tenido un accidente.

—Ya pero es que la gente no pertenece o ha pertenecido al Cuerpo nacional de Policía —contesté sonriendo con ironía—. Lo que no he visto todavía con detenimiento es el impacto. ¿Sabes que los cabrones venían con las luces apagadas? Lo recuerdo perfectamente.

—Ya es lo de menos.

—¿Y eso?

—A las 6 de la mañana los bomberos han apagado lo poco que quedaba del Patrol.

—¿Dónde ha aparecido?

—En un campo que hay detrás del Mercadona de la Carretera de Su Eminencia con Avenida de la Paz.

—¿Gente de las 3.000 viviendas?

—Puede.

—¿Puede? No me jodas García.

—El coche llevaba dado de baja desde hace cuatro años. Lo habían vendido a un desguace y luego…

—¿Luego?

—Los de la científica están liados con él. Parece que se ha utilizado para transporte de drogas por las modificaciones de la carrocería. ¿Te da eso alguna idea?

—Puede.

—Ahora no me jodas tú a mí. ¿Cómo que puede?

—Mira, ahí llega nuestra grúa. Firmo la recogida y te explico. Además, hay un tema de posible tráfico con Holanda y una desaparición de la que quiero hablarte.

Mientras se llevaban el BMW echamos a andar sin decirnos nada, no en dirección a la Jefatura, sino en dirección a una oficina en la que desayunábamos generalmente todos los que no vestíamos uniforme. El Almacén de Santa Fe, frente al Parque de los príncipes.

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