(t3) Consecuencias -IX-

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Esta vez fue Diana la que alargó con sorpresa su saludo ante el cuadro que debía estar presenciando en su teléfono. Allí estaba ella, vestida de punta en blanco y sentada en su despacho, sin duda, sembrada de ilusiones porque nos viésemos las caras, e imagino que por saber sobre mi vuelta, y aquí estaba yo, con Fatine enfundada en el pijama que le había dejado Brunella, mostrando un aparatoso vendaje en su cabeza, y ahí estaba ésta, flanqueando mi otro costado. No pude evitar repetirme sonriendo para mis adentros «Vanitas vanitatum omnia vanitas» («Vanidad de vanidades, todo es vanidad»). Tres mujeres maravillosas que a su manera querían vivir conmigo cosas diferentes y en cierto modo la misma: esa parte de la existencia en la que todo parece más atractivo si se comparte. Brunella una incógnita que al parecer, siempre tuvo guardada en una lámpara maravillosa, y que apenas había empezado a destapar a través de nuestro reencuentro, quería llevarme a la cama. Fatine sin lugar a dudas la menos posesiva, capaz de compartirme desde un plano tan noble que despertaba en mí admiración. Creo que su sentimiento bien podría pasar por el más desinteresado, y por eso quería llevarme hasta su corazón. Aquella Diana que nos miraba un tanto perpleja desde el otro lado de la pantalla, era sin duda la de inteligencia más práctica, y la de mayor empuje aunque lo tuviera reprimido durante toda nuestra vida de amigos; Diana quería llevarme hasta su vida.

—Hooola grupo —acertó a decir.

—Hola Di —respondí decididamente—. ¿Cómo estás? ¿Qué te parece el cuadro?

Antes de que respondiese, Fatine volvió a mediar desde su sabiduría ancestral.

—Hola Diana. Tenía muchas ganas de hablar contigo. Anoche estaba yo en un hospital italiano con la cabeza golpeada, y apareció tu sevillano. Cosas de los polis, que siempre se las apañan para saber cómo ayudar a los necesitados, y ahora ya ves, en casa de esta otra amiga suya a la que acabo de conocer, y que también es policía aquí en Roma, y que me ha dejado hasta este pijama que llevo puesto.

Brunella saludó con la mano mientras decía un escueto —¿Come stai?— mientras intentaba asimilar este nuevo capítulo de la novela negra y de pasión que había comenzado a escribir apenas unas horas antes conmigo.

—Hola Fatine, yo también tengo algo que contaros. Algo que no es precisamente bueno y que no pensaba compartir contigo, porque ni me imaginaba que ibas a estar con él.

En su tono había un poso de incomodidad que Fatine atajó al instante.

—Ni yo tampoco, ya te lo he dicho. Me vine a Italia a hacer turismo, y a reponerme de las emociones que los dos, bueno los tres, o los seis habíamos vivido en Marruecos, y ayer me atracaron. ¿Cómo llego tu poli barra mi poli, a saber que yo estaba en aquel hospital…?

—Eso fue cosa mía —intervino Brunella—. Por casualidad pasó por las manos de un compañero que manejaba un atestado en el que estaba tu amigo, otro, el del atraco de Fatine, en el que se mencionaba una tarjeta con su nombre. Cuando fue al hospital INI, todavía no sabía de quién se trataba y, yo acabo de conocer a esta señorita marroquí, que sin duda, es buena amiga de vosotros dos, por lo que yo estoy encantada de poder ofrecerle mi hospitalidad. Nosotros nos encontramos por casualidad. Él había venido con un señor vasco al que prestaba seguridad, y al que pretendieron secuestrar. En fin, el hombre a estas horas estará durmiendo en Bilbao para reponerse del susto, y nosotros cuatro en esta videollamada llena de cosas que aclarar por lo visto.

Creo que Diana sintió en ese punto algo de vergüenza. Después de todo, nada se correspondía con su impresión inicial, lógica por cierto. Ahora que el camino parecía despejado y por apartarnos de su rumbo inicial, pregunté directamente a Diana.

—¿Qué querías haberme dicho? ¿Cuál era la mala noticia? Puedes hablar sin problemas. Brunella es de toda confianza.

Carraspeó un poco mientras posaba sus ojos en algún punto infinito de la parte alta del despacho.

—Tiene que ver con nuestra estancia en Marruecos. Ha venido a verme ayer Jaime, el picoleto. Al parecer a su hermana Malak, durante el tiempo en el que la tuvieron secuestrada en aquella nave del puerto de Nador, aquel saco de músculos del clan de Alí la violó varias veces, prefiero no entrar en detalles. El caso es que está embarazada.

—A mí ella me lo había contado —interrumpió muy bajito Fatine—, y tenía la sospecha de que tal vez…

—La chica ahora está en Algeciras. En un principio había omitido esa parte en su declaración del juzgado, pero visto lo visto, su abogado solicitó una ampliación de sus manifestaciones, y se ha iniciado un protocolo IVE, para que pueda abortar. Jaime me preguntaba si yo conocía alguna clínica en Sevilla. Esos sitios son poco recomendables para los hijos del cuerpo, y Jaime prefiere hacerlo lejos de su casa.

Brunella se levantó para llevar a la cocina la bandeja, cosa que hubiera hecho justamente cuando sonó mi teléfono un rato antes, Fatine recogió su cara entre la las manos en señal de abatimiento, un abatimiento fruto de su capacidad de empatizar con todo el mundo, y Diana y yo dejamos nuestras miradas enganchadas a través de la pantalla, mostrando rabia por la suma de injusticias sobre la chica, y un destello de los de, tengo muchas ganas de verte.

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