(T3) cinco taxis -XVIII-

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Fatine hundió la cabeza en mi pecho entre sollozos. Sin duda el pensar que me, nos, podía haber ocurrido algo, generaba en ella una dosis de angustia enorme, y constatar que yo estaba bien, soltaba sus lágrimas y con ellas el estado de nervios al que había estado sometida desde mi llamada. Comprendo que estas cosas solamente se superan desde la tranquilidad, cuando compruebas que todo está bien, es decir, como tú quieres. Lo comprendo, y por eso el llanto de Fatine me inspiro una ternura infinita.
—No llores cariño, los dos estamos bien.
—Lloro de gratitud. He vivido contigo en estos últimos tiempos muchas cosas. Casi todas maravillosas, otras de peligro, y otras divertidas. He descubierto que algo me une contigo, algo telúrico y mágico que saca lo mejor de mí. Poder abrazarte ahora me genera gratitud. No sé si lo puedes entender. Quise en Marrakech ofrecerme a ti como una verdadera esposa. ¿Lo recuerdas?
—Claro que lo recuerdo. Lo recuerdo todo muy bien y yo también le estoy agradecido a tu entrega, a tu amor, a la profesionalidad de mi agente secreta favorita.
Ambos sonreímos con la broma, y desde los cuadros de cristal de la puerta doble por la que yo antes había salido del box de urgencias, observé como se acercaba un celador empujando una camilla.
—Creo que ahí viene Diana.
Nos acercamos hasta la puerta doble y, en efecto, algún mecanismo accionado desde dentro abrió las dos hojas de manera mecánica. Diana nos saludó con una sonrisa. Al llegar a nuestra altura, Fatine se agachó sobre ella para colmar de besos a la cazadora. Sin duda esta mujer era muy grande, y anteponía sus mejores sentimientos, a los de la competición, competición en la que yo era el premio.
—Diana, cielo, qué bien que estés tan bien.
Hasta el celador nos acompañó en el concierto de sonrisas que, a coro suscitaba el cómico comentario.
—No te creas Fatine, hasta que no me haga efecto del todo el analgésico, parece que me han tirado una bomba sobre la cabeza — respondió devolviendo las muestras de cariño con sinceridad.
Por fin llegamos hasta la habitación que se nos ofreció impoluta y vacía, y con el hueco para una sola cama. Era lo previsto. Para cuando el celador nos dejó a solas a los tres, entre ellas ya se habían puesto de acuerdo en que yo me iría a casa a dormir, y Fatine se quedaría a pasar la noche con Diana a su cargo. Al fin y al cabo, yo también había sufrido el accidente, y toda la tensión que una circunstancia de ese tipo deja a modo de agotamiento como secuelas merecía su reparación.
El fresco de la noche al salir a la calle en busca de un taxi, hizo que mis sentidos se alinearan con que tal vez, alguien había intentado atentar contra mi vida un par de horas antes, y de rebote contra la de Diana. Por suerte, cerca de los hospitales siempre hay taxistas al acecho en busca de los últimos rezagados. No tuve problemas en subirme a uno que, como de la nada, surgió ante mis ojos para ayudarme a poner fin con rapidez a aquella noche infausta. Indiqué al taxista mi dirección en Los Bermejales, y a pocos metros de abandonar las inmediaciones del hospital, tuve la extraña sensación de que un coche nos seguía. Las lunas tintadas del taxi, la noche y sus luces a nuestra espalda, me impedían diferenciar de qué marca y modelo de coche se trataba, aunque tenía aspecto de coche de los de última generación, por sus faros de led. Al pasar junto al campo del Betis por la Avenida de la Palmera, el último semáforo de la vertical con el gol sur se cerró, el vehículo que parecía seguirnos se puso a nuestro lado por la izquierda, y entonces pude ver que, en efecto, se trataba de un Audi Q3, blanco y con aspecto de alto de gama. Dentro, un par de tipos de no más de treinta que hacían como que hablaban, pero que yo sabía que observaban el taxi disimuladamente. Es un sexto sentido sin duda, pero cuando eres policía aprendes a evaluar en décimas de segundo, situaciones complejas y peligrosas.
El muñeco de los peatones del semáforo se había puesto en rojo. Aquel fue el momento de echar sobre el asiento del copiloto del taxista un billete de 50 euros, y pedirle que arrancase tan rápido como fuera capaz, y que en vez de seguir por la Avenida de la Palmera, torciese a la derecha siguiendo la parte del campo del Betis junto al gol sur. Aquello pilló desprevenidos a los del Audi, y a medida que el taxista aceleraba y se alejaba del semáforo en el que ellos estaban todavía, yo respiraba un poco más tranquilo, hasta que vi que ponían el intermitente de la derecha y arrancaba tras nuestros pasos haciendo chirriar las ruedas, y provocando el frenazo de otro taxista que estuvo a punto de chocar contra ellos cuando se cruzaron por delante. Ahora ya no me cabía ninguna duda. Nos estaban siguiendo a toda velocidad.
Los taxistas que hacen la noche suelen ser gente experta en situaciones digamos, peculiares. El que me tenía que llevar a casa, hombre de unos cincuenta, gordito y con aspecto de osito panda, sin duda había aprendido todas las lecciones a la perfección. Enseguida comprendió la realidad del asunto, y comunicó por la emisora del coche. “Problemas calle Ifni dirección Bermejales”. Nunca sabré cómo pudieron aparecer en medio de la noche cuatro taxis que se pusieron a nuestro lado cerrando el paso al Audi, que entendió perfectamente que por hoy ya no tenía nada más que hacer, y abandonó la persecución.
Los cinco vehículos llegaron hasta el portal de mi bloque, y tras darle a mi taxista otros cien euros en dos billetes de cincuenta, le pedí que invitase a sus compañeros, a los que agradecí desde el portal sus servicios con una sonrisa y agitando la mano levemente.
Aunque estaba seguro de que me buscaban a mí, no pude evitar llamar a García para pedirle que un par de hombres estuvieran pendientes en las inmediaciones del hospital de Diana y de Fatine.

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