(t3) Cerca, lejos, todo es relativo -XV-

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Quizás uno de los peligros más graves de que sane una herida es que se pierde la perspectiva. O más bien, que se recupera algo de ella. Se deja de estar en el ojo del huracán, donde todo es convulsión, vendaval y destrucción, y se pasa a un relativo estado de calma donde ya nada se derrumba, donde el suelo es firme y las paredes resisten. El peligro de que una herida sane es que dejamos de ser tan vulnerables, y empezamos a valorarnos, a querernos como antes pensábamos que sólo nos podía querer una pareja, y a tomar conciencia de que nosotras mismas somos nuestras mejores amigas, nuestras mejores aliadas en las batallas que decidamos librar, y nuestras peores enemigas si decidimos abandonarnos y dejarnos caer. ¿Es el tiempo el único antídoto para curar un desamor? ¿Qué es exactamente lo que hace que un buen día todo sea diferente? ¿Se trata de madurez interior frente al arrebato pasional de la locura de amor? Al final, ¿somos nosotras las que hemos complicado cosas que nos damos cuenta ahora que son mucho más simples?

Me di cuenta de que la última vez que había estado en ese jardín fue la primera y única tarde que pasé allí con Eme. Extrañamente, sólo me hizo sentir mal por haber dejado que pasara tanto tiempo sin dedicarme un rato a mí misma. Me había dejado llevar por mis desgracias, por mi propia conmiseración y no me gustaba constatar que me había perdido por el camino. La tranquilidad que me transmitía aquel paraíso en mitad de la ciudad me hacía relativizar mis problemas, y darme cuenta de que tenía muchos motivos para ser feliz,  a pesar de que hubiera sufrido el desamor más grande de mi vida, a pesar de que hubiera tenido que gestionar la vuelta de Eme y rechazar su oferta de #másdelomismo. ¡Qué importaba todo aquello si podía sentarme al sol y olvidar por un momento que tenía alguna obligación más allá de respirar!

Como casi siempre, el jardín estaba prácticamente desierto. Una pareja a lo lejos sentada leyendo un libro, y yo. No se veía a nadie más. Pasé algunos minutos con los ojos cerrados, recargando mi energía cual lagartija pegada en una piedra, cuando llegó a mis oídos su voz. No podía ser cierto. Abrí los ojos y giré mi cabeza hacia el camino que lleva desde la entrada al interior del museo y, efectivamente, allí estaba él. Caminaba en mi dirección, con un maletín en una mano y el abrigo en la otra. A su lado, una deslumbrante morena, formalmente vestida, sonreía y guardaba una carpeta de papel en su maletín de Loewe. Si me quedaba donde estaba iban a pasar a cinco metros de mí, y no me apetecía nada en absoluto. Intenté pensar en alguna solución, pero hice lo único que se me ocurrió: me levanté y me oculté detrás del árbol sobre el que estaba recostada. Dos segundos más tarde ya me estaba arrepintiendo. ¿Qué diablos tenía yo que ocultar? Pero ya no podía volver atrás. Seguí observándolos desde detrás del árbol, empujando con el pie mi bolso, que parecía haber sido abandonado por alguien a plena carrera. Joder, iba a ser un milagro si no me veían. Con suerte, su charla animada los entretendría lo suficiente como para pasar sin advertir nada.

Me llegaban ya sus voces cada vez más cercanas, y yo seguía espiando su avance desde detrás de aquel tronco y protegida por mis gafas de sol. Me sentía parte de una película como «La Ventana Indiscreta», donde todo lo improbable puede suceder. Lamentable acabar así mi ratito de remanso de paz. Fui dando pequeños pasitos alrededor del tronco del árbol a medida que la inesperada pareja se acercaba, para intentar quedar siempre fuera de su alcance visual. Cuando su trayectoria estuvo más alineada en línea recta con mi árbol-escondite, sonó mi móvil. Mierda. Me abalancé sobre el bolso, intentando silenciarlo cuanto antes, pero claro, intentar abrir la cremallera y coger el teléfono antes de que diera al menos tres tonos más, fue imposible. Agachada sobre el bolso, con el pelo suelto cayéndome sobre la cara, era difícil comprobar si me habían visto, pero supuse que sería lo más probable. El árbol que yo había elegido estaba tan cerca del camino que a mí también me habría parecido extraño escuchar un móvil sonando y no ver a nadie. Opté por la solución que me pareció más lógica: me tiré al suelo como si hubiera estado allí tumbada tranquilamente todo el rato. Con un poco de suerte, podría hacerles creer que no me habían visto al salir del museo por puro despiste, pero que siempre había estado ahí.

Cogí el móvil y vi que era Emi la que me llamaba. Unos minutos antes la había llamado yo pero no me había respondido. Maldita mi suerte. Corté en seco su llamada y cerré los ojos deseando escucharlos pasar de largo. Pero no iba a tener tanta suerte.

—¿Salomé, eres tú? —escuché a Eme preguntar.

Joder. No podía seguir fingiendo. Asomé la cabeza con despreocupación y aparentando sorpresa.

—Hola —dije, alargando mucho la «a» y levantándome del suelo.

Leí el desconcierto en la cara de Eme y la cara de circunstancia de la mujer que lo acompañaba. Él se despidió de ella con un leve apretón de manos y una explicación que no llegué a escuchar sobre mi persona y ella le dedicó una sonrisa almibarada que habría derretido al mismísimo Hombre de las Nieves. Eme se acercó a mí mientras yo me perdía en los andares de aquella morena, mareándome al instante.

—¿Qué estás haciendo aquí? —preguntó él, realmente interesado.

Iba a responderle con naturalidad cuando añadió.

—¿Me estás siguiendo?

Le di un tortazo en el brazo y le dediqué un «no seas idiota».

—Parecía que estabas escondida.

—¿Y de quién iba yo a esconderme?

Me quitó una brizna de hierba del pelo y me sonrió. Consiguió apaciguarme.

—Bueno, ¿y tú? ¿Qué haces aquí un sábado por la mañana? —le pregunté yo.

—He conseguido cerrar un contrato importante. Si todo sale como parece, podría significar mi llave para quedarme en España.

—¿Cómo?

—Estoy intentando convencer a mi mujer de que no podemos dejar que lo de Estados Unidos se convierta en permanente. Y una forma de convencerla es consiguiendo mucho más trabajo, que repercuta en nuestra economía de manera significativa, para que ella se lo plantee.

Lo miré con lástima. Qué pena me daba ver que era un pobre pelele.

—¿Qué? —me preguntó sin darse cuenta de nada—. ¿Nos tomamos una cerveza y te lo cuento todo? Aún tengo un rato antes de recoger a Fabiola.

—No, gracias, he quedado. Tengo que volver.

Él pareció contrariado.

—Pero, pensé que tenías un rato libre…

—En realidad, no.

—Bueno, ¿quieres que te acerque?

—Te lo agradezco, pero prefiero pasear —le dije alejándome.

Cuando ya me había retirado unos metros, me giré para mirarlo. Lo vi allí, de pie, parado, sin dejar de observarme y volví a sentir mucha lástima por él. Sabía que quería hablar, contarme cómo le iba, cuáles eran sus planes… sabía que lo  necesitaba. Pero sinceramente, a mí no me apetecía. Le lancé un beso al aire y volví sobre mis pasos hacia casa. Hoy no estoy, señor Eme.

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