(t3) Bajo mi pecho -XIV-

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La T4 del Adolfo Suárez de Madrid me pareció mayor que nunca. Tal vez con el cambio de nombre del aeropuerto y los últimos retoques, éste se había convertido definitivamente en uno de los nudos de transporte más importantes del planeta. La gente no acierta a imaginar cosas como que las maletas llegan a circular por los túneles del handling a velocidades de hasta casi 100 km por hora, o que cada 90 segundos un avión aterriza o despega de sus pistas.

Llegué con el tiempo justo de tomar un sándwich y una Coca Cola en uno de los establecimientos que compiten por el turista en tránsito, y enseguida estaba en el embarque del próximo avión con destino Sevilla de la compañía Vueling.

Cuando el vuelo se convierte en visual para los pilotos, y la aeronave se acerca al aeropuerto de San Pablo descendiendo apenas a unos centenares de pies sobre el suelo, las urbanizaciones del entorno de la autovía A-4 se convierten en maquetas con vida propia, en las que personas y vehículos se mueven a cámara lenta. Siempre tengo la misma sensación de la vida en otra fase bajo el fuselaje del avión.

El taxista que me recogió en la terminal sevillana intentó ponerme al día de su conflicto con los VTC, pero yo no estaba mucho por la labor de escucharle. La mejor manera que tuve para abstraerme del mitin fue llamar a Diana. Apenas dos tonos fueron suficientes.

—Hola mi niña.

—Vaya pero si es mi poli. ¿Qué amistoso pareces?

—Es que tengo ganas de verte.

—Pues aquí me encontrarás. También a Malak y a Fatine. En fin querido, que tienes reunido a tu club de fans casi al completo –argumentó con socarronería— y solamente nos falta la poli italiana.

Un segundo de incertidumbre se manifestó entre nosotros en forma de silencio. La complicidad que Fatine y Diana cosecharon en Marruecos, bien podía haber puesto sobre el tapete a Brunella, incluso algo más allá de los límites que nunca llegamos a sobrepasar, y que a Diana, mujer, perspicaz y creo que al menos un poco enamorada, pinchaban en forma de celos, de los que acaso estaban apareciendo como los primeros rayos de sol de la mañana.

—Paso por casa a dejar la maleta, me ducho y me acerco a invitaros a cenar si os apetece.

—Corre pimpollo, aquí te esperamos –fue su despedida enigmática.

A veces al llegar a casa confieso que me encantaría escuchar el maullido zalamero de Catusa. No sé si con este trajín de idas y venidas que llevo, y la vida sin amarres pero con muchos lazos emocionales, que ésta empieza a pedirme ya un poco de calma. Mucho menos, adivino si la acción que parece haberse apoderado de mis últimos tiempos, me acompañará todavía durante los siguientes meses, o tendré la oportunidad de ir a ver a Carlos, mi hijo, a Londres. Cada vez que hablamos le encuentro más hombre y, creo que ya puedo compartir con él las cosas de otra manera.

Con vaqueros claros, camisa blanca por fuera y americana de Massimo Dutti salí rumbo a casa de Diana. Al fin y al cabo, la aventura es la aventura, y de casos más complejos, delicados y peligrosos había salido antes.

Diana abrió la puerta y chispeante me planto un beso en los labios a modo de recibimiento. Discreta y en el salón, estaba Fatine, sin venda alguna, y con suficiente maquillaje como para que el derrame que bajaba por su frente y sobre su ojo izquierdo pareciese nunca haber existido. Se levantó mientras me interrogaba con la mirada, tal vez para saber qué había pasado al fin en la casa de Ostia de Brunella, o cómo me saludaba para no incomodar a nadie. No lo dudé un instante, y besé sus labios de manera ceremoniosa. No iba a hacerle a nadie feo alguno. Malak se levantó a continuación algo violenta, y besó mis mejillas guardando la compostura.

—Fatine, ¿cómo te encuentras? Veo que ya no llevas venda. Juraría que la atracada en Roma fue otra.

—Pues te aseguro que era yo. Ya sabes que bicho malo…

—Anda ya mujer –intervino Diana—, que si algo tenemos claro todos es que de mala tienes poco.

—Y tú Malak, ¿qué tal te ha ido?

La hermana de picoleto que acababa de asentir con la cabeza al comentario de Diana no estaba por hablar mucho.

—Bueno, ya ves –fue su escueta y lánguida respuesta.

—¿Os apetece que vayamos los cuatro a cenar? Me han mandado estos días por WhatsApp la invitación a la apertura del Restaurante Sobretablas. Lo ha montado mi amiga Camila Ferraro, con su novio Robert Tetas. Él era sumiller en el Celler de Can Roca, y ella la jefa de producción. La cosa promete.

Sabía que el apellido de Robert provocaría en el trío alguna carcajada, y actuaría de salvoconducto para que se precipitaran al baño de Diana a retocar maquillajes, y a por trapitos para la ocasión.

Minutos después aparcaba el X4 en la calle Colombia. El Sobretablas se levantaba majestuoso frente a nosotros, ocupando un chalet de los que se construyeron en el Porvenir para la Expo del 29. La buena cocina española iba a tener para nosotros su momento. Tras los saludos de rigor a la pareja regente del restaurante, con la presentación de rigor de Robert que nos acompañaría a uno de los tres salones de la planta superior, y la instalación en el sitio, claro y acogedor, comenzó la cena.  De uno u otro modo, las tres estaban bajo mi pecho. Sucederían también más cosas aquella noche que no estaban previstas pero ocurrieron.

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