(t3) Bajar del cielo en Ostia -IV-

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Aquel tipo de tez soleada y no más de cuarenta me miró con cara de muy pocos amigos. Me acababa de cruzar en su trayectoria y tuvo que frenar en seco.

—Perdone. Creo que busca usted a mi jefe.

Relajó un poco el gesto y jugó a ser amable, contestándome en un perfecto castellano con acento inidentificable.

—Buenos días. Ya sabrá que hemos quedado en recogerle a las 8,30.

Recalcó lo de la recogida en singular, indicándome de paso que yo sobraba en el transporte.

—Sí, sí, claro. Por eso estoy yo aquí en vez de él —me gustaba jugar a impacientarle—. Pero no se crea que tengo poderes para firmar ni nada por el estilo. Ya me gustaría.

—¿Entonces?

—Entonces tendremos que esperar a que se sienta mejor. Se ha indispuesto tras el desayuno y… Siempre le digo que no abuse del zumo de naranja, pero no suele hacerme caso. Ahora está descansando y no se le puede molestar. ¿Me deja un número y le llamo en cuanto se restablezca?

Deliberadamente le había cortado todos los caminos posibles de acceso a Aitor al menos por el momento, y aquella ruptura ponía a prueba sus reflejos que, como intuí, no eran de lo más despierto frente a situaciones no previstas.

Gruñó un “No se preocupe, luego vuelvo” y retornó sobre sus pasos.

Se estaba subiendo al coche cuando sonó mi teléfono. Era Brunella.

—Acabo de tomar la matrícula del Mercedes. Tu jefe tiene apagado el móvil, puedes estar tranquilo por eso. Ahora mismo están pasando frente a mi coche.

—¿Aitor está contigo?

—Claro. ¿Recuerdas que los cristales están tintados? Sal y sigue calle arriba, estamos a veinte metros.

Recorrí el tramo desde la puerta del hotel hasta el Lancia camuflado, mirando en todas direcciones. Por fin abrí la puerta del acompañante y me senté con un resoplido.

—Vaya telita. ¿No os parece un poco temprano para comenzar una ronda? No estoy yo para fiestas.

—¿No te estarás haciendo viejo?

Era la segunda vez que Brunella me lanzaba la broma, sin duda buscando venganza por lo de un rato antes, o pretendiendo que picara un poco más en su anzuelo.

—Si así fuera, no habría tenido la intuición de desmontar todo esto antes de que comenzara. De todos modos cuando quieras te propongo un ejercicio de tiro. Si no hago seis blancos de seis disparos duplicaré los intereses de la deuda.

Aitor estaba callado en el asiento trasero. Ni entendía nada ni lo pretendía.

—¿Dónde nos llevará la señora?

—Signorina si no te importa. Vamos a mi casa. No se me ocurre de momento otro sitio más seguro.

A media hora del centro de Roma está Ostia, la playa secreta a voces de los romanos. Aquella zona residencial de la que en otro tiempo me había hablado mi compañera, era nuestro destino y el espacio de seguridad en la que parar a tomar decisiones.

El adosado de Brunella era pequeño y tan delicioso por fuera como por dentro. Su calle discurría paralela al paseo marítimo. La Via del Fabbri Navali cumplía con las más exigentes expectativas de seguridad. Calle estrecha, muy poco transitada y de una dirección. También era buena mi amiga, eligiendo para vivir con seguridad y discreción. Sin duda era una gran policía.

—Pasad y poneos cómodos. Voy arriba, tengo que hacer una llamada.

Aitor seguía sin despegar los labios. Todo aquello le superaba, y tampoco era para tanto. Hasta el momento solamente habíamos tomado precauciones. Se sentó en un sofá estampado en cretona de cuadros gigantes en granates y marrones y se dejó caer hacia atrás abatido.

—Alegra esa cara hombre. No ha pasado nada.

Por fin parecía decidido a hablar, y lo hizo en tono grave.

—Escucha una cosa sevillano. Cuando tenía 14 años ETA secuestró a mi tío. Fue antes de lo de Revilla. Creo que seis o siete años antes. Nos pidieron absoluta discreción a toda la familia. Mi abuelo entregó 10 millones de pesetas pero… nunca más volvimos a ver a mi tío. Estuvieron sin cerrar el expediente no sé cuánto tiempo.

—Nunca se cierran —expliqué.

—Todo esto me ha removido cosas que creía superadas pero, ya ves, ni de coña.

—Vaya hombre, lo siento Aitor.

Sonrió.

—Me va a gustar el nombre ese que me has puesto.

Desde arriba Brunella me llamó.

—¿Podrías subir un momento?

Me esperaba descalza y sentada en la cama, seria, dando vueltas al móvil entre las manos.

—¿Qué pasa?

—Ya tengo el informe. Son colombianos. Me extrañaba que fueran de aquí, no es su modus operandi. Se dedican a secuestrar a gente con dinero. Tienen una buena red de informadores. Ya sabes: hoteles, agencias de viajes, bancos… en fin, todo un surtido.

—¿Y?

—No sueltan una presa cuando la tienen en la boca, y o si han decidido que es para ellos.

—¿Y si vuelvo al hotel y los pillamos?

—Puede, pero no te olvides que ya no eres poli, y que estás en Italia. De los pillamos nada. Te diré lo que vamos a hacer. He pedido que llamen a la Embajada de España, y que gestionen para tu jefe un billete de avión lo antes posible. Primero que embarque y luego tú y yo tenemos trabajo que hacer.

—Me parece bien. Hay que trabajar.

Cruzó las piernas con toda la malicia que pudo y concluyó.

—Y cuando una trabaja, debe cobrar por ello. La jornada y las extraordinarias.

Se levantó insinuante y con la palma de su mano acarició suavemente mi mejilla y besó mis labios con un roce apenas imperceptible que me produjo una sacudida en algún lugar, tal vez en la conciencia. Se levantó y se dirigió hasta la puerta.

—¿Bajamos?

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