(T2) Volver a la vida -II-

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A pesar de que la experiencia tiene sus innumerables ventajas, cuando una compara el entusiasmo, la efervescencia y el paroxismo de la juventud con la reflexión, la mesura y el sosiego, es inevitable añorar esos sentimientos con algo de melancolía. Con la madurez, hasta las cuestiones de amor se viven con algo más de distancia. Tenemos tantas responsabilidades que una ni siquiera puede permitirse enamorarse con la misma vehemencia. Por tanto, ¿no deberíamos esperar que el desamor fuera igualmente proporcional? ¿Por qué olvidar a alguien a quien quieres duele igual a los veinte que a los cuarenta? ¿Y qué pasa con ellos? ¿Tienen un chip único que les permite olvidar más rápidamente? ¿Son los hombres más asentimentales?

La rutina del trabajo me ayudó a mantener la mente ocupada pero cuando llegó el verano, ahí tuve que echar mano de la alta ingeniería inventiva para conseguir echar los días fuera. Menos mal que contaba con mis amigas. No es que mi verano hubiera sido diferente de haber seguido con Eme, nuestra relación siempre estuvo proscrita, pero el dolor que sentía iba a acompañarme dondequiera que planease irme de vacaciones. Ellas sabían que no podían dejarme sola en esto. Y no me defraudaron. En algún momento durante mi duelo debí de informarles de mis fechas de vacaciones, porque un día llegaron a casa echando cuentas y hablando de horas de salida como si yo no estuviera allí. Al cabo de un rato, cuando parecían haber llegado a buen entendimiento, se dignaron a contarme que tenía que poner quinientos euros para una casa preciosa que habían alquilado en Menorca y a la que nos iríamos con los niños durante diez días.

Sinceramente, cuando ves que las personas a las que les importas se toman tantas molestias en tu bienestar, en cuidar de ti, es muy gratificante. Y teniendo en cuenta que aunque me hubieran ofrecido un alojamiento de lujo en Malasia tampoco habría pegado botes de alegría, la idea de descansar dejándome querer por mis chicas, hacía que el nivel de confortabilidad interior subiera al menos un punto.  La tristeza la llevaba por dentro y no podía emocionarme con nada. El recuerdo de Eme me golpeaba como un martillo cada minuto del día y mutaba en un taladrador automático por la noche. Pero les debía a mis niños unas vacaciones y mejor ese plan que ningún otro.

Mariluz se encargó de buscar vuelo para todos y antes de que nos diéramos cuenta estábamos en el aeropuerto de Menorca, recién aterrizaditas de Sevilla. Mientras las seguía cargada de maletas, viéndolas organizarse para pillar dos taxis y distribuyendo niños y equipaje, me sentí muy afortunada. Sabía que a Mariluz le habría costado lo suyo dejar a Josema por detrás durante diez días. Ellos solían pasar el verano en la casa que la madre de Josema tenía en Conil, así que supuse que también habría habido reproche por parte de su suegra. Diana seguro que tenía mil planes más atractivos que meterse en una casa con cinco niños entre los que no había ninguno suyo. A la única que veía disfrutar era a Emi. Había dejado a la pequeña Cristina con su madre sin dudarlo —seguía sin conceder al padre de la criatura ningún crédito como cuidador—, y se había venido ella sola con el mayor. Parecía haber decidido que esas vacaciones también serían para ella por primera vez en muchos años.

La casa era una preciosa construcción de estilo típico balear, a tan sólo unos minutos de Ciudadela. Nos instalamos en menos de una hora, deshicimos las maletas, colocamos la ropa en los armarios, y nos pusimos a hacer una lista de la compra para llenar el frigorífico.  Me ofrecí para acercarme al supermercado más cercano, tampoco teníamos que ir las cuatro juntitas a todas partes y además, intentar sacar a los niños de la piscina —de la que ya se habían adueñado—, no iba a resultar tarea fácil. Diana enseguida se dispuso a acompañarme, yo suponía que el nivel de paz interior de mi amiga era inversamente proporcional al volumen de gritos y chapoteos, así que acepté su compañía sin insistir en que no era necesario.

—¿Cómo lo llevas, amore? —me preguntó en cuanto nos vimos a solas por los pasillos del súper.

—Lo echo de menos, Di.

—Es normal, cariño —mi amiga se agarró de mi brazo.

La miré y dejé caer mi cabeza en su hombro.

—Tengo la sensación de que no voy a volver a ser feliz jamás.

—No digas estupideces. Los hombres harán cola a la puerta de tu casa.

—No quiero ni oír hablar de hombres.

—También es normal. Pero también pasará. Tómate tu tiempo.

Seguimos avanzando por los pasillos, tachando eficazmente cosas de la lista de la compra e incorporándolas a nuestro carrito. De pronto, me asaltó un pensamiento y me paré en seco para preguntarle aterrada:

—¿Crees que volveré a reírme alguna vez?

—Claro que sí —me respondió ella, quitándole importancia —. Volverás a reírte cuando algo tenga mucha gracia.

Y asumiendo como siempre que sus sentencias eran premoniciones infalibles, desde mi infinita tristeza, fui capaz por un segundo de mirar al futuro con una pizca de optimismo.

 

Photo by Jason Briscoe on Unsplash

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