(t2) vino, veneno y vértigo -XXXVIII-

Posted on

Con la familia política, una sabe que en muchas ocasiones toca ser generosa en pos de la feliz convivencia con la pareja. Y la verdad es que siempre me he preguntado por qué somos nosotras las que tenemos que encajar los desaires con diplomacia y una sonrisa, haciendo gala de nuestro buen gusto y educación, ante una reincidencia abusiva en hacer ese tipo de comentarios inapropiados, hirientes o simplemente inadecuados. ¿El hecho de sentirse una piña frente a un elemento extraño en la manada, nosotras en este caso, les da derecho a pasarse de la raya? ¿Y cuando por fin nos atrevemos a confesarle a nuestra pareja que nos hemos sentido incómodas tenemos que soportar que los justifiquen con el típico “bah, no le eches cuenta, ya sabes cómo son”? Esto ocurre con asiduidad en las vidas de todas las parejas, pero cuando se ha dejado de ser pareja, ¿hay que seguir permitiendo ese tipo de conductas? ¿Dónde termina la prudencia y dónde empieza la auto humillación?

Después del beso que selló el matrimonio, los novios se alejaron con el fotógrafo y los invitados comenzaron a levantarse de sus sillas para mudarse a la zona de aperitivos. Una jovencita, contratada para la ocasión, reunió a todos los niños presentes para darles algo de comer y comenzar luego una larga tarde de juegos bajo su custodia. Me acerqué a comprobar que los míos estaban conformes con aquel plan y para asegurarme de que comían algo. De vez en cuando tocaba ejercer de madre responsable.

—Bueno, querida mía —me dijo Diana cuando volví junto a ella—, ahora sí toca socializarse. Vamos a saludar.

Me acerqué en primer lugar a exsuegra, quien pareció alegrarse de verme, pues me saludó cariñosamente, y saludó también a Diana pero, ¿de qué se hablaba con una exsuegra el día de la boda de su hijo? Encontramos un tema confortable en mis hijos, pero claro, era complicado mantener la nueva vida de Pedro fuera de la conversación, y al final, exsuegra no pudo evitar comentar:

—Espero que la llegada del bebé no les afecte. Demasiado bien lo han llevado todo.

—Seguro que no, están muy ilusionados.

—Querida, eso no se sabrá hasta que se topen con la realidad. Estas cosas nunca salen bien, los niños sufren mucho.

Diana me pegó un pellizco disimuladamente en el brazo que quedaba más cerca de ella.

—La verdad es que yo sigo sin entender por qué os separasteis —continuó exsuegra—, todos los hombres cometen infidelidades, hija. Hay que saber perdonar. No hay que ser tan egoísta y pensar un poco más en los hijos.

Aquello era el colmo. Aún estaba pensando qué podía responderle cuando escuché a Diana a mi lado:

—El único que no pensó en los hijos aquí, querida señora, fue el suyo, yendo a meter el rabo donde no debía.

Exsuegra se quedó de piedra, al igual que yo, pero Diana no se inmutó.

—Vamos, querida, pidamos otra copa.

Y cogiéndome del brazo, me alejó de aquella mujer que incluso el día en que su hijo se estaba casando con la persona con la que me había engañado, seguía culpándome a mí de nuestra ruptura matrimonial.

—Hay que joderse con tu suegra —decía Diana—, siento haber sido tan bruta, pero es que sabía que tú no ibas a contestarle.

Sonreí para mis adentros.

—Tranquila, le está bien empleado.

Decidimos cambiar a vino blanco y cogimos a algunos canapés del buffet. En la primera brocheta de uva y queso, se acercó excuñada número uno.

—Salomé, qué alegría verte —me abrió los brazos y me plantó dos sonoros besos en las mejillas.

—¿Te acuerdas de mi amiga Diana? —le pregunté.

—Claro, cómo no. Estáis fabulosas, y los niños iban preciosos. ¿Cómo estás?

—Bien, muy bien, contenta.

—¿Sigues en el hotel?

—Claro.

—Estás muy delgada, ¿qué estás haciendo? ¿Algún tipo de dieta? —me preguntó excuñada en un claro intento por ser agradable, echándose a reír de esa forma histriónica y chabacana que nunca había podido moderar.

—No, en realidad no estoy haciendo nada.

—Oh, vamos, no puede ser, estás fabulosa, cuéntame tu truco.

Yo ya estaba negando con la cabeza cuando Diana respondió por mí.

—El truco es follar mucho todos los días. Sin descanso. Pruébalo.

Joder. Segundo ataque de Diana, a este ritmo íbamos a gastar toda la artillería antes de los postres. La verdad era que en el fondo me divertía. La cara de excuñada bien merecía ser un poco borde.

—Pues ten cuidado, querida —me dijo con una sonrisa falsa en la cara—, ya sabes que la delgadez envejece.

Y se dio media vuelta, deshaciendo sus pasos por donde había venido.

—Vaya con la familia, no pierden oportunidad de clavarte una puñaladita a la mínima de cambio —comentó Di.

—No lo tomes a mal, en realidad siempre han sido así. Son gente muy envidiosa y no pueden soportar la felicidad ajena.

—Te recuerdo que ya no les debes nada. No tienes por qué callarte más. Qué mal me sienta que lo hagas y que no te defiendas apropiadamente.

—No merece la pena.

—Claro que sí. Es tu dignidad la que cuenta, hija. Quiérete un poco más.

—Anda, vamos a tomarnos otro vino y que nos hagan una foto para mandársela a las chicas —propuse.

Diana escrutó con sus ojos de cazadora y escogió a su presa. Se acercó contoneándose a un atractivo camarero de unos veinticinco años y le ofreció su móvil. La vi ofreciéndole todo tipo de explicaciones y exhibiendo su mejor sonrisa. Cuando volvió a mí y, después de posar para la foto, recuperó su móvil, le dije:

—Amiga, no pierdes ocasión de ligue.

—No creas. Me ha pedido mi número y no se lo he dado. Algo me está pasando cuando no me apetece meterme en la cama con semejante bombón.

Le devolví una mirada incrédula, pero antes de que pudiera investigar un poco más sobre lo que acababa de decir, se nos acercó la feliz pareja.

—Salomé, estás guapísima —me dijo la flamante novia—, me encanta tu vestido.

—Mujer, hoy la que está guapísima eres tú —nos dimos dos besos y les di la enhorabuena.

Me interesé por cómo se encontraba con el embarazo y por cordialidad les pregunté acerca del viaje de novios. Lo habían pospuesto hasta la quincena de verano en la que no les tocaba a mis hijos, y harían una breve escapada a islas griegas. Todo marchaba dentro de la normalidad hasta que Pedro se atrevió a comentar:

—Qué pena que no hayas traído a tu pareja, al final —intenté protestar y aclararle el malentendido pero no me dio tiempo antes de que continuara—. Supongo que no es suficiente para ti cuando no has querido presentárnoslo.

Me quedé de piedra. ¿Qué diablos sabía exmarido de mi relación con Coque? Intercambié una leve mirada con Diana, que estaba igual de pasmada que yo y antes de qe pudiera responder alguien reclamó a los novios y estos se alejaron entre carantoñas y arrumacos. Los vimos posar para una foto con las que supuse eran las amigas de Maripossa, con manita de Pedro en la tripa de la novia incluida.

Aquello fue suficiente para las dos. Pedimos otra copa de vino blanco y le dimos un largo trago sin necesidad de comentar nada sobre la escena que acabábamos de vivir. Empezaba a hacerme efecto el alcohol. Había perdido la cuenta de la cantidad de copas que me había tomado. Ahora me dolía la cabeza y sentía que ya no tenía ganas de seguir fingiendo una amabilidad que no me brotaba de forma natural. Me senté por primera vez en el día. Diana me acarició el brazo, sentándose a mi lado. No hacían falta palabras para que comprendiera que por hoy ya había tenido bastante.

—Cuando quieras nos vamos —me dijo—, yo creo que ya hemos hecho suficiente acto de presencia.

Suspiré, buscando con la mirada a mis hijos y entonces escuché una campanita. Cling. Tremendamente familiar. Hacía casi un año que había dejado de escucharla y por eso tardé más de medio minuto en identificarla. Era la campanita que le tenía asignada a Eme para sus mensajes de whatsapp. Pero no podía ser. Él dijo que no escribiría. A no ser que volviera.

Con el corazón bombeándome a mil por hora en el pecho, abrí nerviosa mi bolsito de mano, buscando el móvil, sin saber si temía más que fuera una confusión o que en efecto hubiera mensaje suyo. Encendí la pantalla.  En efecto, había icono de notificación de whatsapp. Con un dedo nervioso atiné a duras penas a abrir la aplicación.

Sentí que el suelo se tambaleaba bajo mis pies y que era incapaz de mantener el equilibrio. La vista se me nublaba, las voces a mi alrededor se alejaban y me sonaban a huecas. Escuché a mi amiga Diana gritar mi nombre asustada, pero yo sólo me sentía caer, caer, caer. Antes de desmayarme, pude abrir su chat y en la pantalla iluminada acerté a leer:

“Buenos días, princesa”.

0 Comentarios

Deja un comentario

Tu dirección de email no será publicada.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.