(t2) El vaho del Melilla Puerto -XVI-

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Confieso que Fatine no deja de sorprenderme. Se ha adaptado a la situación como si de verdad fuera una verdadera profesional. En la cola para cruzar la frontera y entrar en Melilla, anotaba cosas en una libreta, para tener juntos todos los detalles, comentó, y siguió a lo suyo con el ceño algo fruncido, y el extremo del bolígrafo apoyado sobre los labios.

Habíamos salido de aquella nave por la puerta de atrás, de la misma forma clandestina como entramos. Desandamos el camino rumbo al Opel, y al llegar junto al coche encontramos a un patrullero, cuyos ocupantes hablaban amistosamente con el chofer de un camión frigorífico: era el gorilón que minutos antes había vuelto a atar a Malak y, sin duda, la relación con la policía marroquí tenía un aspecto de inmejorable. Por supuesto ante aquella situación, no podíamos hacer otra cosa que esperar y actuar en el barco y ya dentro de las aguas españolas.

Me sorprendió la laxitud a uno y otro lado de la frontera hispano-marroquí, y la cantidad de mujeres de aquel país que cruzaban de uno al otro lado con inmensos fardos sobre sus cabezas, algunos de mayor tamaño que sus propios y menudos cuerpos.

—Bueno compañera, ¿seguro que conocerás Melilla como la palma de la mano?

—No lo creas. Hace mucho tiempo que no vengo por aquí pero, ya he reservado por internet habitación en el TRYP Melilla Puerto. Hoy nos merecemos una cama en condiciones, para que todo sea en condiciones.

Me dijo estas palabras con una carga de sensualidad tan manifiesta, que no dejaba lugar a la duda. Calculé como mucho un kilómetro hasta el hotel desde la frontera, construido justo a la espalda de la dirección General de la Policía de Melilla. Aquella ubicación me dio una idea.

Instalados en la 303, oía el correr de la ducha mientras Fatine canturreaba Like a Rolling Stone, de Bob Dylan bajo sus chorros. Me asomé a la puerta de cuarto de baño, y una enorme nube de vapor me recordó aquellos días en que yendo a ver a mi hijo Carlos a Londres, apenas si podíamos separarnos un par de metros para no perdernos el uno del otro.

Con la mano limpió el vapor de la mampara y me sonrió dulcemente mientras me hacía un gesto amistoso para que entrase con ella. Lo hice. Me quité la ropa y entreabrí la hoja de cristal para fundirnos en un abrazo reconfortante mientras el agua mojaba nuestros cuerpos. No es menos cierto que entre besos y caricias, un nombre pasó por mi cabeza fugazmente, en una situación idéntica vivida muy pocos días antes: Diana.

Tumbados y desnudos sobre la cama, el sexto sentido de Fatine, llevó a ésta a preguntarme en un susurro.

—¿En quién piensas?

—En qué, querrás decir —mentí—, y en cómo vamos a liberar mañana a la hermana de Jaime.

—¿Y tiene mi poli favorito alguna idea brillante como acostumbras?

—La tengo. Mañana iremos al edificio de enfrente a pedir un favor.

Fatine me miraba con cara de sorpresa.

—En un encuentro de comisarios que hicimos en Córdoba, hice amistad con uno de los dos que mandaron de Melilla. Necesitaré del comisario Ventura un inhibidor-captador de frecuencias. Vamos a intentar aparcar cerca de la furgoneta en la bodega del barco, y cuando se bajen y cierren, nos quedaremos con la clave y…

—¡Bravo comisario! Sin duda eres un hombre de recursos. Me lo has demostrado hace un momento, y me lo vuelves a demostrar ahora.

—Ahora solamente nos queda bajar a cenar y que Jaime nos llame. Sin duda, a estas horas, ya debe saber que Alí ha adelantado sus planes.

El restaurante del Melilla Puerto, no nos disgustó como lugar para la cena y esperar la llamada de Jaime, que pasadas las 23 h. no había aún terminado de producirse.

Por fin y frente a dos gin tonic de Bombay Sapphire, sonó mi móvil mientras esperábamos en el piano bar del hotel.

—Comisario buenas noches. Perdón por el retraso, pero me acaban de dar muy malas noticias.

—Hola Jaime. ¿Acaso que adelantan la entrega?

—¿Cómo lo sabe?

—Eso no importa Jaime. ¿A qué hora llega el ferry?

—Desatracan a las diez de la noche del Puerto de Melilla, con lo que antes de las tres de la mañana no estarán aquí, bueno aquí no, en Málaga. Allí tienen a otro guardia cogido por las pelotas. Otro tonto igual que yo.

—Escucha bien Jaime. Dile a tu compañero que pasen los perros por la furgoneta sin problemas. Nos las habremos compuesto para liberar a tu hermana. Ella está bien, no te preocupes. Tú vete arriba a la pasarela, e indica a algún compañero de servicio que esté pendiente. Allí nos veremos.

Fatine había escuchado atentamente la conversación. Al colgar el teléfono, chocó su copa de balón con la mía y sonrío mientras me decía.

—Anda que no va a dar vueltas el dinero.

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