(t2) Una tragedia griega, por favor -XXIII-

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Siempre he estado convencida de que la felicidad no está en el fin, sino en el camino. Que lo que nos hace felices es el intento de conseguir algo que anhelamos, y que cuando lo conseguimos, obtenemos una sensación de bienestar placentera, pero que deja de excitarnos. En el amor, ¿nos equivocamos al empeñarnos en una relación difícil por el hecho de serlo? ¿Podríamos estar idealizando al hombre imposible simplemente porque no podemos tenerlo? ¿Tienen las cosas que ser complicadas para que las consideremos trascendentales? ¿Buscamos en el fondo nuestro momento de interpretar el papel de Julieta, Anna Karenina o Elinor Dashwood?

Durante los días siguientes, medité mucho la propuesta de Mariluz de llevar a Coque conmigo a la barbacoa que daba en su casa, pero el mismo sábado aún no había tomado una decisión. No se trataba de algo sencillo, yo sabía que ese pequeño gesto simbolizaba una presentación en sociedad, y que a partir de ese momento, se oficializaría mi relación con Coque. Salí a fumarme un cigarrillo al balcón, a veces, me sentía absurda otorgando tanta importancia a las cosas. Sentía una opresión en el pecho, que sinceramente, sabía que no venía provocada únicamente por mi futuro con Coque.

Me sabía la carta de Eme palabra por palabra, era incapaz de dejar de pensar en él. Había momentos en los que me molestaba tremendamente su egocentrismo —”qué quieres que haga, no sé gestionar las situaciones” o “cuando vuelva te buscaré”—, y otros momentos en los que sus torpes maneras de desnudar su corazón me emocionaban. Estaba segura de que para él no había sido fácil escribirme. Eme no dominaba la expresión de los sentimientos, era algo que le provocaba más incomodidad que otra cosa. Por eso mismo, esas palabras escritas a miles de kilómetros de distancia me rasgaban el pecho como si me las estuvieran tatuando a fuego en el corazón. En cualquier caso, nada había cambiado, y eso también me provocaba desazón. Si no iba a dar un paso hacia el cambio, ¿con qué derecho me escribía? ¿Era una forma de hacerme saber  que seguía estando ahí, de ablandarme para asegurarse una oportunidad durante otros seis meses?

Y entonces sonó mi móvil. Era Coque.

—Hola mi niña, ¿qué andas haciendo en una mañana como ésta?

Me sacaba una sonrisa con su espontaneidad despreocupada. Me propuso ir al cine juntos por la tarde y luego cenar algo, pero en aquel momento, sólo me apetecía negarme. Me sentía asfixiada por una relación que aún no había empezado, ni siquiera habíamos traspasado la línea de la amistad  y yo ya sentía que le debía parte de mi tiempo libre. Decliné su ofrecimiento elegantemente pero él no iba a rendirse fácilmente.

—Bueno, y mañana, ¿te apetece que hagamos algo? —insistió.

Entonces, no sé cómo, esa barbacoa no me pareció tan mal plan. No dejaría de ser una nueva cita con Coque, pero me sentiría menos presionada si nos veíamos en una reunión con más gente.

Mariluz era una excelente anfitriona. Era un don natural, ella y su marido tenían un sentido de la hospitalidad que hacía que todos sus invitados se sintieran cómodos al instante. Recibió a Coque con una sonrisa de oreja a oreja, estaba segura de que en su cabeza ya sonaba la marcha nupcial, y nos dirigimos al jardín donde estaban los demás invitados. Después presentarle a todos los amigos que Mariluz había reunido, me acerqué a Diana y Emi, que se habían acomodado en un rinconcito de césped donde daba el sol. Coque fue a por una cerveza para mí y para mis dos amigas y Emi aprovechó para comentar:

—Es guapísimo, amiga. ¿Sigues sin acostarte con él?

—Ni siquiera nos hemos besado —asentí.

Las tres lo observábamos desde la distancia, sonreía continuamente y no tenía dificultades para entablar conversación con la gente a su alrededor. Hacía falta reponer el hielo del barreño que contenía los botellines y él se ofreció encantado a ayudar. Daba gusto verlo integrarse con tanta facilidad.

—Pues tiene un polvazo, Salo —insistía Emi—. ¿Qué te frena?

Diana bajó la mirada. Sabía la respuesta.

—No sé, la verdad. Con Coque todo es fácil. Todo va sobre ruedas, es atento, divertido, ocurrente, agradable, inteligente…

—Guapo —añadió ella.

—Sí —admití—, muy guapo. No sé. Todo es tan bonito que me parece mentira que sea verdad.

—Definitivamente, no hay quien nos entienda —protestó Emi—. Si el tío no nos tiene en ascuas, si todo va viento en popa, si las cosas son tan fáciles como parecen… nos volvemos suspicaces. ¿Qué pasa? ¿Necesitamos un obstáculo para que la relación funcione?

Sólo sonreí, encogiéndome de hombros. En aquel momento, Mariluz reclamó a Emi para que la ayudara con algo en la cocina, y Diana y yo vimos a Coque aproximarse con las cervezas.

Di sacó un cigarrillo de su bandolera amarilla de Gucci. Me ofreció uno y mientras encendía el suyo, sujetando el pitillo entre los dientes me dijo:

—Odio reconocerlo, pero puede que mi pequeña nueva aprendiz tenga razón —expulsó el humo de su primera calada con elegancia, mientras añadía en voz baja—. Ahí va mi consejo: antes de cerrarte en banda por completo, cata el género. Igual te ayuda a decidir.

Recibimos nuestras cervezas heladas y por primera vez miré a Coque de una forma diferente. Igual mis amigas estaban en lo cierto, y yo me empeñaba en buscarle los tres pies al gato para no romper definitivamente mi vínculo con Nueva York.

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