(T2) Una prueba de fuego -XXVI-

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Después de una ruptura, viene el duelo. Y mientras estamos de duelo, encerramos en el cofre de los horrores todo aquello que puede recordarnos a Él  y lo mantenemos cerrado con celo de cancerbero para poder sobrevivir… Pero todo pasa y, después de un tiempo, tenemos que ir dando pasos que nos alejen de esa historia para siempre, e incluso, ponernos a prueba. Es como una especie de examen a prueba de mentirosas, con situaciones que sabemos que en otro momento más frágil jamás habríamos sido capaces de superar, pero que hoy apenas nos provocan un leve resquemor en el pecho. ¿Someterse a ese examen voluntario es una prueba de sanación? ¿Es como un “sé que estoy aprobada pero voy a examinarme a ver si subo nota”? ¿O quizás es un intento desesperado de mantener viva una llama que aún no se ha apagado? ¿Nos aferramos a los recuerdos para que la historia no desaparezca?

El siguiente fin de semana los niños estarían conmigo, y me apetecía mucho hacer cosas con ellos. Sabía que mi hijo Ignacio se resistiría a salir si el plan no era verdaderamente atrayente y una idea loca cruzó por mi cabeza. ¿Y si hacía caso a Eme y usaba su casa de Portugal? ¿Y si cogía a mis amigas y a sus hijos y nos pegábamos un corto homenaje de fin de semana?

Lancé la bomba en el grupo de whatsapp y cerré los ojos. Me exponía a críticas feroces. Emi aplaudió encantada la idea, Diana se excusó con otros planes pero Mariluz, para no decepcionarme, se explayó en contraindicaciones del tipo “volver a esa casa te traerá recuerdos para los que no estás preparada”, “en cierto modo, sería como vincularte de nuevo a Eme”, “vas a aceptar que siga formando parte de tu vida”, “ésa no es la mejor forma de olvidarlo”, bla bla bla. Al final, después de asegurarle con la boca pequeñita que mi decisión era totalmente egoísta y que en ningún momento iba a sentir añoranza, Mariluz accedió a venirse sólo si antes le prometía no nombrar al que ella había decidido unilateralmente llamar  “el imbécil número uno”.

El sábado por la mañana, Mariluz llegó con su coche inmaculado, su modelito playero a juego con el de sus hijas y su maletero perfectamente organizado, mientras yo intentaba que mis hijos no se bajaran una y otra vez del coche, y de que entre las mil bolsas de comida, de ropa, chaquetones y balones de fútbol, aún quedara un hueco para las cosas de Emi. Al final, decidimos que Pablo se viniera con  mis hijos en el coche y que Emi  y la pequeña Cris se acomodaran en el de Mariluz, ya se sabe cómo les gustan a las niñas los bebés. Una vez que estuvimos listas, me puse en marcha a la cabeza, mientras mis dos amigas me seguían, supuse que aprovechando para intercambiar preocupaciones sobre mí. Cuando me vi conduciendo en dirección a aquella casa en la que pasé uno de los mejores días junto a Eme, me empezaron a temblar las piernas. ¡Había sido una decisión tan rápida que no había tenido ocasión de meditarla! Fue un impulso lleno de valentía que ahora se desinflaba, y desde luego era tarde para demostrar flaqueza.

Dediqué el tiempo de conducción a prepararme mentalmente para el shock, a trabajar mi desvinculación emocional y a proponerme descansar y disfrutar de mis hijos. Siendo honesta, sabía que la casa me haría pensar en él, pero en cualquier caso, ya pensaba en él sin ir allí. ¿Por qué no iba a aprovechar el ofrecimiento en mi propio beneficio? La verja amarilla de la casa de Eme apareció a mi derecha antes de lo previsto. Inspiré hondo y bajé del coche con mi mejor sonrisa, mientras notaba cómo mis amigas estudiaban mis gestos meticulosamente. Me acerqué al coche de Mariluz, abrí la puerta del conductor y les dije a las dos:

—Ya basta, no me miréis así. Estoy bien, vamos a disfrutar del fin de semana y a sacar algo bueno de mi historia con Eme, ¿vale?

—Amén —dijo Emi bajándose del coche y desembarcando niños.

—Mamá —me preguntaba Miguel—, ¿ésta es nuestra casa?

—Bueno, lo será durante el fin de semana —le respondí.

—Pero, ¿es alquilada, mamá? ¿O la hemos comprado? —preguntó Nacho.

—Es de un amigo, nos la presta cuando queramos —les dije para zanjar el tema.

Abrí la puerta y cuando los niños irrumpieron dentro explorando las habitaciones, mi amiga Mariluz  soltó otra de sus perlas por lo bajini:

—Un amigo imbécil pero, ¿qué le vamos a hacer?

—¡Oye! Si yo no lo voy a mencionar tú tampoco, ¿vale?

—De acuerdo, leona, no te pongas así.

—Poneos cómodas, la casa es coqueta, aunque pequeña. A ver cómo acomodamos a los niños.

—Encargaos vosotras de eso mientras yo coloco el supermercado entero en la despensa —se ofreció Emi —. Y no tardéis. Voy a preparar unos Martinis ahora mismo.

—¡Si aún no son las doce! —protestó Mariluz.

—Casi la una en España. Hora del vermut —sentenció Emi.

—Madre mía, de ésta salimos borrachas.

Los niños se hicieron dueños de la parte trasera de la casa, que comunicaba directamente con la playa y nosotras, una vez organizada la intendencia, nos sentamos en aquellos mismos sillones en los que Eme y yo habíamos hecho el amor, en los que él había susurrado en mi oído “siempre tuyo, siempre mía, siempre nuestro”, a tomarnos unos Martinis con aceitunas y a ponernos al día de nuestras cosas.

Emi nos contó sobre sus varios matches en Tinder, sobre su programada escapada a Málaga en apenas unos días y sobre la convivencia que había establecido con Paco, que consistía fundamentalmente en ignorarse mutuamente mientras se repartían el cuidado de los hijos. Mariluz negaba con la cabeza, no aprobaba para nada esa forma de vida.

—¿Y tú qué? —le pregunté a Mariluz.

—Pues mira, de momento, estoy manteniendo a Josema a raya de nuevas experiencias sexuales, pero no sé por cuánto tiempo podré contenerlo. No deja de proponerme el trío, y la verdad, estoy a punto de acceder por tal de no escucharlo más.

—No hagas eso por darle el gusto —protestó Emi— ya hacemos bastantes cosas en nuestra vida por darles el gusto, no accedas a algo de lo que no estás convencida.

—Es que nuestra vida sexual ha mejorado tanto que tengo miedo de que se distancie de mí.

—Por favor, Josema y tú lleváis toda la vida juntos. Seguro que si le dices que no te apetece, no va a pasar nada —encendí un cigarrillo—. Al final el sexo en una pareja es un acuerdo de dos, y lo que vale para algunos no vale para todos. Los dos tienen que estar cómodos, y si el trío no te apetece, podéis probar con algo distinto que os agrade a los dos. ¡Qué obsesión con los tríos! ¿Qué les pasa a los tíos? ¿Vienen con esa fantasía de fábrica o qué?

—Cualquiera los entiende —me respondió Mariluz tomando un cigarro de mi cajetilla de Chester.

Emi y yo nos miramos sorprendidas, pero me apresuré a darle fuego sin hacer preguntas.

—¡Qué demonios! —escuché decir a Emi, mientras ella también se encendía uno.

Riéndonos las tres, chocamos nuestros cigarrillos a modo de brindis, nos hicimos una foto para mandarle a Diana, y mientras disfrutaba de mi copa y de la charla con mis amigas, con nuestros hijos correteando por la arena de la playa, pensé en cuánto se alegraría Eme si supiera que estaba allí.

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