(T2) Una de infidelidades -XXXII-

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Alcanzar la madurez no sólo es una cuestión de ir sumando arrugas. Ni siquiera de ir encajándolas con dignidad. Tampoco se trata sólo de mirarse al espejo y aceptar que hay partes de nuestro cuerpo que quedarán descolgadas para el resto de nuestros días, a no ser que pasemos por el quirófano. La madurez también llega cuando le damos a las cosas su justa proporción. La madurez es relativizar, contextualizar sin histrionismos. Llamar a las cosas por su nombre y no exagerar etiquetándolas incorrectamente. Una infidelidad por whatsapp o por skype, ¿puede ser considerada una infidelidad real? Aceptando el supuesto de que a ninguna nos gusta descubrir que nuestra pareja se excita con otra persona, ¿hay alguna diferencia entre hacerlo en el mundo real y hacerlo en el virtual? ¿Está cambiando la sociedad de la tecnología tan deprisa que no somos capaces de adaptarnos emocionalmente o es que no existe ya ningún límite entre la realidad y la ficción? Así como hemos aceptado las figuras del eCommerce, eLearning o eBanking, ¿aceptaremos también la del eInfiel?

Mariluz había soltado una bomba nuclear. Mi salón había enmudecido, devastado por la onda que aquella noticia había provocado. Mi amiga seguía con la cabeza hundida entre sus manos y el resto de nosotras intercambiábamos miradas de desconsuelo al ritmo de su llanto. Me asaltaban distintos sentimientos: estupefacción, incredulidad, decepción, rabia. Tenía a Josema por uno de los últimos hombres íntegros y honestos de este planeta y que hubiera sido capaz de hacer algo así me descolocaba por completo. ¿Es que ya no se podía esperar nada de los hombres? O acaso al contrario, ¿es que debíamos esperarlo todo?

—Cariño, ¿por qué no nos cuentas qué ha pasado? —preguntó Diana con mucha cautela.

Mariluz levantó la mirada, se sonó la nariz y empezó a relatar. Había dejado a Josema en casa preparando temario, o eso le había dicho. Nunca había sido partidario de llevarse trabajo a casa, y aunque no tuviera clase, tenía por costumbre separar su vida como docente de su vida como padre de familia. Así que cuando aquella mañana le dijo que se quedaría en casa a preparar una ponencia, le extrañó un poco. Ella llevó a las niñas al cole, como cada mañana, y se marchó con su mochila del gimnasio. Pero a mitad de camino decidió volver a casa y darle una sorpresa. Pensó que en esa nueva etapa de su vida que habían comenzado, donde disfrutaban del sexo fuera de horarios y de convenciones, una improvisación del tipo “cambio gimnasio por una mañana de cama” era una excelente idea.

Diana arrugó el gesto.

—Las sorpresas nunca son una buena idea. Mejor avisar siempre.

La acribillé con la mirada. Qué desgarradora podía llegar a ser con su forma aséptica de enfrentarse a la vida amorosa de las demás.

—La cosa es que llegué a casa —Mariluz parecía no haber oído el comentario de Di—, y escuché que hablaba con alguien en el despacho. Más bien susurraba. Se me erizó el vello de todo el cuerpo. Me lo veía venir.

Mi amiga volvió a deshacerse en llanto. Qué situación más dolorosa. ¿Cómo se puede ayudar a una amiga que está pasando por un trance semejante?

—Abrí la puerta del despacho sin hacer ruido —continuó entre hipidos— y lo ví con los pantalones bajados hasta la rodilla, masturbándose, y diciéndole todo tipo de guarradas a una mujer que aparecía en la pantalla de su ordenador con las piernas muy abiertas y tocándose todo el potorro.

Tuve que ahogar una risa. Esa forma de referirse al sexo femenino parecía más propia de una niña de doce años que de una mujer que nos estaba contando semejante anécdota. Diana perdió los nervios.

—¿Quieres decir que sólo estaba teniendo sexo virtual con alguien? —preguntó poniendo todo el acento en aquel “sólo”.

Oh oh. Terreno pantanoso. Tormenta aproximándose. Mariluz la miró con los ojos empañados y le dirigió una frase cargada de veneno.

—Tú que no tienes ni idea de lo que implica el compromiso en una relación, no espero que me entiendas. Para ti todo vale.

—No es eso, pero hija, vienes aquí diciendo que has pillado a Josema teniendo sexo oral y me lo imaginaba con la cabeza hundida en el coño de otra, no haciéndose una paja en su despacho. Es igual que ver una porno. ¿Qué importancia tiene eso?

Mariluz la miraba sin entender nada. Y luego nos miró alternativamente a Emi y a mí. Tocaba posicionarse.

—Bueno, yo no creo que sea del todo igual que ver una porno, Diana —intercedí muy despacio—. Al fin y al cabo, en una peli no hay interacción, sólo utilizas unas imágenes para excitarte, pero no interactúas con otra persona. Hombre, cierto es que es menos grave de lo que imaginaba, y que a mí no me gustaría pillar a mi marido en esa circunstancia.

Mariluz suspiró aliviada.

—¿Has hablado con él? ¿Le has preguntado quién es esa mujer? ¿Si hay algún tipo de relación entre ellos?

Ella negó con la cabeza.

—Salí huyendo de casa. Lo dejé allí llamándome, pero con los pantalones por las rodillas no pudo salir corriendo detrás de mí. Me fui al gimnasio. Me senté en el vestuario durante dos horas sin saber qué hacer. Luego le escribí un whatsapp pidiéndole que se fuera de casa, que no quería encontrarlo allí cuando volviera del cole con las niñas. Me ha llamado trescientas veces pero no pienso cogerle el teléfono.

—¿Y dónde está? —preguntó Emi.

Mariluz se encogió de hombros.

—No lo sé. Supongo que habrá ido a refugiarse en los brazos de su amante.

Diana puso los ojos en blanco y volvió a salirse a la terraza para fumar. Yo sabía que todo esto le parecía un absurdo infantil.

—Ni siquiera sabes quién es esa mujer. Igual no existe. O está en Pernambuco. Internet es lo que tiene. El anonimato —aporté yo.

—No pienso perdonarle esto. Para mí está acabado.

Sabía que no era el momento de intentar hacerla recapacitar. Necesitaba enfadarse para poder pasar a la siguiente fase: la del olvido o la del perdón. De repente miré a mis amigas: ¿qué había sucedido últimamente? Nuestras familias se habían desmoronado o estaban a punto de hacerlo. Diana era la única que parecía seguir viviendo ajena a las tribulaciones que implicaba una relación sentimental. Aunque aún no había explicado dónde había estado metida estos días.

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