(T2) Un castillo de naipes -XXVII-

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¿Es una casualidad que las contrariedades nunca vengan solas? ¿Será que los contratiempos están encadenados y una vez que sucede el primero es como un efecto dominó, en el que una pieza derriba a otra hasta que caen todas? ¿Nos lo tomamos nosotras como una tortura a base de gotas de agua hasta que sentimos nuestro vaso a punto de desbordarse? En ese instante en el que nos damos cuenta de que todo se desmorona, ¿somos capaces de pararnos un momento a respirar y utilizar toda nuestra resiliencia para adaptarnos al desastre? ¿O estamos legitimadas para perder los nervios y estallar?

Después de un día entero de no hacer nada excepto beber Martinis, Cosmopolitans y Manhattans, decidimos dar un paseo por la playa hasta que se pusiera el sol. Nos quitamos los zapatos y abrigamos a los peques, haciendo el esfuerzo de caminar erguidas hasta la orilla. Los niños se lo estaban pasando bomba, aún no habían empezado las peleas entre ellos, lo cual no dejaba de ser sorprendente, después de tantas horas de juegos compartidos. Y mis amigas y yo teníamos ese puntito gracioso que sólo te da el exceso de alcohol, que nos hacía pasar de lo trágicamente desgarrador a lo más absolutamente desternillante.

—¿Sabéis qué es lo que más temo de mi próxima tindercita? —decía Emi—: el momento beso.

—¿Qué dices, loca? —protesté yo.

—Si el tío besa mal es una advertencia: no sigas más allá o te arrepentirás.

—¿Por qué iba a besar mal? —terció Mariluz.

—¿Cuántos tíos has conocido en tu vida que besen bien? —replicó Emi.

—Pues dos: mi primer novio y Josema, que son los únicos hombres a los que he besado.

—Ay, mi madre —empecé a reírme—, ¡nunca recuerdo que tengo una amiga con un pasado monjil!

Mariluz me dio un codazo que por poco me tumba.

—Es que hay tíos que ponen la lengua puntiaguda, rígida, como si fueran a taladrarte —seguía Emi—, y otros que la mueven como un helicóptero…

—Por no olvidarse de las lenguas almejas —aporté yo.

—Ésas no sé cuáles son.

—Es esa lengua que saborea todo alrededor de la boca, como si no supieran muy bien dónde tienen que meterse, y te dejan rechupeteados los cachetes y llenos de babas…

Mis amigas se tiraban de la risa. Emi se paró en seco.

—¿Por qué hemos dejado que los hijos nos roben la esencia?

Uf. Cambio de tercio. Tocaba ponerse serias.

—¿Por qué dices eso? —pregunté.

—¿Cuánto tiempo hace que no tenemos tantas horas para hablar de nuestras cosas?

—Bueno, mujer, no seas pesimista. Este verano pasamos unos días muy buenos en Menorca.

—Es verdad, pues me parece que hace un siglo de aquello.

—Eso es porque nos hacen falta más momentos juntas —me adelanté y me puse a dar vueltas con los brazos abiertos, en plan cursi—. ¡Por eso hay que disfrutar de estos!

Y de pronto, escuché:

—¡Salomé!

Mis amigas señalaban algo en el suelo. Mi móvil se había caído de uno de los bolsillos de mi sudadera y yacía en la arena húmeda. Justo cuando reaccioné, agachándome a recogerlo, una oportuna ola vino para bañarlo en la paz eterna.

Se me vino el mundo encima. Lo recogí del suelo, chorreando agua como si fuera una cañería, mientras mis dos amigas se tiraban en la arena seca panza arriba, muertas de la risa y los niños se sumaban a la fiesta. Yo seguía petrificada, pensando en todo lo que tenía dentro del móvil y que nunca sabría recuperar. Me entraron ganas de llorar en aquel mismo instante, odiaba las tecnologías y tener que prestarles atención.

Me aproximé a mis amigas con el móvil cogido entre el pulgar y el índice, Mariluz haciéndome una foto sin parar de reírse y Emi intentando contenerse porque me conocía y sabía que me estaba agobiando por momentos.

—No te preocupes, nena. Todo se podrá recuperar.

—¿Estás segura?

—Claro que sí. ¿Cuándo realizaste el último backup?

Le dirigí una de esas miradas de “qué me estás contando”. Empecé a estresarme.

—Una copia de seguridad, Salo —intervino Mariluz.

Ya no quería seguir escuchando.

—¿Qué es una copia de seguridad? ¡No sé de qué habláis! Odio que todas sepáis qué significa, como si fuera lo más normal del mundo. ¡Dios! ¿Por qué no me habíais hablado de backup antes de esto? Y si es tan importante, ¿por qué los malditos móviles no vienen programados para hacerlo solos?

Mis amigas me miraban ahogando la risa sin atreverse a rechistar.

—¿Y si lo metemos en arroz? —se me ocurrió—. La gente dice que eso funciona.

Mariluz se echó a reír.

—Salomé, yo creo que ni aunque le echaras arroz para veintisiete paellas conseguirías resucitar a tu móvil.

Los niños intervinieron pidiéndome que les dejara hacerle un entierro en toda regla. Las niñas de Mariluz ya cantaban la marcha fúnebre y mi hijo Miguel recogía conchas para decorar la tumba. En aquel momento de triste ironía, no podía imaginar que mi mundo acababa de empezar a desmoronarse, y que la pérdida de mi móvil sólo era el comienzo.

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