(T2) Todo se desmorona – XXXI-

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¿Es una tendencia generalizada entre los ex querer que nos hagamos amigas de sus novias? ¿Por qué ellos tienen esa necesidad de seguir haciéndonos partícipes de sus vidas, incluso en el terreno sentimental, y a nosotras cualquier proposición en esa dirección nos hace arrugar el gesto? ¿Hasta qué punto es bonito o natural dejar que la relación con tu ex mute hacia una amistad que implique contarse las intimidades? ¿Somos nosotras más descarnadas, más frías, más egoístas al no querer mezclar las cosas? ¿O simplemente tenemos más sentido común? En el amor, ¿vale la premisa de “si no funcionó, quiero que no existas”?

Si de algo puedes estar segura en la vida, es de que todo puede fallar menos tus amigas. Llegaron con cara de preocupación aunque gastando bromas sobre cuál sería el asunto del día. La última en aparecer fue Diana, con cara evidente de agotamiento. “Vengo de manos vacías”, se excusó, “no he tenido ocasión de parar a comprar nada”. Le dije que no tenía que preocuparse, que había comprado sushi para todas y preparamos la mesa preguntándole dónde se había metido y por qué había estado tan ausente. Emi sacó su lado bromista:

—¿Qué? ¿Te has encerrado con un maromo en tu casa y has decidido olvidarte del mundo?

Ella se echó a reír.

—Luego iremos con lo mío, primero quiero saber cuál es la emergencia de Salomé —lo dijo mirándome a los ojos mientras llenaba nuestras copas con un Moscato blanco bien frío.

—Eme ha vuelto, ¿a que sí? —preguntó Mariluz con una nota de temor en su voz.

—No tiene nada que ver con Eme.

Se hizo el silencio.

—Entonces, no tengo ni idea de qué puede tratarse.

Y empecé a relatarle a mis amigas la historia de Coque y su “te quiero” prematuro, el embarazo de Maripossa y la inminente boda de la pareja, con mi consiguiente invitación y propuesta de organización del acto.

A cada noticia que iba añadiendo, mis amigas iban mudando el gesto. El de Emi diría que hacia la ilusión, no dejaba de ser una mujer optimista que se alegraba de la felicidad ajena aunque no fuera capaz de buscarla para su propia vida más que poniendo parches. Mariluz se emocionó con la historia de Coque y su declaración de amor sincero, y sólo torció un poco el gesto con el notición de exmarido. Mi amiga Diana, por supuesto, arrugó la nariz de principio a fin.

—Me niego —fue la primera en opinar.

—¿A qué te niegas, Di? —quise saber.

—Me niego a que los sentimientos de un hombre condicionen tu relación. Coque no debería haber abierto el pico tan pronto. ¿Pero de qué demonios va? ¿Dos polvos y ya te quiere? Por favor, ¡qué manera de quemar neumáticos! Para nene, o vas a derrapar. No lo soporto.

Se levantó de la mesa y abrió el cierre de cristal de la terraza para fumar.

—Cuidado con eso, hay una anécdota que aún no sabes —musitó Mariluz por lo bajini.

Las tres que quedábamos en la mesa nos echamos a reír y Diana nos miró con malicia con un pie en el exterior.

—Odio cuando hacéis eso. ¿Habéis tenido que esperar a que yo esté fuera para que pasen todas las cosas interesantes?

—Te pondremos al día, tranquila.

—En cuanto a exmarido —continuó la cazadora—, para mí que ha perdido la cabeza, pero no me sorprende. En definitiva, es lo que hacen los hombres, ¿no? Se acomodan, mientras haya sexo son felices, y si la chica quería tener un bebé pues él le da un bebé. Para ellos supone poco cambio, seamos realistas. ¿Por qué nos llevamos las manos a la cabeza? La carga de los hijos la lleváis vosotras. Para ellos, ¿qué más da un hijo más o menos?

—Cómo puedes ser tan bruta, Diana… —protestó Mariluz.

En aquel momento reparé en los ojos de mi amiga la pastelera por primera vez en toda la noche. Parecía cansada, y tenía un sospechoso tono azulado bajo los párpados. Nuestras miradas se cruzaron por un momento, y ella enseguida la desvió.

—No, puede que tenga razón —Emi mojó su rollito de sushi en el tarrito de salsa de soja—. ¿Qué supone para un hombre un hijo más? Ni que compartieran responsabilidad al cien por cien con nosotras, a ver, aquí estamos tres ejemplos de lo que digo.

—Ya —intervino Mariluz—, pero decirlo así como si a ellos no les importara en absoluto… tampoco me parece.

Yo seguía escrudriñándola, algo le pasaba a mi amiga y no me había dado cuenta hasta ahora. ¿Era sólo yo la que notaba que Mariluz tenía muy mala cara? ¿Habíamos estado todas tan absortas en nuestros problemas de pacotilla que no habíamos reparado en que una de nosotras parecía al borde del abismo?

—Y en cuanto a la organización de la boda —continuó Diana, apagando su cigarrillo en el cenicero de la terraza y cerrando detrás de sí la puerta—, que se busque a otra. No accedas por nada del mundo, querida, no se puede caer más bajo. ¿Quiere una boda bonita? Que contrate a un profesional. ¿Qué es eso de pedirle a tu ex mujer que te la organice? ¿Estos dos dónde viven, en el Reino de Fantasía?

—En eso te doy la razón —añadió Emi—, qué manía con ser amigos de los ex.

A estas alturas, yo era incapaz de concentrarme en nada de lo que decían aquellas dos, me preocupaba Mariluz. Puse mi mano en la suya y muy flojito le pregunté:

—¿Estás bien?

Mariluz me miró y se le llenaron los ojos de lágrimas. Se cubrió la cara con las manos y rompió a llorar desconsolada. Nos quedamos desconcertadas. Me levanté de mi silla y me acerqué a su lado y las demás hicieron lo propio. Le dimos tiempo para que se desahogara y le traje una caja de pañuelos de papel del baño. Cuando se calmó y pudo hablar, le preguntamos qué pasaba. Pero no nos esperábamos su respuesta.

—Ayer pillé a Josema practicándole sexo oral a otra mujer.

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