(t2) El teorema de la ruptura -XVIII-

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Después de una ruptura sentimental, siempre es complicado volver a empezar. Lo habitual es que una vaya pasando de aventura en aventura hasta que, sin demasiadas reflexiones, un día se descubra dispuesta a comprometerse un poquito más con una nueva pareja. Pero para eso hay que olvidar, y hasta que una misma no se autoconvence de ello, todos los esfuerzos son inútiles. El candidato puede ser perfecto, pero no funcionará si nosotras seguimos manteniendo una puerta abierta al pasado. ¿Existe algún método para saber cuándo está una preparada para comenzar una relación nueva? ¿Algún capítulo en los libros de psicología que detalle los elementos que pueden ayudarte a identificar si ya estás lista para pasar página? ¿El hecho de que nos sintamos inseguras ante una cita es parte del proceso o es una alarma que nos avisa de que aún no ha llegado el momento?

Aquella tarde habíamos quedado en casa de Mariluz para que los niños realizaran un trabajo de grupo para el cole. Teníamos la suerte de que nuestros hijos mayores iban a la misma clase desde la guardería, así la había conocido a ella y a Emi. Y Diana, que corría el riesgo de quedarse al margen, siempre supo integrar con maestría sus ratitos con estas tres mujeres madres en su vida de soltera liberada, y se unía cuando le era posible a nuestras quedadas, aunque fueran por motivos escolares. Los niños mayores se metieron a trabajar en el cuarto de estudios, mientras mi pequeño Miguel y la menor de Mariluz, Victoria, se dedicaban a construir un castillo con piezas de lego.

Nosotras aprovechamos el momento del café para ponernos un poco al día, pero como con tanto niño alrededor no pudimos saber todos los detalles de la noche de visionado porno de Mariluz, aproveché para consultarles su opinión sobre quedar con Coque para un almuerzo rápido entre semana. Les conté que seguíamos hablando por teléfono casi a diario y que siempre se mostraba muy atento hacia todas mis actividades, si trabajaba hasta tarde, si tenía que ir al médico, si tocaba hacer la compra… Coque había demostrado ser realmente detallista y siempre preguntaba cómo me había ido el día. Diana me preguntó que por qué no cambiaba el almuerzo por una cena el fin de semana siguiente, pero yo me mostré reticente a quedar de noche. Prefería una primera toma de contacto con tiempo limitado y a plena luz del día.

—No quiero que la noche y dos copas de más me bajen las defensas y acabe haciendo algo sin demasiado convencimiento.

—Madre mía, no me extraña que echéis un polvo cada tres meses, ¿cómo podéis pensar tanto? —se desesperó Diana.

—A mí me parece bien —intervino Mariluz—. Ya han pasado seis meses desde que acabó lo tuyo con el señor Eme. Oficialmente estás preparada para iniciar una nueva relación.

—Oh, ¿y eso ocurre a los seis meses de que se acabe la anterior? —preguntó Emi, incrédula.

—No —explicó Mariluz, sirviéndonos un trozo de bizcocho de limón a cada una—, hay una teoría que dice que necesitas la mitad del tiempo que has salido con un hombre para olvidarte de él.

Sonreí ante la candidez de Mariluz. Ella continuó:

—Salomé se llevó un año saliendo con Eme y ya han pasado seis meses desde aquello, así que está lista para empezar de cero.

Diana se acercó un trozo de bizcocho a la boca, y poniendo los ojos en blanco, dijo:

—Desde luego, esto es lo último que me quedaba por escuchar. Aplicar soluciones matemáticas a problemas sentimentales.

Nos echamos a reír.

Mientras hablábamos de cosas más triviales, y mis amigas se tomaban un segundo trozo del delicioso bizcocho de Mariluz, yo pensaba: en realidad, trataba de todos los temas sentimentales con mis amigas, y ciertamente, su opinión me condicionaba en la mayoría de las ocasiones. Pero ellas no eran especialistas, es decir, ninguna era psicóloga ni psiquiatra. Allí estaba yo tratando de que aquellas tres me aclararan si había llegado ya el momento de olvidar a Eme, cuando una de ellas estaba pasando una crisis matrimonial profunda, la otra había comenzado a serle infiel a su marido y la última tenía fobia al compromiso. ¡Era como el ciego que guiaba a otro ciego!

Mis amigas empezaron a recoger, llevando las tazas y los platos a la cocina. Escuchaba su parloteo incesante, ahora parecía que planificaban una escapada a Málaga conjunta. Cuando creí escuchar “la nueva tienda de Victoria Secret” sacudí la cabeza, saliendo de mi estado de ensoñación y dispuesta a incorporarme a aquella conversación. Entonces lo vi. Como si fuera una señal, una advertencia: en el centro de la mesa había quedado únicamente el plato con los restos del bizcocho. Y no era otro que el plato que me regaló Eme en Portugal y que yo había pedido a Mariluz que guardara por mí. No podía dejar de mirarlo, era como mirar el fuego, me sentía cautiva. Ante mi tardanza, Mariluz se asomó por la puerta de la cocina y cuando descubrió lo que acababa de pasar corrió enseguida a retirarlo de mi vista.

—Mierda, lo siento, Salomé, no caí en la cuenta.

Las demás acudieron a ver qué pasaba. Pero yo levanté la mirada del espacio que había quedado en la mesa, y las tranquilicé:

—No pasa nada, tranquilas. Estoy bien —las tres me miraban sin tomarme demasiado en serio—. A lo mejor resulta cierta esa teoría tuya, Mariluz, y ya ha pasado el tiempo suficiente para que no duela.

Le di un beso a mi amiga que se sentía fatal por lo que había pasado y salimos al porche de su jardín a fumarnos un cigarillo. Cerré los ojos con la primera calada. Inevitablemente, Eme se había vuelto a colar en mi cabeza.

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