(t2) Y también dos huevos duros -XxVIII-

Posted on

Desastres encadenados. ¿Será verdad que atraemos ciertas cosas según sea la energía que nosotras mismas proyectamos? ¿Que si eres alegre y positiva sólo te pasan cosas buenas y al contrario? Y si así es, ¿qué tipo de energía negra y emponzoñada estaba yo liberando para que el universo no dejara de ponerme la zancadilla una y otra vez? ¿Estaba tan triste y azul por el recuerdo de Eme que sólo conseguía dar un traspiés tras otro? ¿Quería decir eso que al final acabaría perdiendo el equilibrio y cayéndome en un pozo de alquitrán? ¿Qué se puede hacer cuándo parece que alguien te está poniendo la mano encima para asegurarse de que tu cabeza vuelva una y otra vez a sumergirse bajo el agua?

Pasé el resto de la semana haciendo gestiones que odiaba para volver a tener un teléfono en condiciones. Todo aquello me desagradaba en exceso y echaba de menos a Diana. ¿Dónde carajo se había metido mi amiga la tecnológica, la que se habría presentado en casa con un terminal nuevo, configurado, cargado y listo para usar? Ninguna de nosotras había podido hablar con ella, y sólo respondía con evasivas a deshoras por el grupo de whatsapp, lo que hacía que mi vaso de agua casi lleno estuviera tomando las dimensiones de una piscina olímpica. Al final de la semana, me encomendé al dependiente de la tienda de móviles de la esquina y compré el modelo que me sugirió.

Teniendo en cuenta que la noche siguiente había quedado para cenar con Coque, decidí dejarle a él la bonita tarea de poner en marcha mi nuevo aparato, y dejé la caja sin abrir sobre la mesa del salón. Tenía mil cosas en la cabeza: Diana y su repentina desaparición me tenían preocupada, exmarido me había pedido quedarse con los niños desde aquella misma tarde de jueves hasta el domingo por primera vez en los dos años que hacía desde nuestra separación —lo que me hacía temer que tramaba algo—, y yo aún arrastraba el regusto amargo del momento en el que tuve que echar la llave de la casa de Eme para volver a la vida real. Decidí prepararme para cenar una ensalada con algo de pollo al horno que sobró del almuerzo del día anterior y puse a cocer dos huevos para añadirle, mientras me metía a darme una ducha.

Salí en albornoz con la piel aún enrojecida por el agua caliente y pensé en desenredarme el pelo en el balcón mientras me fumaba un cigarro. Y no sé cómo pudo ocurrir, pero sin darme tiempo a reaccionar, cerré la puerta de la terraza detrás de mí. Una milésima de segundo, tan sólo una fracción desde que mi cerebro me dio la alerta hasta que reaccioné, pero ¡fue demasiado tarde! Intenté primero forzar el cierre de cristal, lógicamente sin éxito, sólo podía abrirse desde dentro. ¡Joder! Precisamente la tarde en la que estaba sola en casa sin los niños. Con el móvil haciéndome burlas desde su cajita sobre la mesa del salón, pensé en romper el cristal, pero no podría hacer un pequeño agujero sin hacer trizas el cierre de más de dos metros de alto por casi tres de largo, y decidí que no era una buena opción.  Intentaba pensar con rapidez, pero no se me ocurría nada y… ¡estaba sólo en albornoz! ¿Qué podía hacer? Me asomé hacia la calle, a ver si reconocía a algún vecino que pasara y entonces reparé en el humo que salía de la ventana de mi izquierda, justo de mi cocina. ¡Había olvidado los huevos que había puesto a cocer!

Entré en pánico. Por un momento, pensé en saltarme desde la terraza hasta la ventana de la cocina, pero enseguida descarté la opción por suicida. ¡Mierda, mierda, mierda! O hacía algo rápido o mi cocina iba a salir ardiendo. Así que hice lo único que podía hacer. Empezar a gritar socorro. La gente de la calle levantaba la cabeza hacia arriba y comenzaron a agolparse curiosos alrededor. Los camareros del bar donde solíamos merendar salieron a ver a qué se debía todo ese barullo y cuando me reconocieron les aclaré a gritos que me había quedado encerrada y que necesitaba que alguien abriera la puerta. Los vi llamar por teléfono y me tranquilicé por un momento. A los pocos minutos vi llegar un camión de bomberos. ¿En serio? ¿Habían llamado a los bomberos para abrir la puerta de mi casa? No tardé en escuchar el ruido de la puerta al ser forzada y ver aparecer a tres hombres uniformados con una sonrisa en la cara. Uno de ellos acudió rápidamente a la cocina y los otros dos me abrieron la puerta de la terraza.

—¿Está usted bien? —preguntó el que parecía el jefe.

—Sí, muchas gracias —respondí cerrándome más el albornoz, como si subirme las solapas hasta el cuello pudiera hacer que mi aspecto fuera menos vergonzoso.

—Justo a tiempo —decía el que salía de la cocina con una sonrisa—, los huevos se habían quedado ya sin agua.

En aquel instante apareció Mariluz en la puerta de mi piso, aún abierta. Se ve que al pasar por mi calle de camino a su casa, los vecinos le contaron la anécdota y subió apresurada a ver cómo estaba.

—Salomé, ¿qué ha pasado? ¿Estás bien, mi niña?

Se le notó el desconcierto en la cara al verme allí medio desnuda con tres bomberos en el salón. Le expliqué la anécdota a ella y a mis salvadores y la más sensata de mis amigas enseguida actuó:

—Ve a ponerte algo de ropa —me dijo en apenas un susurro, empujándome suavemente hacia el dormitorio.

Desde mi habitación la oí dirigirse a los rescatadores de damiselas en peligro . “Y ustedes díganme cuánto les debo, ya me ocupo yo”. Al momento, reconocí otra voz familiar dentro del piso.

—¿Qué ha pasado aquí?

La buena de Emi se unía a la fiesta. Llamó con los nudillos a la puerta de mi cuarto y entró agitando las manos y diciendo sin articular un sonido “Joder, ¡qué buenos están!”, antes de echarse en mis brazos y preguntarme si estaba bien. Una vez vestida, salí a despedir a los tres hombres que me habían sacado de aquel apuro, y con más vergüenza aún que antes, tuve que escuchar sus recomendaciones sobre tener siempre una llave del cierre escondida en algún lugar de la terraza y no dejar nunca fuego encendido mientras se iba a hacer otra cosa bajo ninguna circunstancia. Emi les acompañó hasta el rellano, estaba segura de que intentaría pasarles su número de teléfono, y cuando volvió dentro y nos sentamos en el salón, resoplé y me las quedé mirando. Había podido ser peor.

—¿Tan caliente estás, amiga, que has tenido que recurrir a estos para apagar tu fuego? —fue lo primero que dijo Emi para conseguir relajarme.

Nos echamos a reír.

—No tenía ni idea de que se podía llamar a los bomberos por algo así —añadió Mariluz—, pero te aseguro que por lo que me han cobrado, ni una vez más llamo a un cerrajero.

—¿Cuánto te han cobrado, nena? Te hago una transferencia ahora mismo.

—Ya me lo darás. Lo importante es que no ha pasado nada.

—Bastante vergüenza he pasado teniendo que gritar socorro en toalla, y todo por tener dos miserables huevos duros en el fuego.

—Verdad, Salo. Qué cutre, tía —me reprochó con humor Emi—. Ya podías haber estado haciendo un arroz con bogavante. ¡Mira que dos huevos duros!

Nos entró la risa floja. Mis amigas se quedaron un ratito conmigo, el tiempo de fumarme tres o cuatro cigarros que hicieron que se acabara de pasar el susto.

Me senté en el sofá, ya a solas, con mi ensalada por delante y los huevos de la discordia debidamente tirados a la basura. Mi estabilidad emocional no ganaba para más sobresaltos, y aún no sabía que me quedaban las tres peores cosas por ocurrir.

0 Comentarios

Deja un comentario

Tu dirección de email no será publicada.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.