(T2) Sin pañitos calientes -IV-

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Qué antiguo el mal de amor. Cuánta literatura ha inspirado. Siglos y siglos de finales infelices y no hemos aprendido nada. ¿Por qué si no seguimos aferrándonos a cualquier clavo ardiendo, que nos haga creer que aún hay esperanza? ¿Quién de nosotras no ha intentado ver lo blanco negro? ¿Quién no se ha empeñado en justificar una mala acción de nuestro chico? Cuando llega ese momento, la solución es recurrir a esa amiga que te dice cuatro verdades heladas y te hace sentir bien con su sinceridad desgarradora. ¿Extraño, verdad? ¿No es otro pasito seguro hacia la sanación buscar esos consejos que nos van a desgarrar el corazón?

Después de haber regresado a la vida, gracias a aquel instante en el que mi amiga Emi mutó a camionera del deseo, sentía que iba recuperándome poco a poco de mi trágica ruptura. Cada noche que me iba a dormir, cada día nuevo que comenzaba, me alejaba de Eme y me reconciliaba con una vida sosegada y sin altibajos emocionales que tanta falta me hacía. No negaré que de vez en cuando me invadía algún recuerdo suyo, pero me mantuve firme en cerrar todas las puertas a la melancolía con doble vuelta de llave y cerrojo. Sin embargo, aún había dos pequeños detalles que tenía que solucionar.  El primero, la pulsera que me regaló y que yo llevaba siempre puesta, y el segundo, el plato de cerámica que me traje de Portugal, que todavía colgaba de la pared de mi terraza.

Quise convencerme a mí misma de que el hecho de mantener esas dos cosas donde estaban no iba a impedirme olvidar a Eme, de la misma forma que el quitarlas de la vista no iba a conseguir que él saliera de mi corazón. Y una quizás consiga engañarse a sí misma, pero para eso están las amigas de verdad, las que te dicen las cosas tal y como son y sin anestesia. Como cada vez que la necesitaba, Mariluz estuvo encantada de salir a tomarse una cerveza con los niños en el bar de abajo.

Nos dimos un beso y un abrazo y nos sentamos en una mesa en el exterior, cerca del parque donde nuestros niños se perdieron inmediatamente.

—¿Cómo vas, amiga? —me preguntó cuando saqué mi primer cigarrillo de la noche.

—Voy, nena. Que no es poco.

—¿Cuándo piensas dejar de fumar?

—Cuando vuelva a follar.

No se esperaba la respuesta y nos echamos a reír.

—No puedo dejarlo todo al mismo tiempo —continué—. Ahora mismo no  me siento con fuerzas de comprometerme a nada.

—Estás fumando mucho, Salomé. Y siempre has dicho que cuando empezaras a notar tu dependencia lo dejarías.

—No quiero dejarlo. Me gusta fumar.

—Te estás enganchando.

—No. Yo fumo por necesidad estética —le dije dándome cuenta de lo que me gustaba la frase que acababa de pronunciar—. ¿Qué sería de mí sin un cigarro en la mano?

—Pues para empezar, una mujer más sana.

—De algo hay que morir, ya que de desamor no se muere una.

Me dirigió una mirada reprobadora y leyó por encima la carta de tapas.

—¿Qué te apetece?

—Nada, así que pide lo que quieras.

Llamó al camarero y pidió cuatro montaditos de lomo para los niños, y un par de tapas para nosotras.

—Estoy pensando en deshacerme de la pulsera de Eme —le solté, ansiosa por conocer su opinión.

—Ya estabas tardando.

—Pero no lo tengo claro. El hecho de llevarla no significa que esté pensando en él cada minuto —bajé la mirada y sin darme cuenta comencé a juguetear con el cuero de la pulsera.

—No me jodas, amiga. No puedes seguir llevando esa pulsera. Es como si fueras exhibiendo por ahí tu corazón hecho trizas.

—Me gustaría saber si él la lleva.

Mariluz comenzó a desesperarse.

—Bueno, ya empezamos. ¿Te sentirías mejor si la llevara? Oh, claro, qué romántico, mi amante me abandona por su mujer y se va a la otra punta del mundo, pero oye, sí que me quiere, mira, si todavía lleva nuestra pulsera. ¡Venga ya, Salomé! ¿Qué necesitas para darte cuenta? ¡Te dejó! ¡No eras suficiente para él! Deja ya de justificarle y saca un poco de amor propio.

Me dolieron sus palabras. Eme no era así. Pero Mariluz no estaba dispuesta a ceder ni un ápice.

—Cariño, te digo las cosas tal y como son. Si quieres escuchar algo diferente, cuéntaselo a otra. Ya sabes que yo te voy a decir lo que pienso, te guste o no. Tienes que terminar esta historia. Quítatela ahora.

Se me cogió un nudo en el estómago.

—¿Qué dices, loca?

—Hagamos una cosa —me propuso, suavizando su tono—. No hace falta que la tires, ni que la regales. Pero no puedes tenerla en casa. Yo te la guardaré. Si hay otra oportunidad para vosotros, siempre la podrás recuperar. Y si llega el día en el que hayas superado esta historia sin sentir dolor, podrás volver a ponértela.

Por eso quería tanto a esta mujer. Porque a pesar de sus opiniones, era capaz de reblandecerse y decir cosas que no sentía sólo por ayudarme un poco. Respiré hondo y acepté. Le ofrecí mi muñeca para que hiciera los honores y ella, con mucho cuidado, guardó la pulsera en un compartimento de su bolso. Sabía que estaría a buen recaudo, pero me sentí extraña, desnuda de repente. Esa pulsera era como llevar a Eme conmigo, me decía que todo había sido real, que él me quiso, y el hecho de quitármela era como si yo le estuviera diciendo a él “ya no te quiero”, lo cual no era en absoluto cierto. Mi amiga me miró y me dio un abrazo, del que tuvimos que desprendernos para que el camarero pudiera colocar la cena sobre la mesa.

Los niños acudieron a la llamada de “a cenar”, aliviando ese duro momento con su algarabía y haciendo que mi cabeza tuviera que dejar de pensar en el tremendo nudo que tenía en el estómago. Dispusimos bebidas y montaditos, ordenando a los niños en las sillas y disfrutando con su conversación acelerada. Mariluz me miraba y me sonreía de vez en cuando, Dios, cómo me alegraba de tener a mis amigas en mi vida. Cuando los peques dieron buena cuenta de su comida, volví a encender otro cigarro y le dije:

—Aún hay otra cosa: el plato de Portugal.

—Dámelo también. Te prometo que habrá siempre un bizcocho encima para que no tengas que verlo cuando vengas a casa.

Me eché a reír. De repente, me imaginé a Eme con una tarta de nata estrellada en la cara.

Photo by dimitrisvetsikas1969 on Pixabay

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